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28 de febrero de 2008

07 - Cersei

CERSEI

Caía una lluvia fría que había tornado oscuros como la sangre las murallas y baluartes de la Fortaleza Roja. La Reina cogió al Rey de la mano y lo guió con paso firme por el patio enlodado hasta donde aguardaba la litera con su escolta.
—El tío Jaime me dijo que podía ir a caballo y lanzar monedas al populacho —protestó el niño.
—Qué quieres, ¿coger un resfriado? —No podía correr ese riesgo; Tommen nunca había sido tan vigoroso como Joffrey—. Tu abuelo habría querido que te comportaras como un verdadero rey en su velatorio. No quiero que aparezcamos en el Gran Septo empapados y desaliñados.
«Bastante malo es ya tener que volver a vestir de luto.» El negro nunca le había sentado bien. Tenía la piel tan clara que le hacía parecer un cadáver. Cersei se había levantado una hora antes del amanecer para bañarse y peinarse, y no tenía la menor intención de permitir que la lluvia diera al traste con sus esfuerzos.
Una vez dentro de la litera, Tommen se recostó contra los cojines y observó la lluvia que caía.
—Los dioses lloran por el abuelo. Lady Jocelyn dice que las gotas de lluvia son sus lágrimas.
—Jocelyn Swyft es idiota. Si los dioses pudieran llorar, habrían llorado por tu hermano. La lluvia no es más que lluvia. Cierra la cortina para que no se siga metiendo dentro. Ese manto es de marta. ¿Qué quieres? ¿Que se te empape?
Tommen obedeció. A Cersei le preocupaba que fuera tan sumiso; un rey tenía que ser fuerte.
«Joffrey habría protestado. Nunca fue fácil acobardarlo.»
—No te sientes así —dijo a Tommen—. Siéntate como un rey. Endereza los hombros y ponte bien la corona. ¿Quieres que se te caiga de la cabeza delante de todos tus señores?
—No, madre.
El niño se sentó erguido y se colocó la corona. Era la de Joff, que le quedaba muy grande. Tommen siempre había sido regordete, pero últimamente tenía el rostro más afilado.
«¿Estará comiendo bien? —Tenía que acordarse de preguntárselo al mayordomo. No podía correr el riesgo de que Tommen enfermara, y menos con Myrcella en manos de los dornienses—. Con el tiempo crecerá, y la corona de Joff le quedará bien.» Hasta entonces le haría falta una más pequeña, que no amenazara con engullirle la cabeza. Dejaría el asunto en manos de los orfebres.
La litera descendió a paso lento por la Colina Alta de Aegon. Dos miembros de la Guardia Real cabalgaban ante ellos, caballeros blancos a lomo de corceles blancos con las capas blancas que les colgaban empapadas. Tras ellos iban cincuenta guardias de los Lannister vestidos de oro y carmesí.
Tommen contempló las calles desiertas por una rendija, entre los cortinajes.
—Creía que habría más gente. Cuando murió mi padre, todo el mundo salió para vernos pasar.
—Es por la lluvia. —Lord Tywin no se había ganado nunca el amor de los habitantes de Desembarco del Rey.
«Y él tampoco quería amor. "El amor no da de comer, ni sirve para comprar caballos, ni para calentar las habitaciones una noche fría"», recordó haberlo oído decirle a Jaime cuando tenía la edad de Tommen.
En el Gran Septo de Baelor, el magnífico edificio de mármol situado en la colina de Visenya, el escaso grupo de asistentes quedaba empequeñecido por el número de capas doradas que Ser Addam Marbrand había distribuido por toda la plaza.
«Ya vendrán más a llorar —se dijo la Reina mientras Ser Meryn Trant la ayudaba a bajar de la litera. En el funeral de la mañana sólo se permitía el acceso a los nobles con sus séquitos; por la tarde habría otro para el pueblo, y las plegarias de la noche estaban abiertas a todos. Cersei tendría que asistir también, para que el pueblo la viera de luto—. La plebe quiere espectáculo.» Era un verdadero fastidio. Tenía que escribir despachos, ganar una guerra, gobernar un reino... Su padre lo habría comprendido.
El Septón Supremo los recibió en la parte superior de las escaleras. Era un anciano encorvado de barbita canosa y rala, tan doblado por el peso de la ornamentada túnica bordada que los ojos le quedaban a la altura del pecho de la Reina, aunque la corona, un hermoso objeto etéreo de cristal tallado e hilo de oro, le añadía sus buenos dos palmos de estatura.
Lord Tywin se la había entregado para sustituir la que se perdió cuando la turba asesinó al anterior Septón Supremo. A aquel gordo idiota lo habían sacado de su litera y lo habían despedazado el día en que Myrcella embarcó hacia Dorne.
«Era un verdadero glotón, y muy manejable. Este, en cambio...» De repente, Cersei recordó que el nuevo Septón Supremo había sido elegido por Tyrion. Era una idea un tanto inquietante.
La mano manchada del anciano parecía una pata de pollo que surgiera de la manga con cenefas de oro y cristales engarzados. Cersei se arrodilló en el mármol húmedo y le besó los dedos, e indicó a Tommen que hiciera lo mismo.
«¿Qué sabe de mí? ¿Qué le contó el enano?» El Septón Supremo sonrió y la escoltó al interior del septo. Pero ¿era una sonrisa amenazadora, impregnada de conocimiento, o sólo el gesto vacuo de los labios arrugados de un anciano? La Reina no tenía manera de saberlo.
Cruzó la Sala de las Lámparas bajo los globos de cristal de colores, siempre con la mano de Tommen en la suya. Los flanqueaban Trant y Kettleblack, con las capas chorreantes que iban dejando charcos en el suelo. El Septón Supremo caminaba despacio, apoyado en un bastón de arciano rematado por un orbe de cristal. Siete Máximos Devotos lo asistían vestidos con resplandecientes ropajes de hilo de plata. Tommen lucía una túnica de hilo de oro bajo el manto de marta, y la Reina, un antiguo vestido largo de terciopelo negro ribeteado con armiño. No había tenido tiempo para que le hicieran uno nuevo, y no podía llevar la misma ropa que en el funeral de Joffrey, ni el que lució cuando enterró a Robert.
«Por lo menos, nadie esperará que lleve luto por Tyrion. En ese funeral vestiré de seda carmesí e hilo de oro, y me adornaré el pelo con rubíes.» Había anunciado que el hombre que le llevara la cabeza del enano obtendría de inmediato el título de señor, por humildes que fueran sus orígenes. Los cuervos llevaban ya la promesa a todos los rincones de los Siete Reinos; no tardarían en cruzar en mar Angosto y llegar a las Nueve Ciudades Libres y a las tierras que se extendían más allá.
«El Gnomo puede intentar esconderse en los confines de la tierra, pero no se me escapará.»
La regia procesión cruzó las puertas interiores del gigantesco corazón del Gran Septo y bajó por un ancho pasillo, uno de los siete que confluían bajo la cúpula. A izquierda y derecha, los nobles se hincaron de rodillas al paso del Rey y de la Reina. Allí estaban muchos de los banderizos de su padre, así como caballeros que habían luchado al lado de Lord Tywin en medio centenar de batallas. Al verlos se sintió más segura.
«No carezco de amigos.»
El cadáver de Lord Tywin Lannister reposaba bajo la elevada cúpula de oro y cristal del Gran Septo, sobre un féretro de mármol. Jaime montaba guardia junto a la cabeza, con la mano cerrada en torno al puño de un largo mandoble dorado cuya punta apoyaba en el suelo. La capa con capucha que vestía era tan blanca como la nieve recién caída, y la túnica de malla tenía incrustaciones de oro y madreperla.
«Lord Tywin habría preferido que vistiera los colores de los Lannister, el oro y el carmesí —pensó—. Siempre se enfadaba cuando veía a Jaime de blanco. —Además, su hermano se estaba dejando crecer la barba. La pelusa que le cubría la mandíbula y las mejillas le daba a su rostro un aspecto tosco, basto. —Al menos podría haber esperado a que los huesos de nuestro padre estuvieran enterrados bajo la Roca.»
Cersei y el Rey subieron los tres peldaños y se arrodillaron junto al cadáver. Tommen tenía los ojos llenos de lágrimas. Cersei se inclinó hacia él.
—Llora sin hacer ruido —le dijo—. Eres el rey, no un niño berreante. Tus señores te están observando.
El niño se secó las lágrimas con el dorso de la mano. Tenía los mismos ojos que ella, color verde esmeralda, tan grandes y vivos como los de Jaime a su edad. Su hermano había sido un niño muy guapo... Pero también fiero, igual que Joffrey, un verdadero cachorro de león. La Reina rodeó a Tommen con el brazo y le besó los rizos dorados.
«Me necesita para que lo enseñe a gobernar, para que lo proteja de sus enemigos.» Algunos de ellos estaban allí, a su alrededor, haciéndose pasar por amigos.
Las hermanas silenciosas habían vestido a Lord Tywin como si fuera a luchar en una última batalla. Llevaba su mejor armadura, de grueso acero esmaltado de carmesí oscuro, con incrustaciones de oro en las canilleras y la coraza. Los ristres eran soles dorados; tenía un león al acecho en cada hombro, y la cimera del yelmo colocado junto a su cabeza tenía la forma de un león de larga melena. Le habían puesto sobre el pecho una espada larga con la vaina recubierta de oro e incrustaciones de rubíes, y tenía las manos cerradas en torno al puño, envueltas en guanteletes de metal dorado.
«Hasta muerto tiene un rostro noble —pensó—, pero la boca... —Las comisuras de los labios de su padre se curvaban ligeramente hacia arriba; daba la sensación de que algo le resultaba divertido—. No debería estar así.» La culpa la tenía Pycelle; tendría que haberles dicho a las hermanas silenciosas que Lord Tywin Lannister no sonreía jamás. «Ese hombre es más inútil que los pezones en una coraza.» En cierto modo, aquel atisbo de sonrisa hacía que Lord Tywin pareciera menos temible, igual que el hecho de que tuviera los ojos cerrados. Los ojos de su padre siempre habían sido turbadores, de color verde claro, casi llameantes, con destellos dorados. Eran ojos que veían por dentro, que veían lo débil, lo indignas, lo feas que eran las personas en su interior. «Cuando miraba a alguien, lo sabía.»
Le acudió a la mente un recuerdo del banquete que había ofrecido el rey Aerys cuando Cersei llegó a la corte, cuando no era más que una niña verde como la hierba del verano. El anciano Merryweather estaba charlando sobre la posibilidad de subir el impuesto sobre el vino cuando Lord Rykker dijo: «Si nos hace falta oro, lo que debería hacer Su Alteza es sentar a Lord Tywin en el orinal». Aerys y sus lisonjeadores rieron a carcajadas, mientras que su padre miró a Rykker por encima de la copa. Las risas cesaron al poco rato, pero la mirada siguió clavada en él. Rykker apartó la vista, se volvió de nuevo, le sostuvo la mirada, intentó no hacer caso, bebió un pichel de cerveza y al final se marchó con el rostro enrojecido, derrotado por un par de ojos que no le daban cuartel.
«Los ojos de Lord Tywin se han cerrado para siempre —pensó Cersei—. Ahora, la mirada que los hará temblar será la mía; mío, el ceño que temerán. Yo también soy un león.»
El cielo estaba tan gris que dentro del septo todo eran penumbras. Si escampara, el sol entraría por los cristales y envolvería el cadáver en un arco iris. El señor de Roca Casterly merecía un arco iris. Había sido un gran hombre.
«Pero yo seré más grande aún. Dentro de mil años, cuando los maestres escriban sobre esta época, sólo se te recordará como el padre de la reina Cersei.»
—Madre. —Tommen le tironeó la manga—. ¿Qué es eso que huele tan mal?
«Mi señor padre.»
—La muerte.
A ella también le llegaba el olor, un jirón tenue de corrupción que hacía que le dieran ganas de arrugar la nariz. Cersei no le prestó atención. Los siete septones de túnicas plateadas estaban ante el féretro, suplicándole al Padre que juzgara con justicia a Lord Tywin. Cuando terminaron, setenta y siete septas se congregaron en torno al altar de la Madre y entonaron una oración para pedirle clemencia. Para entonces Tommen ya se movía inquieto, y a la Reina le empezaban a doler las rodillas. Le lanzó una mirada a Jaime. Su mellizo estaba erguido como si fuera de piedra, y no la miró.
En los bancos, su tío Kevan estaba arrodillado, con los hombros caídos, al lado de su hijo.
«Lancel tiene peor aspecto que mi padre. —Sólo tenía diecisiete años, pero aparentaba setenta, con el rostro macilento y demacrado, las mejillas y los ojos hundidos, y el pelo tan claro y quebradizo como la paja—. ¿Cómo es posible que Lancel siga entre los vivos y Tywin Lannister haya muerto? ¿Es que los dioses se han vuelto locos?»
Lord Gyles tosía más que de costumbre y se cubría la nariz con un cuadrado de seda roja.
«A él también le llega el olor.» El Gran Maestre Pycelle había cerrado los ojos. «Como se haya quedado dormido lo mandaré azotar, lo juro.» A la derecha del féretro estaban arrodillados los Tyrell: el señor de Altojardín, su repulsiva madre y su insípida esposa, su hijo Garlan y su hija Margaery. «La reina Margaery», se recordó: la viuda de Joff y futura esposa de Tommen. Margaery se parecía mucho en lo físico a su hermano, el Caballero de las Flores. La Reina se preguntó si tendrían otras cosas en común. «Nuestra pequeña se hace acompañar por muchas damas, día y noche. —En aquel momento estaban con ella; eran casi una docena. Cersei examinó sus rostros—. ¿Cuál es la más cobarde, la más caprichosa, la más desesperada por conseguir favores? ¿Cuál tendrá la lengua más suelta?» Iba a tener que averiguarlo.
Fue un alivio que los rezos terminaran por fin. El olor que despedía el cadáver de su padre parecía cada vez más fuerte. La mayoría de los asistentes tenía la delicadeza de fingir que no pasaba nada, pero Cersei se fijó en que dos primas de Lady Margaery arrugaban sus naricillas Tyrell. Mientras Tommen y ella volvían a recorrer el pasillo, le pareció que alguien susurraba «escusado» y soltaba una risita, pero cuando se giró para ver quién había hablado se encontró con un mar de rostros solemnes que la miraban inexpresivos.
«Cuando vivía no se habrían atrevido a hacer chistes sobre él. Les habría aflojado las tripas con una mirada.»
Cuando estuvieron de nuevo en la Sala de las Lámparas, los asistentes al funeral zumbaron en torno a ellos como moscones, ansiosos por ofrecerle sus inútiles condolencias. Los gemelos Redwyne le besaron la mano, y su padre, las mejillas. Hallyne el Piromante le prometió que una mano llameante iluminaría el cielo, sobre la ciudad, el día en que los huesos de su padre emprendieran viaje hacia el oeste. Lord Gyles le contó entre toses que había contratado a un maestro escultor para que hiciera una estatua de Lord Tywin que montaría guardia eternamente junto a la Puerta del León. Ser Lambert Turnberry se presentó con un parche en el ojo derecho y juró que lo llevaría hasta que consiguiera llevarle la cabeza del enano.
Apenas había conseguido escapar de las garras de aquel imbécil cuando se vio arrinconada por Lady Falyse de Stokeworth y su esposo, Ser Balman Byrch.
—Mi señora madre os envía su pésame, Alteza —farfulló Falyse—. Lollys tiene que guardar cama por su embarazo, y no ha querido apartarse de su lado. Os ruega que la disculpéis, y quiere que os pida... Mi madre admiraba a vuestro difunto padre más que a ningún otro hombre. Si mi hermana tuviera un hijo varón, querría ponerle por nombre Tywin, si... Si os parece bien...
Cersei se quedó mirándola, horrorizada.
—A vuestra hermana retrasada la viola medio Desembarco del Rey, ¿y Tanda quiere honrar al bastardo con el nombre de mi señor padre? Ni hablar.
Falyse retrocedió como si la hubiera abofeteado; su esposo, en cambio, se limitó a pasarse el pulgar por el espeso bigote rubio.
—Eso mismo le dije a Lady Tanda. Ya encontraremos un nombre más... eh... Más adecuado para el bastardo de Lollys, os doy mi palabra.
—Eso espero.
Cersei les dio la espalda y se alejó. Advirtió que Tommen había caído en las garras de Margaery Tyrell y su abuela. La Reina de las Espinas era tan menuda que, durante un momento, Cersei la tomó por otro niño. Antes de que pudiera rescatar a su hijo de las rosas, la presión de la multitud la situó cara a cara con su tío. Cuando la Reina le recordó la reunión que iban a tener más tarde, Ser Kevan asintió con cansancio y pidió permiso para retirarse. En cambio, Lancel se quedó allí; era la viva imagen de un hombre con un pie en la tumba.
«Pero... ¿Está entrando o saliendo?» Cersei se obligó a sonreír.
—Me alegro de ver que estás mucho más fuerte, Lancel. Los informes del maestre Ballabar eran tan espantosos que temimos por tu vida. Pero creía que ya estarías camino de Darry para ocupar tu puesto como señor.
Tras la batalla del Aguasnegras, su padre había nombrado señor a Lancel, como premio para su hermano Kevan.
—Todavía no. En mi castillo hay bandidos.
La voz de su primo era tan tenue como el bigotillo que le adornaba el labio superior. Aunque el pelo se le había quedado descolorido, la pelusa del bigote seguía siendo color arena. Cersei se la había observado a menudo mientras lo tenía dentro, montándola obediente. Daba la impresión de ser una mancha, y lo solía amenazar con borrársela con el dedo mojado en saliva.
—Mi padre dice que en las tierras de los ríos hace falta una mano fuerte. —«Lástima, porque la que van a tener es la tuya», habría querido decirle, pero sonrió—. Y además te vas a casar.
Un gesto de melancolía torció el rostro destrozado del joven caballero.
—Con una Frey, y no la he elegido yo. Ni siquiera es doncella. Me casan con una viuda de sangre Darry. Mi padre dice que así me ganaré a los campesinos, pero todos los campesinos están muertos. —Le cogió una mano—. Es una crueldad, Cersei. Vuestra Alteza sabe que amo a...
—... a la Casa Lannister —terminó por él—. Eso no lo duda nadie, Lancel. Ojalá tu esposa te dé hijos fuertes. —«Pero que no sea su señor abuelo el que organice la boda»—. Sé que protagonizarás muchas hazañas en Darry.
Lancel asintió con tristeza evidente.
—Cuando parecía que iba a morir, mi padre llevó al Septón Supremo a mi lado para que rezara por mí. Es un buen hombre. —Los ojos de su primo estaban húmedos y brillantes; eran los ojos de un niño en un rostro de anciano—. Dice que la Madre me salvó la vida con algún propósito sagrado, para que pueda expiar mis pecados.
Cersei se preguntó cómo pensaría expiar los que había cometido con ella.
«Fue un error nombrarlo caballero, y un error aún mayor acostarme con él. —Lancel era un junco débil, y no le gustaba en absoluto que se hubiera vuelto tan piadoso; le resultaba mucho más divertido cuando intentaba ser como Jaime—. ¿Qué le habrá dicho este imbécil llorica al Septón Supremo? ¿Y qué le contará a su pequeña Frey cuando estén en la cama juntos, en la oscuridad?» Si confesaba haberse acostado con ella, eso lo podría superar. Los hombres siempre mentían sobre esas cosas, y podría atribuirlo a la fanfarronería de un muchacho impresionado por su belleza. «Pero si habla de Robert y del vino, es otra cosa...»
—La mejor manera de expiar los pecados es la oración —le dijo Cersei—. La oración silenciosa. —Dio media vuelta, dejándolo meditabundo, y fue a enfrentarse al ejército de los Tyrell.
Margaery la abrazó como a una hermana, cosa que a la Reina le pareció presuntuosa, pero no era lugar para reprochárselo. Lady Alerie y las primas se conformaron con besarle los dedos. Lady Graceford, con un embarazo ya muy avanzado, le pidió permiso para llamar Tywin a su bebé si era niño, o Lanna si era niña.
«¿Tú también? —Estuvo a punto de gemir—. El reino se va a llenar de Tywins.» Dio su consentimiento con tanta elegancia como pudo mientras fingía deleite.
La que de verdad la complació fue Lady Merryweather.
—Alteza —dijo con su sensual acento myriense—, he enviado un mensaje a mis amigos del otro lado del mar Angosto, para pedirles que detengan al Gnomo en cuanto enseñe su horrible rostro por las Ciudades Libres.
—¿Tenéis muchos amigos al otro lado de las aguas?
—Muchos en Myr, sí, y también en Lys y en Tyrosh. Son hombres poderosos.
Cersei la creyó. La myriense era muy, muy hermosa, con piernas largas, pecho abundante, suave piel aceitunada, labios voluptuosos, grandes ojos oscuros y una cabellera negra y espesa que siempre le daba el aspecto de acabar de salir de la cama.
«Hasta huele a pecado, como un loto exótico.»
—Mi único deseo y el de Lord Merryweather es servir a Vuestra Alteza y al pequeño Rey —ronroneó la mujer. Su mirada estaba tan cargada de intención que competía con el vientre de Lady Graceford.
«Es ambiciosa, y su esposo es orgulloso, pero pobre.»
—Tenemos que hablar en otro momento, mi señora. Os llamáis Taena, ¿verdad? Sois muy amable. Sé que seremos buenas amigas.
En aquel momento, el señor de Altojardín cayó sobre ella.
Mace Tyrell tenía apenas diez años más que Cersei, pero por algún motivo lo consideraba de la edad de su padre. No era tan alto como había sido Lord Tywin, aunque en los demás aspectos era más corpulento, con el pecho amplio y la barriga más amplia todavía. Tenía el pelo castaño, con la barba salpicada ya de blanco y gris. El rostro se le veía congestionado a menudo.
—Lord Tywin fue un gran hombre, un hombre extraordinario —declaró en tono solemne después de darle un beso en cada mejilla—. Mucho me temo que no volveremos a ver a nadie como él.
«Estás viendo a alguien como él, imbécil —pensó Cersei—. La que está delante de ti es su hija.» Pero necesitaba a los Tyrell y el poder de Altojardín para conservar el trono de Tommen.
—Lo echaremos mucho de menos —se limitó a decir.
Tyrell le puso una mano en el hombro.
—No hay hombre digno de vestir la armadura de Lord Tywin, es evidente. Pero el reino debe seguir adelante; necesita un buen gobierno. Si hay algo que pueda hacer para serviros en estos momentos de dolor, Vuestra Alteza sólo tiene que decirlo.
«Si quiere ser la Mano del Rey, al menos podría tener valor para decirlo directamente. —La Reina sonrió—. Que interprete lo que quiera.»
—Sin duda, en el Dominio hace falta la presencia de mi señor.
—Mi hijo Willas está muy capacitado —replicó él, pasando por alto la obvia indirecta—. Puede que tenga mal la pierna, pero le sobra cerebro. Y Garlan tomará pronto Aguasclaras. Entre ellos, el Dominio está en buenas manos, por si mi presencia fuera necesaria en otro lugar. El gobierno del reino es lo primero, como decía a menudo Lord Tywin. En ese sentido me alegra tener una buena noticia para Vuestra Alteza: mi tío Garth ha accedido a serviros como consejero de la moneda, tal como deseaba vuestro señor padre. En estos momentos se dirige hacia Antigua para tomar un barco. Viene acompañado por sus hijos. Lord Tywin habló también de buscarles un lugar a ellos dos, tal vez en la Guardia de la Ciudad.
La sonrisa de la Reina era tan gélida que tuvo miedo de que se le quebraran los dientes.
«Garth el Grosero en el Consejo Privado y sus dos bastardos en los capas doradas... ¿Acaso creen los Tyrell que les voy a entregar el reino en bandeja de oro?» Tamaña arrogancia la dejaba sin palabras.
—Garth me ha servido bien como Lord Senescal, al igual que sirvió antes a mi padre —seguía diciendo Tyrell—. Meñique tiene buen olfato para el oro, sin duda, pero Garth...
—Mi señor —interrumpió Cersei—, me temo que ha habido un malentendido. Le he pedido a Lord Gyles Rosby que sea el nuevo consejero de la moneda, y me ha hecho el honor de aceptar.
Mace se quedó mirándola.
—¿Rosby? ¿El de... la tos? Pero... Ya estaba todo acordado, Alteza. Garth viaja ya hacia Antigua.
—Entonces más vale que le enviéis un cuervo a Lord Hightower para pedirle que procure que vuestro tío no tome el barco. No nos gustaría que Garth se enfrentara al mar en otoño por nada del mundo. —Le dedicó una sonrisa encantadora.
A Tyrell se le congestionó el rostro hasta el grueso cuello.
—Pero esto es... Vuestro señor padre me aseguró... —empezó a farfullar.
En aquel momento apareció su madre y lo tomó por el brazo.
—Por lo visto, Lord Tywin no hacía partícipe a nuestra regente de sus planes, no me explico por qué. Pero no hay por qué agobiar a Su Alteza. Tiene mucha razón: debes escribir a Lord Leyton antes de que Garth tome el barco. Ya sabes que se marea al navegar y le empeoran los gases. —Lady Olenna le dedicó a Cersei una sonrisa desdentada—. La cámara del consejo olerá mejor con Lord Gyles, aunque a mí, personalmente, me distraerían tantas toses. Todos apreciamos mucho al viejo tío Garth, pero padece de flatulencia, no se puede negar. Aborrezco los malos olores. —El rostro arrugado se le arrugó aún más—. Por cierto, en el septo sagrado me llegó un olor desagradable. ¿Lo notasteis vos también?
—No —respondió Cersei con frialdad—. ¿Un olor, decís?
—Era más bien un hedor.
—Tal vez echéis de menos vuestras rosas otoñales. Ya os hemos retenido demasiado tiempo.
Cuanto antes se librara de la presencia de Lady Olenna en la corte, mejor. Sin duda, Lord Tyrell enviaría un buen número de caballeros para que escoltaran a su madre de vuelta a casa, y cuantas menos espadas de los Tyrell hubiera en la ciudad, mejor dormiría la Reina.
—Lo reconozco, extraño las fragancias de Altojardín —dijo la anciana—, pero por supuesto, no puedo marcharme hasta que vea a mi dulce Margaery casada con vuestro pequeño Tommen.
—Yo también aguardo ese día con impaciencia —intervino Tyrell—. Por cierto, Lord Tywin y yo estábamos hablando sobre fijar una fecha. Deberíamos retomar esa discusión vos y yo, Alteza.
—Muy pronto.
—Muy pronto, nos conformamos con eso —dijo Lady Olenna mientras olfateaba el aire—. Vamos, Mace, dejemos a Su Alteza con su... dolor.
«Te veré muerta, vieja —se prometió Cersei mientras la Reina de las Espinas se alejaba entre sus gigantescos guardias, un par de hombretones de más de dos varas y media de altura a los que le gustaba llamar Izquierdo y Derecho—. A ver qué tal huele tu cadáver.» La anciana era mucho más inteligente que su señor hijo, eso era evidente.
La Reina rescató a su hijo de Margaery y sus primas, y se dirigió hacia las puertas. En el exterior había escampado por fin. El aire otoñal tenía un olor dulce y fresco. Tommen se quitó la corona.
—Póntela otra vez —le ordenó Cersei.
—Es que me da dolor de cuello —respondió el niño, pero obedeció—. ¿Me voy a casar pronto? Margaery dice que en cuanto nos casemos podremos irnos a Altojardín.
—No vas a ir a Altojardín, pero puedes volver al castillo a caballo. —Cersei hizo un ademán a Ser Meryn Trant para que se acercara—. Traed una montura para Su Alteza y preguntadle a Lord Gyles si me hace el honor de compartir mi litera.
Los acontecimientos se desarrollaban más deprisa de lo que había previsto; no había tiempo que perder.
A Tommen le encantó la idea de ir a caballo, y por supuesto, Lord Gyles se sintió honrado por su invitación... Aunque cuando le propuso que aceptara el cargo de consejero de la moneda empezó a toser con una violencia tal que Cersei temió que se le muriera allí mismo. Pero la Madre fue misericordiosa, y al final, Gyles se recuperó lo suficiente para aceptar, y hasta empezó a toser los nombres de personas a las que quería reemplazar: agentes de aduanas y prestamistas del gremio textil nombrados por Meñique, e incluso uno de los Guardianes de las Llaves.
—Ponedle a la vaca el nombre que queráis; a mí lo que me interesa es que fluya la leche. Y si alguien os pregunta, ayer os unisteis al Consejo.
—Aye... —Se dobló con un ataque de tos—. Ayer. Claro, claro.
Lord Gyles tosió cubriéndose la boca con un pañuelo de seda roja, como si quisiera ocultar la sangre de la saliva. Cersei fingió que no se daba cuenta.
«Cuando muera, ya me buscaré a otro.» Tal vez debería hacer volver a Meñique. La Reina no creía que se permitiera a Petyr Baelish seguir como Lord Protector del Valle mucho tiempo, tras la muerte de Lysa Arryn. Según Pycelle, los señores del Valle ya estaban agitados.
«En cuanto le quiten a ese desgraciado crío, Lord Petyr volverá arrastrándose.»
—¿Alteza? —Lord Gyles tosió y se secó la boca—. ¿Puedo...? —Tosió de nuevo—. ¿... preguntar quién...? —Se sacudió con otra serie de toses—. ¿... quién será la Mano del Rey?
—Mi tío —respondió, distraída.
Fue un alivio ver las puertas de la Fortaleza Roja alzarse ante ella. Dejó a Tommen al cuidado de sus escuderos y se retiró a descansar a sus habitaciones.
Apenas se había quitado los zapatos cuando Jocelyn entró con timidez para decirle que Qyburn estaba fuera y le suplicaba audiencia.
—Que pase —ordenó la Reina.
«Un gobernante no descansa.»
Qyburn era viejo, pero todavía tenía más ceniza que nieve en el pelo, y las arrugas de expresión en torno a la boca denotaban que reía a menudo y lo hacían parecer el abuelo favorito de una niña. «Un abuelo un tanto desaliñado, eso sí.» Llevaba el cuello de la túnica deshilachado; una manga había tenido un roto y estaba mal zurcida.
—Suplico a vuestra Alteza que disculpe mi aspecto —dijo—. He estado abajo, en los calabozos, haciendo indagaciones sobre la fuga del Gnomo, como ordenasteis.
—¿Y qué habéis descubierto?
—La noche en que desaparecieron Lord Varys y vuestro hermano desapareció también un tercer hombre.
—Sí, el carcelero. ¿Qué pasa con él?
—Se llamaba Rugen y estaba al cargo de las celdas negras. El carcelero jefe dice que era corpulento, siempre iba mal afeitado y refunfuñaba mucho. Lo había nombrado el viejo rey Aerys, e iba y venía a su antojo. Las celdas negras no han estado ocupadas a menudo en los últimos años. Por lo visto, los otros carceleros le tienen miedo, pero ninguno sabía gran cosa de él. No tenía amigos ni parientes. No bebía ni frecuentaba burdeles. La celda donde dormía era húmeda, horrorosa. La paja donde se acostaba estaba llena de moho, y el orinal estaba lleno a rebosar.
—Eso ya lo sabía. —Jaime había examinado la celda de Rugen, y luego la volvieron a examinar los capas doradas de Ser Addam.
—Sí, Alteza —asintió Qyburn—, pero ¿sabíais que bajo ese orinal hediondo había una losa suelta, que tapaba una oquedad? La clase de lugar donde uno escondería sus objetos de valor si no quisiera que nadie los encontrara.
—¿Objetos de valor? —Aquello era nuevo—. ¿Monedas, por ejemplo? —Desde el principio había sospechado que Tyrion había logrado comprar a su carcelero.
—No me cabe duda. El agujero estaba vacío cuando lo encontré, claro. Rugen debió de llevarse su mal habido tesoro cuando huyó. Pero mientras examinaba el agujero a la luz de la antorcha, vi algo que brillaba, así que excavé un poco en la tierra y lo saqué. —Qyburn extendió la mano abierta—. Una moneda de oro.
De oro, sí, pero nada más verla, Cersei se dio cuenta de que algo fallaba.
«Demasiado pequeña —pensó—. Demasiado fina.» Era una moneda vieja, desgastada. En la cara se veía el rostro de un rey de perfil, y en la cruz, la huella de una mano.
—No es un dragón —dijo.
—No —corroboró Qyburn—. Data de antes de la Conquista, Alteza. El rey es Garth XII, y la mano es el blasón de la Casa Gardener.
«De Altojardín. —Cersei apretó la moneda en el puño—. ¿Qué traición es esta?» Mace Tyrell había sido uno de los jueces de Tyrion y había exigido su muerte. «¿Sería una estratagema? ¿Es posible que estuviera compinchado con el Gnomo desde el principio, que conspirase para matar a mi padre?» Desaparecido Tywin Lannister, Lord Tyrell era el candidato más probable al cargo de Mano del Rey, pero aun así...
—No hables de esto con nadie —ordenó.
—Vuestra Alteza puede confiar en mi discreción. Todo hombre que cabalgue con una compañía de mercenarios aprende a controlar la lengua; de lo contrario, no la conserva mucho tiempo.
—En mi compañía sucede lo mismo. —La Reina dejó la moneda. Ya pensaría sobre eso más adelante—. ¿Qué hay del otro asunto?
—Ser Gregor. —Qyburn se encogió de hombros—. Lo he examinado, como ordenasteis. El veneno de la lanza de la Víbora era oriental, de manticora, me jugaría la vida.
—Pycelle dice que no. Le explicó a mi padre que el veneno de manticora mata en el momento en que llega al corazón.
—Y así es. Pero este veneno lo espesaron no sé cómo, tal vez para retrasar la muerte de la Montaña.
—¿Qué? ¿Que lo espesaron? ¿Con alguna otra sustancia?
—Puede ser como indica Vuestra Alteza, aunque en casi todos los casos, al adulterar un veneno sólo se consigue mitigar su potencia. Puede que la causa sea... digamos que... menos natural. Tal vez un hechizo.
«¿Qué pasa? ¿Este es tan imbécil como Pycelle?»
—¿Me estás diciendo que la Montaña se muere por un hechizo de magia negra?
Qyburn hizo caso omiso de su tono burlón.
—Se muere por el veneno, pero muy despacio, con una agonía insoportable. Todos mis esfuerzos por aliviar su dolor han sido tan infructuosos como los de Pycelle. Mucho me temo que Ser Gregor está demasiado acostumbrado a la amapola. Su escudero dice que sufre terribles dolores de cabeza, y que bebe la leche de la amapola igual tan a menudo como otros hombres beben cerveza. Sea como sea, las venas se le han puesto negras de la cabeza a los pies, sus orines están llenos de pus, y el veneno le ha abierto en el costado un agujero tan grande como mi puño. Si queréis que sea sincero, me maravilla que siga con vida.
—¿Será por su tamaño? —sugirió la Reina con el ceño fruncido—. Gregor es muy corpulento. Y muy idiota. Por lo visto, demasiado idiota para saber cuándo se tiene que morir. —Tendió la copa, y Senelle se la volvió a llenar—. Sus gritos asustan a Tommen. Hasta a mí me despertaron una vez. Ya va siendo hora de que haga llamar a Ilyn Payne.
—Tal vez podría trasladar a Ser Gregor a las mazmorras, Alteza —propuso Qyburn—. Allí no os molestarían los gritos, y yo tendría más libertad para encargarme de él.
—¿Encargaros de él? —Se echó a reír—. Que se encargue de él Ser Ilyn.
—Si eso que lo deseáis, Alteza... —Qyburn se encogió de hombros—. Pero ese veneno... Sería útil saber más sobre él, ¿no os parece? Como dice el pueblo, enviad a un caballero para matar a un caballero, enviad a un arquero para matar a un arquero. Para combatir las artes negras...
No terminó la frase, sino que se limitó a sonreírle.
«No es Pycelle, desde luego.» La Reina lo miró intrigada.
—¿Por qué te quitaron la cadena en la Ciudadela?
—Los archimaestres son todos unos cobardes en el fondo. Marwyn los llamaba el rebaño gris. Yo era un sanador tan hábil como Ebrose, pero aspiraba a sobrepasarlo. Durante cientos de años, los hombres de la Ciudadela han abierto los cuerpos de los muertos para estudiar la naturaleza de la vida. Yo quería comprender la naturaleza de la muerte, así que abrí los cuerpos de los vivos. El rebaño gris me deshonró por ese crimen y me obligó a exiliarme. Pero comprendo la naturaleza de la vida y de la muerte mejor que nadie en toda Antigua.
—¿De verdad? —Seguía intrigada—. Muy bien. Dejo a la Montaña en tus manos. Haz con él lo que quieras, pero restringe tus estudios a las celdas negras. Y cuando muera, tráeme su cabeza. Mi padre se la prometió a Dorne. Sin duda, el príncipe Doran preferiría matar a Gregor en persona, pero todos sufrimos decepciones en esta vida.
—Muy bien, Alteza. —Qyburn carraspeó para aclararse la garganta—. Lo malo es que no estoy tan bien provisto como Pycelle. Necesitaría adquirir ciertos utensilios...
—Daré instrucciones a Lord Gyles para que te proporcione el oro que necesites. Y cómprate también ropa nueva; tienes aspecto de acabar de salir del Lecho de Pulgas. —Lo miró a los ojos. ¿Hasta qué punto se atrevía a confiar en aquel hombre?—. Ni que decir tiene que las cosas se pondrán muy feas para ti si se sabe algo de tus... actividades.
—Despreocupaos, Alteza. —Qyburn le dedicó su sonrisa más tranquilizante—. Vuestros secretos están a salvo conmigo.
Cuando quedó a solas de nuevo, Cersei se sirvió una copa de vino y la bebió junto a la ventana mientras observaba como se alargaban las sombras por el patio. No dejaba de pensar en la moneda.
«Oro procedente del Dominio. ¿Cómo pudo llegar oro procedente del Domino a manos de un carcelero de Desembarco del Rey, a menos que fuera el pago por ayudar a matar a mi padre?»
Por mucho que lo intentara, no podía recordar la cara de Lord Tywin sin ver aquella sonrisita tonta y recordar el olor hediondo que despedía su cadáver. Tal vez Tyrion estuviera también detrás de aquello.
«Es una maldad pequeña y cruel, igual que él. —¿Sería posible que Tyrion hubiera convertido a Pycelle en su marioneta?—. Metió al viejo en las celdas negras, que estaban bajo el control de ese tal Rugen. —Todo parecía interrelacionado de una manera que no le gustaba nada—. El nuevo Septón Supremo también fue cosa de Tyrion —recordó de repente—, y el pobre cadáver de mi padre ha estado a su cargo desde la noche hasta el amanecer.»
Su tío llegó puntualmente al anochecer. Vestía un jubón acolchado de lana color carbón, tan sombrío como su rostro. Como todos los Lannister, Ser Kevan era de piel clara y pelo rubio, aunque a sus cincuenta y cinco años lo había perdido casi por completo. Nadie lo habría considerado atractivo. Tenía la cintura gruesa y los hombros caídos, y la mandíbula cuadrada y protuberante que la rala barbita amarilla no lograba ocultar hacía que a Cersei le pareciera un viejo mastín. Pero un mastín viejo y leal era exactamente lo que necesitaba.
Tomaron una cena sencilla a base de remolachas, pan y carne poco hecha, regada con una frasca de vino tinto de Dorne. Ser Kevan casi no dijo nada y apenas bebió unos tragos.
«Está demasiado absorto —pensó—. Le hace falta empezar a trabajar para dejar atrás el dolor.»
Eso le dijo cuando los criados recogieron los restos de la comida y se retiraron.
—Sé cuánto contaba contigo mi padre, tío. Ahora yo tengo que hacer lo mismo.
—Necesitas una Mano, y Jaime te ha dicho que no —replicó él.
«Es directo. Muy bien.»
—Jaime... Con la muerte de mi padre me sentía tan perdida que casi no sabía lo que decía. Jaime es valiente, pero seamos sinceros, es un poco tonto. Tommen necesita a un hombre más curtido. Alguien mayor...
—Mace Tyrell es mayor.
La ira hizo que se le dilataran las fosas nasales.
—Jamás. —Cersei se retiró un mechón de pelo de la frente—. Los Tyrell se están extralimitando.
—Sería una tontería que convirtieras a Mace Tyrell en tu Mano —reconoció Kevan—, pero más tonta serías todavía si lo convirtieras en tu enemigo. Ya me he enterado de lo que pasó en la Sala de las Lámparas. Mace no debería haber sacado un asunto como ese en público, pero aun así, no hiciste bien en avergonzarlo delante de la mitad de la corte.
—Siempre será mejor eso que soportar a otro Tyrell en el Consejo. —El reproche la había molestado—. Rosby será un buen consejero de la moneda. Ya has visto cómo es su litera, llena de tallas y cortinajes de seda. Sus caballos llevan mejores ropajes que la mayoría de los caballeros. A un hombre tan rico no le costará encontrar oro. En cuanto al cargo de Mano... ¿Quién mejor para terminar el trabajo de mi padre que el hermano que compartió con él todos sus consejos?
—Todo hombre necesita alguien en quien poder confiar. Tywin me tenía a mí, igual que antes tuvo a tu madre.
—La amaba de verdad. —Cersei se negaba a pensar en la puta que habían hallado muerta en su cama—. Sé que ahora están juntos.
—Los dioses lo quieran. —Ser Kevan estudió su rostro un largo momento antes de responder—. Me pides mucho, Cersei.
—No más que mi padre.
—Estoy cansado. —Su tío cogió la copa de vino y bebió un trago—. Tengo una esposa a la que no he visto desde hace dos años, un hijo muerto al que llorar y otro a punto de casarse y asumir su título de señor. Hay que fortificar de nuevo el castillo de los Darry; hay que proteger sus tierras, arar los campos quemados y volverlos a plantar. Lancel necesita mi ayuda.
—Tommen también. —Cersei no había pensado que tendría que convencer a Kevan. «Nunca se hizo de rogar con mi padre»—. El reino te necesita.
—El reino. Claro. Y la Casa Lannister. —Bebió otro trago—. Muy bien. Me quedaré y serviré a Su Alteza, el Rey...
—Excelente —empezó a decir ella, pero Ser Kevan alzó la voz para interrumpirla.
—... siempre que me nombres regente además de Mano, y te vayas a Roca Casterly.
Durante un instante, Cersei no pudo hacer nada más que mirarlo.
—La regente soy yo —le recordó.
—Lo eras. Tywin no pensaba dejarte seguir en ese cargo. Me contó que planeaba enviarte de vuelta a la Roca y buscarte otro marido.
Cersei sintió que la rabia la ahogaba.
—Algo de eso dijo, sí. Y yo le respondí que no quería volver a casarme.
Su tío permaneció impasible.
—Si estás segura de que no quieres volver a casarte, no te obligaré, pero respecto a lo otro, ahora eres la señora de Roca Casterly, y tu lugar está allí.
«¿Cómo te atreves?», habría querido gritar.
—También soy la reina regente —dijo—. Mi lugar está al lado de mi hijo.
—Tu padre no opinaba lo mismo.
—Mi padre está muerto.
—Para mi pesar y para la desolación de todo el reino. Abre los ojos, Cersei, mira a tu alrededor. El reino está en ruinas. Tywin podría haberlo arreglado todo, pero...
—¡Yo me encargaré de arreglarlo todo! —Cersei hizo un esfuerzo por suavizar el tono—. Con tu ayuda, tío. Si me sirves con tanta lealtad como serviste a mi padre...
—Tú no eres tu padre. Y Tywin siempre consideró a Jaime su legítimo heredero.
—Jaime... Jaime ha hecho votos. Jaime no piensa nunca, se ríe de todo y de todos, y siempre dice lo primero que se le pasa por la cabeza. Jaime es un tonto guapo.
—Pero fue el primero en el que pensaste para ocupar el cargo de Mano del Rey. ¿En qué lugar te deja eso, Cersei?
—Ya te lo he dicho, estaba loca de pena, no pensaba...
—No —coincidió Ser Kevan—. Y por eso debes volver a Roca Casterly y dejar al Rey con los que sí piensan.
Cersei se puso en pie.
—¡El Rey es mi hijo!
—Sí —dijo su tío—. Y por lo que vi a Joffrey, tu incompetencia como madre sólo es comparable a tu ineptitud como gobernante.
Ella le tiró a la cara el contenido de la copa de vino.
Ser Kevan se levantó con pausada dignidad.
—Alteza. —El vino le corría por las mejillas y le goteaba de la barba recortada—. ¿Me das permiso para retirarme?
—¿Con qué derecho te atreves a imponerme condiciones? No eres más que uno de los caballeros de la Casa de mi padre.
—No poseo tierras, cierto, pero en cambio, tengo ciertos ingresos, y también cofres de monedas. Mi padre no olvidó a ninguno de sus hijos antes de morir, y además, Tywin sabía recompensar los buenos servicios. Doy de comer a doscientos caballeros y en caso de necesidad puedo doblar ese número. Hay jinetes libres que seguirían mi estandarte, y tengo el oro necesario para contratar mercenarios. No harías bien en tomarme a la ligera, Alteza... Y menos todavía en convertirme en tu enemigo.
—¿Me estás amenazando?
—Te estoy aconsejando. Si no quieres cederme la regencia, nómbrame castellano de Roca Casterly y elige como Mano del Rey a Mathis Rowan o a Randyll Tarly.
«Los dos banderizos de la Casa Tyrell. —La sugerencia la dejó sin palabras—. «¿Lo habrán comprado? ¿Habrá aceptado oro de los Tyrell para traicionar a la Casa Lannister?»
—Mathis Rowan es sensato y prudente; la gente lo quiere —siguió su tío, abstraído—. Randyll Tarly es el mejor soldado del reino. No sería buena Mano en tiempos de paz, pero tras la muerte de Tywin no hay mejor hombre para acabar con esta guerra. Lord Tyrell no podrá ofenderse si eliges Mano a uno de sus banderizos. Tanto Tarly con Rowan son muy hábiles, y también leales. Elige a cualquiera de los dos y será tuyo para siempre. Te harás fuerte y debilitarás la posición de Altojardín, y encima, Mace te tendrá que dar las gracias. —Se encogió de hombros—. Ese es mi consejo; síguelo o no, como quieras. Por mí, puedes nombrar Mano al Chico Luna. Mi hermano ha muerto. Lo voy a llevar a casa.
«Traidor —pensó—. Cambiacapas.» ¿Cuánto le habría pagado Mace Tyrell?
—Abandonas a tu Rey cuando más te necesita —le dijo—. Abandonas a Tommen.
—Tommen tiene a su madre. —Los ojos verdes de Ser Kevan le sostuvieron la mirada sin parpadear. Una última gota de vino tremoló húmeda y roja bajo su barbilla antes de caer por fin—. Sí —añadió en voz baja tras una pausa—, y creo que también a su padre.

08 - Jaime

JAIME

Ser Jaime Lannister, de blanco de los pies a la cabeza, estaba junto al féretro de su padre con los cinco dedos en torno al puño de un mandoble dorado.
Con la caída de la noche, el interior del Gran Septo de Baelor se tornaba oscuro y espectral. Los últimos restos de luz entraban por las altas vidrieras y bañaban las imponentes estatuas de los Siete con un tenue brillo rojizo. En torno a sus altares titilaban las velas, mientras las sombras se cerraban ya en las capillas y se arrastraban silenciosas por los suelos de mármol. Los ecos de los rezos fueron muriendo a media que salían los últimos asistentes a la ceremonia.
Balon Swann y Loras Tyrell se demoraron mientras los demás partían.
—Nadie puede montar guardia siete días y siete noches —dijo Ser Balon—. ¿Cuánto fue la última vez que dormisteis, mi señor?
—Cuando mi señor padre estaba vivo —replicó Jaime.
—Permitidme que monte guardia esta noche —se ofreció Ser Loras.
—No era vuestro padre. —«Vos no lo matasteis. Yo sí. Fue Tyrion quien soltó la saeta de la ballesta que lo mató, pero porque yo solté a Tyrion»—. Dejadme.
—Como ordene mi señor —dijo Swann.
Por su expresión, era obvio que Ser Loras habría seguido objetando, pero Ser Balon lo cogió por el brazo y se lo llevó. Jaime escuchó los ecos de sus pisadas mientras se alejaban. Y así volvió a quedarse a solas con su señor padre, entre las velas, los cristales y el nauseabundo olor dulzón de la muerte. Le dolía la espalda por el peso de la armadura, y casi no sentía las piernas. Cambió de postura y apretó los dedos en torno al puño del mandoble dorado. No podía esgrimir una espada, pero sí sostenerla. Le dolía la mano ausente. Casi tenía gracia. Sentía más la mano que había perdido que el resto del cuerpo que le quedaba.
«Mi mano tiene hambre de espada. Necesito matar a alguien. A Varys, para empezar, pero antes tengo que dar con la roca bajo la que se esconde.»
—Le ordené al eunuco que lo llevara a un barco, no a tus habitaciones —le explicó al cadáver—. Sus manos están tan manchadas de sangre como las... Como las de Tyrion.
«Sus manos están tan manchadas de sangre como las mías. —Eso era lo que había querido decir, pero las palabras se le atravesaban en la garganta—. Varys hizo lo que hizo porque yo se lo ordené.»
Aquella noche, cuando por fin había decidido que no dejaría morir a su hermano pequeño, había aguardado en las habitaciones del eunuco. Mientras esperaba se dedicó a afilar el puñal con una mano; el sonido del acero contra la piedra le proporcionaba un extraño alivio. Cuando oyó las pisadas se situó junto a la puerta. Varys entró envuelto en una nube de talco y espliego. Jaime se puso tras él, le dio una patada en la corva, se arrodilló sobre su pecho y le puso el cuchillo bajo la papada blanca, obligándolo a levantar la cabeza.
—Vaya, Lord Varys —dijo en tono cordial—, no esperaba encontraros aquí.
—¿Ser Jaime? —jadeó Varys—. Me estáis asustando.
—Esa es mi intención. —Retorció el puñal, y un hilillo de sangre corrió por la hoja—. Estaba pensando que podríais ayudarme a sacar a mi hermano de la celda antes de que Ser Ilyn le corte la cabeza. Ya, ya sé que es una cabeza fea, pero el caso es que no tiene otra.
—Sí... Bueno... Si tenéis la amabilidad... de apartar esa hoja... Sí, con cuidado, por favor, mi señor... Oh, estoy herido... —El eunuco se rozó el cuello y contempló boquiabierto la sangre que le manchaba los dedos—. Siempre he aborrecido la visión de mi propia sangre.
—Pronto tendréis mucho que aborrecer si no me ayudáis.
Varys se incorporó con dificultades.
—Si vuestro hermano... Si el Gnomo desapareciera de su celda habría muchas p-preguntas. Mi vida correría p-peligro...
—Vuestra vida está en mis manos. No me importa qué secretos guardéis; si Tyrion muere, vos lo seguiréis. Os lo prometo.
—Oh. —El eunuco se lamió la sangre de los dedos—. Me pedís que haga algo terrible: que libere al Gnomo, que mató a nuestro amado Rey. ¿O creéis que es inocente?
—Inocente o culpable, da igual —respondió Jaime como el imbécil que era—. Un Lannister siempre paga sus deudas.
Con qué facilidad le habían salido las palabras.
Desde entonces no había vuelto a dormir. Constantemente volvía a ver a su hermano, la sonrisa del enano bajo los restos de la nariz mientras la luz de la antorcha le lamía el rostro.
—Eres un pobre idiota tullido —le había espetado con la voz ronca de odio—. Cersei es una zorra mentirosa. Ha estado follando con Lancel y con Osmund Kettleblack y, por lo que yo sé, puede que se tire hasta al Chico Luna. Y yo soy el monstruo que todos dicen. Sí, maté al canalla de tu hijo.
«No dijo que pensara matar a nuestro padre. Lo habría detenido. Así, el asesino de su propia sangre sería yo, no él.»
Jaime se preguntaba dónde se habría escondido Varys. El consejero de los rumores había tenido la sensatez de no volver a sus habitaciones, y tras registrar la Fortaleza Roja no habían dado con él. Tal vez el eunuco se hubiera embarcado con Tyrion en vez de quedarse para responder preguntas incómodas. Si era así, los dos ya estarían muy lejos, en alta mar, compartiendo una frasca de vino dorado del Rejo en el camarote de una galera.
«A menos que mi hermano matara también a Varys y su cadáver se esté pudriendo bajo el castillo.» En tal caso, tal vez pasarían años antes de que encontraran sus huesos. Jaime había bajado con una docena de guardias, todos con antorchas, cuerdas y farolillos. Recorrieron a tientas durante horas los pasadizos retorcidos, se arrastraron por espacios angostos, cruzaron puertas ocultas, bajaron por escaleras secretas y por huecos que llevaban a la oscuridad más absoluta. Nunca se había sentido tan tullido. Hay muchas cosas que parecen pan comido cuando se tienen dos manos. Las escalas, por ejemplo. Ni siquiera le resultaba fácil gatear; por algo consistía en avanzar sobre las manos, en plural, y las rodillas. Tampoco podía sujetar una antorcha mientras trepaba, como hacían los demás.
Y todo en vano. Sólo encontraron oscuridad, polvo y ratas.
«Y dragones al acecho, allí abajo.» Recordaba el brillo anaranjado de las ascuas en la boca del dragón de hierro. El brasero caldeaba una estancia de la base de un pozo donde convergía media docena de túneles. En el suelo había un desgastado mosaico que representaba al dragón de tres cabezas de la Casa Targaryen, en baldosines rojos y negros.
«Te conozco, Matarreyes —parecía decirle la bestia—. Siempre he estado aquí, esperando tu llegada.» Y a Jaime le había parecido reconocer aquella voz, el tono férreo que había tenido la voz de Rhaegar, príncipe de Rocadragón.
El viento soplaba con fuerza el día en que se despidió de Rhaegar en el patio de la Fortaleza Roja. El príncipe llevaba una armadura negra como la noche, con el dragón de tres cabezas dibujado con rubíes incrustados en la coraza.
—Alteza —le había suplicado Jaime—, que se quede Darry a guardar al Rey esta vez, o Ser Barristan, si lo preferís. Sus capas son tan blancas como la mía.
El príncipe Rhaegar negó con la cabeza.
—Mi señor padre teme al vuestro más que a nuestro primo Robert. Quiere teneros cerca para que Lord Tywin no le haga daño alguno. No le quitaré esa muleta en este momento tan terrible.
La ira ahogaba a Jaime.
—No soy una muleta. Soy un caballero de la Guardia Real.
—En ese caso, guardad al Rey —le espetó Jon Darry—. Cuando os ceñisteis esa capa prometisteis obedecer.
Rhaegar había puesto una mano en el hombro de Jaime.
—Cuando acabe la batalla tengo intención de reunir al consejo. Habrá cambios. Hace tiempo que pensaba hacerlo, pero... En fin, no sirve de nada hablar de los caminos que no tomamos. Cuando regrese, hablaremos.
Fueron las últimas palabras que le dijo Rhaegar Targaryen. Al otro lado de las puertas se había reunido un ejército, y otro descendía ya por el Tridente. Y así, el príncipe de Rocadragón montó a caballo, se puso el alto yelmo negro y cabalgó hacia su destino.
«No sabía cuánta razón tenía. Cuando terminó la batalla hubo cambios.»
—Aerys creía que, si me tenía cerca, no le pasaría nada malo —le dijo al cadáver de su padre—. ¿A que tiene gracia?
Lo mismo debía de pensar Lord Tywin; su sonrisa era más amplia que antes.
«Parece que disfruta con lo de estar muerto. —Era extraño, pero no sentía pena alguna—. ¿Dónde están mis lágrimas? ¿Dónde está mi rabia?» Si algo no le había faltado nunca a Jaime Lannister era eso, rabia.
—Padre —le dijo al cadáver—, tú fuiste quien me dijo que las lágrimas eran señal de debilidad en un hombre, así que no esperarás que llore por ti.
Aquella mañana había desfilado ante el féretro un millar de grandes damas y señores, y después del mediodía pasaron también varios miles de personas del pueblo llano. Todos llevaban ropa oscura y tenían una expresión solemne, pero Jaime sospechaba que muchos de ellos estaban encantados de presenciar la caída de un gran hombre. Incluso en el oeste, Lord Tywin era más respetado que querido, y Desembarco del Rey recordaba todavía el Saqueo.
De todos los asistentes al funeral, el Gran Maestre Pycelle parecía el más compungido.
—He servido a seis reyes —le dijo a Jaime tras la segunda ceremonia, mientras arrugaba la nariz al lado del cadáver—, pero aquí yace el hombre más grande que jamás he conocido. Lord Tywin no llevaba corona, pero tenía todo lo que debe tener un rey.
Sin la barba, Pycelle no sólo parecía viejo, sino también débil.
«Afeitarlo fue lo más cruel que le pudo hacer Tyrion», pensó Jaime, que sabía lo que era perder una parte de uno mismo, una parte que hace de alguien lo que es. Pycelle había lucido una barba magnífica, blanca como la nieve y suave como la lana de un corderillo, muy espesa. Le cubría las mejillas y la barbilla, y le llegaba casi hasta el cinturón. El Gran Maestre solía acariciársela mientras pontificaba. Le proporcionaba un aura de sabiduría y ocultaba todo tipo de cosas desagradables: la piel flácida bajo la mandíbula de anciano, la boca pequeña en la que faltaban varios dientes, las verrugas, las arrugas y las abundantes manchas de la edad. Pycelle trataba de que le creciera de nuevo, pero no lo conseguía. De las mejillas arrugadas y del pellejo que tenía bajo la mandíbula sólo le brotaban mechones ralos a través de los cuales Jaime le veía la piel rosada llena de manchas.
—He visto cosas espantosas en mis tiempos, Ser Jaime —dijo el anciano—. Guerras, batallas, asesinatos horribles... No era más que un niño que vivía en Antigua cuando la peste gris se llevó a media ciudad y a tres cuartas partes de los habitantes de la Ciudadela. Lord Hightower quemó todos los barcos del puerto, cerró las puertas y ordenó a sus guardias que matarán a todos aquellos que intentaran huir, fueran hombres, mujeres o niños de pecho. Cuando pasó la peste acabaron con él. El mismo día en que reabrió el puerto lo desmontaron de su caballo y lo degollaron, al igual que a su hijo. Aún a día de hoy, los ignorantes de Antigua escupen cuando se pronuncia su nombre, pero Quenton Hightower hizo lo que había que hacer. Vuestro padre también era así: un hombre que hacía lo que había que hacer.
—¿Por eso parece tan satisfecho consigo mismo?
Los vapores que desprendía el cadáver hacían que a Pycelle le llorasen los ojos.
—La carne... A medida que la carne se seca, los músculos se tensan y tiran de los labios hacia arriba. No es una sonrisa; es un... Un síntoma de la sequedad, nada más. —Parpadeó para disipar las lágrimas—. Disculpadme, por favor. Estoy muy cansado.
Pycelle se dirigió hacia la salida del septo con pasos dificultosos, apoyándose en el bastón.
«Ese también se está muriendo», comprendió Jaime. No era de extrañar que Cersei lo considerase un inútil.
Aunque, a decir verdad, su querida hermana parecía pensar que la mitad de la corte estaba formada por inútiles o traidores: Pycelle, la Guardia Real, los Tyrell, el propio Jaime... Hasta Ser Ilyn Payne, el caballero silencioso que desempeñaba las funciones de verdugo. Como Justicia del Rey, las mazmorras eran responsabilidad suya. Al carecer de lengua, Payne dejaba la mayor parte de los asuntos de las mazmorras en manos de subordinados, pero aun así, Cersei lo hacía responsable de la fuga de Tyrion. «Fue cosa mía, no suya», había estado a punto de decirle Jaime. Pero en vez de confesar se había prometido averiguar cuanto pudiera del carcelero jefe, un anciano jorobado que respondía al nombre de Rennifer Mareslargos.
—Seguro que os preguntáis qué clase de nombre es ese —dijo entre risitas cuando Jaime fue a interrogarlo—. Pues un nombre muy antiguo, sí. No suelo alardear, pero por mis venas corre sangre real. Soy descendiente de una princesa. Mi padre me lo contó cuando era chiquillo. —A juzgar por las manchas de la cabeza y las canas de la barbilla, hacía muchos años que Mareslargos ya no era un chiquillo—. La princesa era el tesoro más preciado de la Bóveda de las Doncellas. Lord Puño de Roble, el gran almirante, perdió la cabeza por ella, y eso que estaba casado con otra mujer. Puso a su hijo el apellido de Mares en honor a su padre, y cuando creció se convirtió en un gran caballero; también lo fue su propio hijo, que se añadió la terminación largos para que los demás supieran que él no era bastardo. Así que tengo algo de dragón.
—Sí, he estado a punto de confundirte con Aegon el Conquistador —fue la respuesta de Jaime. Mares era un apellido de bastardo muy común en la zona de la bahía Aguasnegras; lo más probable era que el viejo Mareslargos descendiera de la Casa de algún caballero sin importancia, y no de una princesa—. Pero da la casualidad de que tengo preocupaciones más apremiantes que tu linaje.
Mareslargos inclinó la cabeza.
—El prisionero desaparecido.
—Y el carcelero que falta.
—Rugen —confirmó el viejo—. Un subordinado. Estaba al mando del tercer nivel, las celdas negras.
—Dime lo que sepas de él —tuvo que responder Jaime.
«Esto es una farsa de mierda.» Sabía quién era Rugen mejor que Mareslargos.
—Desaliñado, sin afeitar, muy vulgar en el habla. Tengo que reconocer que no era de mi agrado. Rugen ya estaba aquí cuando llegué, hace doce años. Lo había nombrado el rey Aerys. La verdad es que rara vez pasaba por aquí. Ya lo señalé en los informes, mi señor. Os lo aseguro, os doy mi palabra, la palabra de un hombre de sangre real.
«Vuelve a mencionar esa sangre real y quizá la derrame», pensó Jaime.
—¿Quién leía esos informes?
—Unos iban para el consejero de la moneda; otros, para el consejero de los rumores. El carcelero jefe y la Justicia del Rey los recibían todos. Siempre se ha hecho así en las mazmorras. —Mareslargos se rascó la nariz—. Rugen estaba aquí cuando hacía falta, mi señor, eso también hay que decirlo. Las celdas negras se utilizan poco. Antes de que enviaran a vuestro hermano menor tuvimos durante un tiempo al Gran Maestre Pycelle, y antes de él al traidor Lord Stark. Hubo otros tres, que no eran nobles, Lord Stark se los entregó a la Guardia de la Noche. No me pareció buena idea soltarlos, pero los papeles estaban en orden. También lo señalé en el informe, podéis estar seguro.
—Háblame de los dos carceleros que se quedaron dormidos.
—¿Carceleros? —Mareslargos bufó—. Esos no eran carceleros. No eran más que llaverizos. La corona paga el sueldo de veinte llaverizos, mi señor, nada menos que veinte, pero en el tiempo que llevo aquí nunca hemos tenido más de doce. También se supone que tendríamos que contar con seis carceleros, dos en cada nivel, pero sólo disponemos de tres.
—¿Tú y dos más?
Mareslargos volvió a soltar un bufido.
—Yo soy el carcelero jefe, mi señor. Estoy por encima de los carceleros. A mí me corresponde llevar las cuentas. Si mi señor desea echar un vistazo a los libros verá que las cifras cuadran. —Mareslargos había consultado un gran volumen con encuadernación de cuero que tenía abierto delante—. En este momento tenemos cuatro prisioneros en el primer nivel y uno en el segundo, además de vuestro hermano. —El viejo frunció el ceño—. Que se ha fugado, claro. Es verdad. Lo tacharé.
Cogió una pluma y le hizo una incisión en el cañón para escribir.
«Seis prisioneros —pensó Jaime con amargura—, y pagamos el salario de veinte llaverizos, seis carceleros, un carcelero jefe, un encargado y la Justicia del Rey.»
—Quiero interrogar a esos dos llaverizos.
Rennifer Mareslargos dejó el cortaplumas y alzó la vista hacia Jaime, desconcertado.
—¿Interrogarlos, mi señor?
—Ya me has oído.
—Sí, mi señor, os he oído, pero... Mi señor puede interrogar a quien quiera, desde luego; no me corresponde a mí decir lo contrario. Pero, permitidme la osadía, ser, no creo que os respondan. Están muertos, mi señor.
—¿Muertos? ¿Por orden de quién?
—Pensé que por orden vuestra, o... ¿Tal vez del Rey? No pregunté. No... No me corresponde a mí interrogar a la Guardia Real.
Aquello era hurgar en la herida: Cersei había utilizado a sus propios hombres para hacer el trabajo sucio, a ellos y a sus adorados Kettleblack.
—¡Imbéciles descerebrados! —les había gritado Jaime a Boros Blount y a Osmund Kettleblack más tarde, en una celda que apestaba a sangre y muerte—. ¿Qué habéis hecho?
—Nada más que lo que se nos ordenó, mi señor. —Ser Boros era más bajo que Jaime, pero más fornido—. Lo ordenó Su Alteza. Vuestra hermana.
Ser Osmund apoyó el pulgar en el cinto.
—Nos dijo que deseaba que durmieran para siempre, así que mis hermanos y yo nos encargamos de ello.
«Y de qué manera.» Uno de los cadáveres estaba tumbado de bruces sobre la mesa, como si se hubiera desmayado tras emborracharse en un banquete, pero el charco que había bajo la cabeza era de sangre, no de vino. El segundo llaverizo había logrado apartarse del banco y sacar el puñal antes de que le clavaran una espada larga entre las costillas. Su final había sido más largo, más sucio.
«Le dije a Varys que nadie debía resultar herido en la fuga —pensó Jaime—. Se lo tendría que haber dicho a mis hermanos.»
—Ha sido un error, ser.
Ser Osmund se encogió de hombros.
—Nadie los echará de menos. Seguro que habían participado en la intriga, igual que el que ha desaparecido.
«No —habría podido decirle Jaime—. Varys les puso un somnífero en el vino.»
—En ese caso les podríamos haber sonsacado la verdad. —«Ha estado follando con Lancel y con Osmund Kettleblack y, por lo que yo sé, puede que se tire hasta al Chico Luna...»—. Si fuera desconfiado, empezaría a preguntarme por qué teníais tanta prisa por evitar que los interrogaran. ¿Teníais que silenciarlos para ocultar vuestra participación en esto?
—¿Nosotros? —Kettleblack estuvo a punto de atragantarse—. No hemos hecho más que obedecer a la Reina. Os doy mi palabra de Hermano Juramentado.
Los dedos inexistentes de Jaime se tensaron.
—Que bajen Osney y Osfryd, y limpiad este desastre. Y la próxima vez que mi querida hermana os ordene matar a alguien, decídmelo antes. Si no es para eso, manteneos fuera de mi vista, ser.
Las palabras retumbaron en su mente en la penumbra del septo de Baelor. Más arriba, todas las vidrieras se habían tornado negras, y alcanzaba a divisar la luz tenue de estrellas lejanas. El sol se había ocultado por completo. Pese a las velas aromáticas, el hedor de la muerte era cada vez más marcado. Aquel olor le recordaba el paso del Colmillo Dorado, donde había conseguido una victoria gloriosa en los primeros días de la guerra. La mañana siguiente a la batalla, los cuervos se dieron un festín con los cadáveres de vencedores y vencidos, igual que habían devorado a Rhaegar Targaryen después del Tridente.
«¿Cuánto vale una corona si un cuervo puede cenar carne de rey?»
Jaime estaba seguro de que en aquel momento había cuervos dando vueltas sobre las siete torres y la gran cúpula del septo de Baelor, batiendo las alas negras contra el aire de la noche, buscando alguna manera de entrar.
«Todos los cuervos de los Siete Reinos deberían rendirte homenaje, padre. Los alimentaste bien, desde Castamere hasta el Aguasnegras. —La idea pareció satisfacer a Lord Tywin; su sonrisa se hizo todavía más amplia—. Mierda, sonríe como un recién casado en la noche de bodas.»
Era una imagen tan grotesca que Jaime se echó a reír.
El sonido de la carcajada resonó entre las criptas y capillas, como si los muertos enterrados tras los muros también se estuvieran riendo.
«Por qué no? Esto es más absurdo que una farsa de titiriteros, aquí estoy, en vigilia por el padre al que ayudé a asesinar, enviando hombres en busca del hermano al que ayudé a escapar...»
Le había ordenado a Ser Addam Marbrand que registrara la calle de la Seda.
—Mirad debajo de todas las camas; ya sabéis lo aficionado que es mi hermano a los burdeles.
Los capas doradas encontrarían cosas más interesantes bajo las faldas de las putas que bajo los lechos. Se preguntó cuántos bastardos nacerían como fruto de aquella búsqueda fútil.
Sin poder evitarlo, sus pensamientos volaron hacia Brienne de Tarth.
«Moza estúpida, testaruda, adefesio. —¿Dónde estaría?—. Dale fuerzas, Padre.» Casi una plegaria... Pero ¿invocaba al dios, al padre de todos, cuya imponente estatua relucía a la luz de las velas al otro lado del septo? ¿O estaba rezando al cadáver que yacía ante él?
«¿Qué más da? Ni el uno ni el otro me escucharon nunca.» El Guerrero había sido el dios de Jaime desde que tuvo edad suficiente para empuñar una espada. Otros hombres podían ser padres, hijos, maridos, pero no Jaime Lannister, cuya espada era tan dorada como su cabello. Era un guerrero, y nunca sería otra cosa.
«Tendría que decirle la verdad a Cersei; debería reconocer que fui yo quien liberó a nuestro hermano de su celda.» Claro, como la verdad le había dado tan buen resultado con Tyrion... «Sí, yo maté al canalla de tu hijo, y ahora voy a matar también a tu padre.» Jaime oía las carcajadas del Gnomo en la penumbra. Se volvió para mirar, pero el sonido era el eco de su risa, que volvía a él. Cerró los ojos, pero volvió a abrirlos a toda velocidad.
«No puedo dormir. —Si se dormía, tal vez soñara. Cómo se reía Tyrion...— ...zorra mentirosa... follando con Lancel y con Osmund Kettleblack...»
A medianoche, las bisagras de las Puertas del Padre dejaron escapar un gemido cuando entró una hilera de varios cientos de septones. Algunos vestían túnicas de hilo de plata y llevaban guirnaldas de cristal que los señalaban como Máximos Devotos. Por las Puertas de la Madre, que daban a su convento, entraron las septas blancas, en fila de a siete, entonando cánticos con voz queda, mientas que las hermanas silenciosas llegaron de una en una bajando por los Peldaños del Desconocido. Las doncellas de la muerte vestían de gris claro y se cubrían con capuchas de manera que sólo se les veían los ojos. También llegó un grupo de monjes con túnicas marrones, castañas, color arena y hasta de lana basta sin teñir, ceñidas con sogas de cáñamo. Algunos llevaban colgado del cuello el martillo del Herrero, mientras que otros portaban cuencos mendicantes.
Ninguno de ellos le prestó la menor atención a Jaime. Hicieron el circuito del septo, rezando ante cada uno de los siete altares para honrar los siete aspectos de la deidad. Hicieron un sacrificio a cada dios y a cada uno le cantaron un himno. Sus voces se alzaban dulces, solemnes. Jaime cerró los ojos para escuchar, pero tuvo que abrirlos cuando empezó a tambalearse.
«Estoy más cansado de lo que me imaginaba. Han pasado muchos años desde mi última vigilia. Y entonces era más joven; tenía quince años.» En aquella ocasión no vestía armadura, sólo una sencilla túnica blanca. El septo donde había pasado la noche no tenía ni un tercio del tamaño de cualquiera de los siete cruceros del Gran Septo. Jaime había depositado la espada en las rodillas del guerrero, le había puesto la armadura a los pies y se había arrodillado en el duro suelo de piedra, ante el altar. Al amanecer tenía las rodillas ensangrentadas y en carne viva.
—Todo caballero debe sangrar, Jaime —le había dicho Ser Arthur Dayne al verlo—. La sangre es el sello de nuestra devoción.
Le dio un golpecito en el hombro con Albor, la hoja blanquecina estaba tan afilada que hasta el ligero roce bastó para atravesar la túnica de Jaime, que sangró de nuevo. Ni siquiera lo sintió. Un niño se había arrodillado; un caballero se levantaba.
«El Joven León, no el Matarreyes.»
Pero eso había sido hacía mucho tiempo, y el niño había muerto.
No se dio cuenta de en qué momento terminaron las ceremonias. Quizá se hubiera quedado dormido, a pesar de estar de pie. Cuando los devotos volvieron a salir en fila, el Gran Septo quedó de nuevo en silencio. Las velas eran una muralla de estrellas que ardían en la oscuridad, aunque el aire apestaba a muerte. Jaime estiró los dedos con los que agarraba el mandoble dorado. Quizá no habría sido mala idea dejar que Ser Loras lo relevara.
«Qué mal le habría sentado a Cersei.» El Caballero de las Flores era aún casi un niño, arrogante y vanidoso, pero tenía madera para llegar a ser grande, para llevar a cabo hazañas dignas del Libro Blanco.
El Libro Blanco lo estaría esperando cuando terminara la vigilia, abierto en mudo reproche.
«Antes de llenarlo de mentiras, romperé en pedazos esa mierda de libro.» Pero si no mentía, ¿qué podía escribir, aparte de la verdad?
Había una mujer ante él.
«Está lloviendo otra vez —pensó al ver lo empapada que estaba. El agua le corría por la capa y formaba un charco a sus pies—. ¿Cómo ha llegado aquí? No la he oído entrar.» Vestía como una moza de taberna, con una gruesa capa de lana basta mal teñida a manchas marrones, deshilachada por el dobladillo. La capucha le ocultaba el rostro, pero Jaime veía la danza de las velas en los estanques verdes de sus ojos y reconocía su manera de moverse.
—Cersei. —Hablaba despacio, como quien despierta de un sueño y aún no sabe dónde se encuentra—. ¿Qué hora es?
—Ya no es de noche, pero aún no ha amanecido. La hora del lobo, la llaman. —Su hermana se retiró la capucha e hizo una mueca—. Será la hora del lobo ahogado. —Le dedicó la más dulce de las sonrisas—. ¿Te acuerdas de la primera vez que fui a verte así? Fue en una tabernucha del callejón de la Comadreja, y me puse ropa de criada para pasar entre los guardias de nuestro padre.
—Me acuerdo. Fue en el callejón de la Anguila. —«Busca algo»—. ¿Qué haces aquí a estas horas? ¿Qué quieres de mí?
La última palabra resonó por todo el septo, mimimimimimimimimimimimimimí, languideciendo hasta convertirse en un susurro. Durante un momento se atrevió a soñar con que no buscaba más que el consuelo de sus brazos.
—Baja la voz. —Sonaba extraña, jadeante, casi alarmada—. Jaime, Kevan se ha negado. No quiere ser la Mano. Sabe... Sabe lo nuestro. Me lo ha dicho.
—¿Que se ha negado? —Aquello constituía una sorpresa—. ¿Cómo es posible que lo supiera? Habrá leído lo que escribió Stannis, pero no hay...
—Tyrion lo sabía —le recordó su hermana—. ¿Quién sabe qué habrá contado ese enano malvado, y a quién? Y el tío Kevan es lo de menos. El Septón Supremo... Tyrion lo coronó después de que muriera el gordo. Puede que también lo sepa. —Se acercó más a él—. Tienes que ser la Mano de Tommen. No me fío de Mace Tyrell. ¿Y si tuvo algo que ver con la muerte de nuestro padre? Puede que conspirase con Tyrion. Tal vez el Gnomo esté de camino a Altojardín...
—No es así.
—Sé mi Mano —le suplicó—. Juntos gobernaremos los Siete Reinos, como un rey con su reina.
—Fuiste la reina de Robert. Pero no quieres ser la mía.
—Lo sería si me atreviera, pero nuestro hijo...
—Tommen no es hijo mío, igual que no lo era Joffrey. —Hablaba con tono seco—. También se los entregaste a Robert.
Su hermana se sobresaltó.
—Me juraste que siempre me amarías. Obligarme a suplicar no es amarme.
A Jaime le llegaba el olor de su miedo incluso por encima del hedor rancio del cadáver. Habría dado cualquier cosa por tomarla entre sus brazos y besarla, por enterrar el rostro en sus rizos dorados y prometerle que nadie le haría daño.
«Aquí no —pensó—, aquí no; estamos ante los dioses, ante nuestro padre.»
—No —dijo—. No puedo. No quiero.
—Te necesito. Necesito a mi otra mitad. —Jaime oía las gotas de lluvia que repiqueteaban contra los cristales, más arriba—. Tú eres yo, yo soy tú. Te necesito conmigo. Dentro de mí. Por favor, Jaime. Por favor.
Jaime echó un vistazo para asegurarse de que Lord Tywin no se levantaba del sepulcro en un ataque de ira, pero seguía inmóvil, frío, pudriéndose.
—Estoy hecho para el campo de batalla, no para la cámara del Consejo. Y puede que ahora no sirva ni para eso.
Cersei se secó las lágrimas con la desastrada manga marrón.
—Muy bien. Si quieres campos de batalla, campos de batalla te daré. —Se volvió a cubrir la cabeza con gesto furioso—. Qué idiota he sido al venir. Qué idiota fui al amarte.
Sus pisadas resonaron en el silencio y dejaron manchas húmedas en el suelo de mármol.
El amanecer pilló a Jaime casi desprevenido. Cuando el cristal de la cúpula empezó a iluminarse, las paredes, suelos y columnas se cubrieron de pronto con multitud de dibujos irisados y bañaron el cadáver de Lord Tywin con un halo multicolor. La Mano del Rey se pudría a ojos vistas. Su rostro había adquirido un tono verdoso y tenía los ojos muy hundidos, como dos pozos negros. Se le habían abierto grietas en las mejillas, y un asqueroso líquido blanco manaba por las juntas de su espléndida armadura dorada y carmesí para convertirse en un charco bajo el cuerpo.
Los septones fueron los primeros en verlo cuando regresaron para las plegarias del amanecer. Entonaron los cánticos, rezaron las oraciones y arrugaron la nariz; un Máximo Devoto se mareó tanto que necesitó ayuda para salir del septo. Poco después llegó una bandada de novicios que agitaba incensarios, y el aire se cargó tanto que el féretro parecía envuelto en humo. Los colores se desvanecieron en la niebla perfumada, pero el hedor persistió, un olor dulzón y podrido que le provocaba arcadas a Jaime.
Cuando se abrieron las puertas, los Tyrell fueron los primeros en entrar, tal como correspondía a su alcurnia. Margaery llevaba un gran centro de rosas doradas. Lo puso ostentosamente al pie del féretro de Lord Tywin, pero se quedó con una y la sostuvo bajo la nariz mientras tomaba asiento.
«Así que es tan lista como hermosa. Será una buena reina para Tommen. Mejor que las que tuvieron otros.» Las damas de Margaery siguieron su ejemplo.
Cersei aguardó hasta que todos estuvieron sentados antes de hacer su entrada, acompañada de Tommen. Ser Osmund Kettleblack caminaba junto a ellos con su armadura esmaltada en blanco y la capa blanca de lana.
«Ha estado follando con Lancel y con Osmund Kettleblack y, por lo que yo sé, puede que se tire hasta al Chico Luna...»
Jaime había visto a Kettleblack desnudo en la sala de baños; había visto la pelambre negra de su pecho y la mata aún más recia que tenía entre las piernas. Se imaginó aquel pecho apretado contra el de su hermana, aquel vello arañando la piel suave de sus senos.
«Cersei no haría semejante cosa. El Gnomo me mintió. —Oro batido y alambre negro, entremezclados, sudorosos. Las nalgas prietas de Kettleblack contrayéndose con cada embestida. Jaime oyó los gemidos de su hermana—. No... Es mentira.»
Pálida, con los ojos enrojecidos, Cersei subió por las escaleras para arrodillarse ante su padre, arrastrando a Tommen. El chico dio un paso atrás al ver aquel espectáculo, pero su madre lo agarró por la muñeca antes de que pudiera escapar.
—Reza —le susurró.
Tommen lo intentó. Pero sólo tenía ocho años, y Lord Tywin era un espanto. El Rey inhaló una bocanada desesperada y empezó a sollozar.
—¡Basta ya! —ordenó Cersei.
Tommen giró la cabeza, se dobló por la cintura y empezó a vomitar. La corona se le cayó y salió rodando por el suelo de mármol. Su madre se apartó asqueada, y el Rey echó a correr hacia la puerta tan deprisa como se lo permitían sus piernas infantiles.
—Relevadme, Ser Osmund —ordenó Jaime con brusquedad cuando Kettleblack se volvió para recoger la corona.
Entregó al otro hombre la espada dorada y salió corriendo en pos de su rey. Le dio alcance en la Sala de las Lámparas, ante la mirada de dos docenas de sobresaltadas septas.
—Lo siento —sollozó Tommen—. Mañana lo haré mejor. Mamá dice que un rey tiene que dar ejemplo, pero es que el olor me daba arcadas.
«No puede ser. Demasiados oídos atentos, demasiados ojos mirando.»
—Será mejor que salgamos, Alteza.
Jaime llevó al chico al exterior, donde el aire estaba tan fresco y limpio como era posible en Desembarco del Rey. Cuarenta capas doradas se encontraban apostados alrededor de la plaza guardando los caballos y las literas. Se llevó al Rey a un lado, lejos de todos, y lo sentó en los peldaños de mármol.
—No tenía miedo —insistió el niño—. Es que el olor me daba arcadas. ¿No te daba arcadas a ti? ¿Cómo lo aguantabas, tío?
«Olí la podredumbre de mi propia mano cuando Vargo Hoat me obligó a llevarla al cuello.»
—Un hombre puede aguantar casi cualquier cosa si es necesario —le explicó Jaime a su hijo. «He olido a un hombre que se asaba, cuando el rey Aerys lo coció en su propia armadura»—. El mundo está lleno de cosas espantosas, Tommen. Puedes luchar contra ellas, reírte de ellas o verlas sin mirar... Escapar hacia dentro.
Tommen lo pensó un instante.
—Antes... Antes me escapaba hacia dentro, a veces —confesó—, cuando Joffy...
—Joffrey. —Cersei estaba junto a ellos; el viento le enredaba las faldas en torno a las piernas—. Tu hermano se llamaba Joffrey. Y jamás me habría avergonzado de esta manera.
—No pretendía... No tenía miedo, mamá. Es sólo que tu señor padre olía tan mal...
—¿Y crees que a mí me parecía un olor agradable? Yo también tengo nariz. —Lo cogió de la oreja para obligarlo a ponerse en pie—. Lord Tyrell tiene nariz. ¿Has visto que él vomitara en el septo sagrado? ¿Has visto a Lady Margaery lloriquear como un bebé?
—Ya basta, Cersei —dijo Jaime, poniéndose de pie.
La ira hacía que se le dilataran las fosas nasales.
—¿Ser? ¿Qué haces aquí? Creo recordar que juraste guardar vigilia junto a nuestro padre hasta que terminara el velatorio.
—Ya ha terminado. Sólo tienes que echarle un vistazo.
—No. Dijiste que siete días y siete noches. Sin duda el Lord Comandante sabrá contar hasta siete. Sólo tienes que mirarte el número de dedos y sumar dos.
Los demás asistentes habían empezado a salir a la plaza, huyendo del olor nauseabundo del septo.
—Baja la voz, Cersei —le advirtió Jaime—. Se acerca Lord Tyrell.
Aquello la calmó. La Reina tiró de Tommen para situarlo a su lado. Mace Tyrell hizo una reverencia ante ellos.
—Espero que Su Alteza no se encuentre mal.
—El Rey se ha sentido abrumado por el dolor —replicó Cersei.
—Igual que nos sucede a todos. Si hay algo que pueda hacer...
Mucho más arriba, un cuervo lanzó un graznido. Estaba posado en la estatua del rey Baelor, cagando sobre su cabeza sagrada.
—Hay mucho que podéis hacer por Tommen, mi señor —dijo Jaime—. ¿Le haríais a Su Alteza la Reina el honor de cenar con ella tras la ceremonia de esta noche?
Cersei le lanzó una mirada asesina, pero por una vez tuvo la sensatez de morderse la lengua.
—¿Cenar? —Tyrell parecía desconcertado—. Me imagino... Claro, será un honor para nosotros. Para mi señora esposa y para mí.
La Reina se obligó a sonreír y susurrar algo amable, pero cuando Tyrell le pidió permiso para retirarse y Ser Addam Marbrand se llevó a Tommen, se volvió hacia Jaime, furiosa.
—¿Estás borracho o deliras? Dime, ¿por qué tengo que cenar con ese imbécil codicioso y su pueril esposa? —Una ráfaga de viento le agitó el cabello dorado—. No lo nombraré Mano, si es eso lo que...
—Necesitas a Tyrell —interrumpió Jaime—, pero no aquí. Pídele que capture Bastión de Tormentas para Tommen. Adúlalo, dile que lo necesitas en el campo de batalla para sustituir a nuestro padre. Mace se considera un gran guerrero. O te gana Bastión de Tormentas o la caga y queda como un imbécil. Sea como sea, tú ganas.
—¿Bastión de Tormentas? —Cersei se quedó pensativa—. Sí, pero... Lord Tyrell ha dejado claro una y otra vez que no saldrá de Desembarco del Rey hasta que Tommen se case con Margaery.
Jaime suspiró.
—Pues que se casen. Faltan años para que Tommen tenga edad para consumar el matrimonio, y hasta entonces, siempre se podrá anular. Dale su boda a Tyrell y mándalo a jugar a la guerra.
Una sonrisa cautelosa aleteó en los labios de su hermana.
—Y también hay riesgos en los asedios —murmuró—. Oye, nuestro señor de Altojardín podría perder la vida.
—Existe ese peligro —convino Jaime—. Sobre todo si se le acaba la paciencia y decide tomar la fortaleza por asalto.
Cersei le dirigió una larga mirada.
—¿Sabes? —dijo—, durante un momento has hablado igual que nuestro padre.

09 - Brienne

BRIENNE

Las puertas del Valle Oscuro estaban cerradas y atrancadas. A la escasa luz previa al amanecer, los muros de la ciudad desprendían un brillo pálido. En los baluartes, los jirones de neblina se movían como centinelas fantasmales. Ante las puertas se había reunido una docena de carromatos y carros tirados por bueyes, a la espera de que saliera el sol. Brienne ocupó su lugar detrás de unos nabos. Le dolían las pantorrillas, de modo que le resultó agradable desmontar y estirar las piernas. No pasó mucho tiempo antes de que llegara otro carromato traqueteando entre los árboles. Cuando el cielo empezó a iluminarse, la cola era ya de quinientos pasos.
Los campesinos le lanzaban miradas de curiosidad, pero nadie le dirigió la palabra.
«Tengo que ser yo la que hable con ellos —se dijo Brienne. Pero siempre le había costado entablar conversación con desconocidos. Era tímida desde pequeña, y los años de burlas y desprecios la habían hecho más tímida aún—. Tengo que preguntar por Sansa. Si no, ¿cómo la voy a encontrar?» Se aclaró la garganta.
—Buena mujer —le dijo a la campesina del carro de nabos—, puede que hayáis visto a mi hermana en el camino. Una doncella joven, de trece años, muy hermosa, con los ojos azules y el cabello castaño rojizo. Tal vez viaje con un caballero borracho.
La mujer negó con la cabeza.
—Entonces ya no es doncella, seguro —intervino su esposo—. ¿Cómo se llama esa pobre chiquilla?
Brienne se quedó en blanco. «Tendría que haberle inventado un nombre.» Cualquier nombre habría servido, pero no se le ocurrió ninguno.
—¿No tiene nombre? Bueno, los caminos están llenos de niñas sin nombre.
—Los cementerios están aún más llenos —dijo su esposa.
Cuando amaneció, los guardias se asomaron a los parapetos. Los campesinos se subieron a sus carromatos y sacudieron las riendas. Brienne también montó y echó un vistazo a sus espaldas. Casi todos los que aguardaban para entrar en el Valle Oscuro eran granjeros con cargamentos de frutas y verduras. Una docena de puestos detrás de ella había un par de ciudadanos acaudalados, a lomos de palafrenes de pura raza, y un poco más atrás divisó a un chiquillo flaco montado en un jamelgo picazo. No había ni rastro de los dos caballeros, ni de Ser Shadrich, el Ratón Loco.
Los guardias hacían gestos para dar paso a los carromatos sin apenas dedicarles una mirada, pero cuando Brienne llegó ante la puerta la detuvieron.
—¡Alto! —exclamó el capitán. Un par de hombres con cota de malla cruzaron las lanzas ante ella para impedirle el paso—. Decid a qué venís.
—Busco al señor del Valle Oscuro, o si no, a su maestre.
El capitán observó su escudo con atención.
—El murciélago negro de Lothston. Ese blasón tiene mala fama.
—No es el mío. Voy a encargar que me pinten el escudo.
—¿Sí? —El capitán se rascó la barbilla mal afeitada—. Da la casualidad de que mi hermana se dedica a eso. La podéis encontrar en la casa de las puertas pintadas, la que está enfrente del Siete Espadas. —Les hizo una seña a los guardias—. Dejadla pasar, muchachos. Es una moza.
Al otro lado de la puerta había un mercado donde los que habían entrado antes de ella estaban descargando los carros y empezaban a pregonar sus nabos, sus cebollas y sus sacos de cebada. Otros vendían armas y armaduras, todo muy barato a juzgar por los precios que oyó gritar a su paso.
«Los saqueadores llegan con los cuervos carroñeros después de toda batalla.» Brienne avanzó a caballo entre cotas de malla que aún tenían pegotes de sangre seca, yelmos abollados y espadas largas melladas. También se podían comprar prendas de vestir: botas de cuero, capas de piel, jubones sucios con desgarrones muy sospechosos... Reconoció muchas de las divisas: el puño con el guantelete, el alce, el sol blanco, el hacha de doble filo... Eran todos blasones norteños. Pero también habían caído allí hombres de la casa Tarly, y muchos de las tierras de la tormenta. Vio manzanas rojas y verdes, un escudo en el que aparecían los tres relámpagos de Leygood, y una gualdrapa con las hormigas de Ambrose. El mismísimo cazador de Lord Tarly aparecía en muchos emblemas y sobretodos.
«Amigo o enemigo, a los cuervos les da igual.»
Había escudos de pino y de tilo por apenas unas monedas, pero Brienne pasó de largo; quería conservar el pesado escudo de roble que le había dado Jaime, el que él mismo había llevado de Harrenhal a Desembarco del Rey. Los escudos de pino tenían sus ventajas: eran más ligeros y, por tanto, más fáciles de transportar, y la madera blanda atrapaba con más facilidad el hacha o la espada del enemigo. Pero el roble ofrecía más protección a quien tuviera fuerzas suficientes para portarlo.
El Valle Oscuro estaba edificado en torno a su puerto. Al norte de la ciudad se alzaban acantilados de caliza; hacia el sur, un cabo rocoso protegía los barcos anclados de las tormentas que llegaban del mar Angosto. El castillo dominaba el puerto; el torreón cuadrado y las enormes torres en forma de tambor se divisaban desde cualquier punto de la ciudad. Las calles pavimentadas con guijarros estaban tan llenas de gente que era más fácil caminar que cabalgar, de manera que Brienne dejó la yegua en un establo y siguió a pie, con el escudo colgado a la espalda y el petate bajo el brazo.
No le costó dar con la casa de la hermana del capitán. El Siete Espadas era la posada más grande de la ciudad, un edificio de cuatro pisos que sobresalía entre los que lo rodeaban, y las puertas de la casa que había enfrente estaban pintadas con gran talento. En la imagen se veía un castillo situado en un bosque otoñal, con árboles en tonos dorados y ocres. Los troncos de los robles centenarios estaban cubiertos de hiedra, y hasta las bellotas estaban pintadas con amoroso detalle. Al examinar la imagen más de cerca, Brienne vio criaturas en medio del follaje: un tímido zorro rojo, dos gorriones posados en una rama y, tras esas hojas, la sombra de un jabalí.
—Tu puerta es muy hermosa —le dijo a la mujer morena que abrió cuando llamó con los nudillos—. ¿Qué castillo es ese?
—Todos los castillos —respondió la hermana del capitán—. El único que conozco es el Fuerte Pardo, que está junto al puerto. Este me lo he inventado pensando en cómo debería ser un castillo. Tampoco he visto nunca un dragón, ni un grifo, ni un unicornio.
Su actitud era alegre, pero cuando Brienne le enseñó el escudo se le borró la sonrisa.
—Mi anciana madre me decía que, en las noches sin luna, venían de Harrenhal murciélagos gigantes y se llevaban a los niños malos para que Danelle la Loca los asara. A veces los oía arañar los postigos. —Se pasó la lengua por los dientes, pensativa—. ¿Qué queréis que ponga en su lugar?
Las armas de Tarth estaban cuarteladas en cruz, con una media luna de plata en campo de azur y un sol de oro en campo de púrpura. Pero mientras la gente creyera que era una asesina, Brienne no se atrevía a llevarlas.
—Vuestra puerta me ha recordado un viejo escudo que vi en la armería de mi padre, hace mucho.
Le describió las divisas con tanto detalle como pudo recordar. La mujer asintió.
—Lo puedo pintar ahora mismo, pero luego tendrá que secarse. Tomad una habitación en el Siete Espadas, si os parece bien, y os llevaré el escudo mañana por la mañana.
Brienne no había previsto hacer noche en el Valle Oscuro, pero tal vez fuera lo mejor. No sabía si el señor de la ciudad se encontraba en el castillo, ni si accedería a recibirla. Le dio las gracias a la pintora y cruzó la calle en dirección a la posada. Encima de la puerta pendían siete espadas de madera bajo una púa de hierro. El encalado blanco que las cubría estaba desconchado y se caía a pedazos, pero Brienne sabía qué significaba: las espadas representaban a los siete hijos de Darklyn, que habían vestido las capas blancas de la Guardia Real. No había otra Casa del reino que pudiera presumir de una hazaña comparable.
«Fueron la gloria de su Casa. Y ahora son el cartel de una posada.» Entró en la sala común y le pidió al posadero una habitación y un baño.
El hombre la alojó en el segundo piso; una mujer que tenía en el rostro un antojo marrón rojizo le llevó una bañera de madera y, después, el agua cubo a cubo.
—¿Queda algún Darklyn en el Valle Oscuro? —le preguntó Brienne al tiempo que se metía en la bañera.
—Bueno, estamos los Darke; yo, por ejemplo. En el Valle Oscuro das una patada a una piedra y sale un Darke, o un Darkwood, o un Dargood, pero los señores Darklyn han desaparecido. El último fue Lord Denys, ese jovencito alocado. ¿Sabíais que los Darklyn eran los reyes del Valle Oscuro antes de la llegada de los ándalos? Nadie lo diría al verme, pero tengo sangre real. ¿Os imagináis? Tendría que hacer que me trataran con respeto, que me dijeran «Alteza, otra jarra de cerveza, Alteza, hay que vaciar el orinal de la habitación y traer más leña, Alteza, mierda, que se apaga el fuego». —Se echó a reír y sacudió las últimas gotas del cubo—. Ya está. ¿Está el agua bien caliente?
—Así me vale.
Estaba apenas tibia.
—Os traería más, pero sobraría. Y con lo grande que sois, seguro que llenáis una bañera.
«Sólo si es tan pequeña como esta.» En Harrenhal las bañeras eran enormes, de piedra. En la casa de baños apenas se veía a través del vapor, y de esa neblina había surgido Jaime, desnudo como en el día de su nombre, mitad cadáver y mitad dios.
«Se metió en la bañera conmigo», recordó con sonrojo. Cogió un trozo de duro jabón de sosa y se frotó bajo los brazos mientras intentaba evocar el rostro de Renly.
Cuando el agua se enfrió por completo, Brienne ya estaba tan limpia como podía estar dadas las circunstancias. Se puso la ropa con la que había llegado y se ajustó el cinto, pero dejó en la habitación la cota de malla y el yelmo para no presentar una imagen tan amenazadora en Fuerte Pardo. Le sentó bien estirar las piernas. Los guardias de las puertas del castillo vestían jubones de cuero con una divisa en la que se veían mazas cruzadas sobre un aspa de plata.
—Quiero hablar con vuestro señor —les dijo Brienne.
Uno de ellos se echó a reír.
—Pues vais a tener que gritar mucho.
—Lord Rykker ha ido a Poza de la Doncella con Randyll Tarly —informó el otro—. Ha dejado a Ser Rufus Leek de castellano para que cuide de Lady Rykker y de los pequeños.
La escoltaron a presencia de Leek. Ser Rufus era bajo, corpulento y de barba canosa. Su pierna izquierda terminaba en un muñón.
—Disculpad que no me levante —dijo.
Brienne le tendió la carta, pero Leek no sabía leer, así que la envió a ver al maestre, un hombre calvo de bigotes rojos rígidos con el cuero cabelludo lleno de pecas.
Al oír el nombre de Hollard, el maestre frunció el ceño, irritado.
—¿Cuántas veces voy a tener que cantar la misma canción? —Su expresión debió de delatarla—. ¿Acaso pensáis que sois la primera que viene a buscar a Dontos? Más bien la vigesimoprimera. Los capas doradas se presentaron aquí a los pocos días de la muerte del Rey, con la orden de captura de Lord Tywin. A ver, ¿qué traéis vos?
Brienne le mostró la carta con el sello de Tommen y la firma infantil. El maestre leyó la carta, examinó el lacre y, por último se la devolvió.
—Parece que está en regla. —Se sentó en un taburete e indicó a Brienne que ocupara otro—. No llegué a conocer a Ser Dontos. Era apenas un niño cuando se fue del Valle Oscuro. Es cierto que los Hollard fueron en tiempos una Casa noble. ¿Conocéis su escudo? Un burel en gules y púrpura, con tres coronas de oro sobre jefe en azur. Los Darklyn fueron reyezuelos sin importancia durante la Edad de los Héroes; tres de ellos se casaron con mujeres Hollard. Más adelante, los reinos grandes engulleron el suyo, pero los Darklyn resistieron y los Hollard se mantuvieron a su servicio... Sí, incluso en la Resistencia. ¿Lo sabíais?
—Algo había oído.
Su maestre le contaba que la Resistencia del Valle Oscuro era lo que había vuelto loco al rey Aerys.
—En el Valle Oscuro todavía aprecian a Lord Denys, pese a la desgracia que hizo caer sobre sus habitantes. A quien culpan es a Lady Serala, su esposa myriense. La llaman la Serpiente de Encaje. Si Lord Darklyn se hubiera casado con una Staunton, o con una Stokeworth... En fin, ya sabéis cómo es el pueblo. Dicen que la Serpiente de Encaje llenó de veneno myriense los oídos de su esposo hasta que se alzó contra su rey y lo tomó prisionero. Durante la batalla, su maestro de armas, Ser Symon Hollard, mató a Ser Gwayne Gaunt, de la Guardia Real. Aerys se vio recluido tras aquellos muros durante medio año, mientras la Mano del Rey aguardaba en el exterior del Valle Oscuro con un poderoso ejército. Lord Tywin contaba con fuerzas suficientes para tomar la ciudad cuando quisiera, pero Lord Denys le hizo llegar el mensaje de que, a la primera señal de ataque, mataría al Rey.
Brienne sabía qué había pasado a continuación.
—El Rey fue rescatado —dijo—. Barristan el Bravo lo sacó de allí.
—Cierto —convino el maestre—. Ya sin su rehén, Lord Denys abrió las puertas y puso fin a la Resistencia antes de dejar que Lord Tywin tomara la ciudad. Se arrodilló y pidió clemencia, pero el Rey no era de los que perdonaban. Lord Denys fue decapitado, al igual que sus hermanos, su hermana, sus tíos, sus primos y todos los señores Darklyn. A la Serpiente de Encaje, pobre mujer, la quemaron viva, pero primero le arrancaron la lengua y las partes femeninas, con las que se decía que había esclavizado a su señor. Aún hoy en día, la mitad del Valle Oscuro os dirá que Aerys fue demasiado benevolente con ella.
—¿Y los Hollard?
—Cayeron en desgracia y fueron aniquilados —dijo el maestre—. Yo estaba forjando mi cadena en la Ciudadela cuando sucedió todo, pero he leído las crónicas de los juicios y los castigos que se les impusieron. Ser Jon Hollard el Mayordomo estaba casado con la hermana de Lord Denys y murió con su esposa, al igual que su joven hijo, que era medio Darklyn. Robin Hollard era escudero, y mientras el Rey estaba prisionero se dedicó a bailotear a su alrededor y a tirarle de la barba. Murió en el potro de tormento. Ser Barristan mató a Ser Symon Hollard durante la fuga del Rey. A los Hollard les arrebataron las tierras, derribaron su castillo y prendieron fuego a sus aldeas. Al igual que sucedió con los Darklyn, la casa de Hollard se extinguió.
—Con excepción de Dontos.
—Así es. El joven Dontos era hijo de Ser Steffon Hollard, el hermano gemelo de Ser Symon, que había muerto de fiebres años antes y no participó en la Resistencia. Pese a ello, Aerys habría decapitado al chico, pero Ser Barristan intercedió para que le perdonara la vida. El Rey no podía negarle nada al hombre que lo había salvado, así que llevaron a Dontos a Desembarco como escudero. Que yo sepa, no volvió nunca al Valle Oscuro; ¿por qué iba a regresar? Aquí no tenía tierras, ni familia, ni castillo. Si Dontos y la chica norteña mataron a nuestro amado rey, les interesará poner tantas leguas como puedan entre ellos y la justicia. Buscadlos en Antigua, o al otro lado del mar Angosto. Buscadlos en Dorne, en el Muro... Buscadlos en cualquier lugar menos en este. —Se levantó—. Mis cuervos me reclaman. Disculpad si me tengo que despedir de vos.
El camino de vuelta a la posada le pareció más largo que el de ida a Fuerte Pardo, aunque tal vez se debiera a su estado de ánimo. No encontraría a Sansa Stark en el Valle Oscuro, eso era evidente. Si Ser Dontos la había llevado a Antigua o al otro lado del mar Angosto, como parecía sospechar el maestre, la búsqueda de Brienne estaba abocada al fracaso.
«¿Qué haría Sansa en Antigua?», se preguntó. El maestre no la conocía, igual que no conoció a Hollard. La niña no se habría ido con desconocidos.
En Desembarco del Rey, Brienne había dado con una de las antiguas doncellas de Sansa, que por entonces se dedicaba a lavar ropa en un burdel.
—Serví a Lord Renly antes que a mi señora Sansa, y al final los dos se volvieron traidores —se quejó con amargura la mujer, de nombre Brella—. Ahora, ningún señor se me acerca siquiera, así que tengo que lavar para las putas. —Pero cuando Brienne le preguntó por Sansa, sacudió la cabeza—. Os diré lo mismo que a Lord Tywin: esa chica no paraba de rezar. Iba al septo y encendía velas como una dama, pero casi todas las noches bajaba al bosque de dioses. Se ha ido al Norte, seguro. Ahí es donde están sus dioses.
Pero el Norte era muy grande, y Brienne no tenía ni idea de en cuál de los banderizos de su padre se habría atrevido a confiar Sansa.
«¿O preferiría buscar a su familia? —Habían matado a todos sus hermanos, pero Brienne sabía que Sansa aún tenía un tío y un hermano bastardo en el Muro, en la Guardia de la Noche. Otro tío suyo, Edmure Tully, estaba prisionero en Los Gemelos, pero el tío de este, Ser Brynden, seguía resistiendo en Aguasdulces. Y la hermana pequeña de Lady Catelyn gobernaba en el Valle—. La sangre llama a la sangre.» Sansa podía haber acudido a alguno de ellos, pero ¿a cuál?
El Muro estaba demasiado lejos, y además era un lugar frío y siniestro. Y para llegar a Aguasdulces, la niña tendría que cruzar las tierras de los ríos, arrasadas por la guerra, y atravesar las líneas de asedio de los Lannister. El Nido de Águilas era más accesible, y sin duda, Lady Lysa le daría la bienvenida a la hija de su hermana...
Más adelante, la calle describía una curva. En algún momento, Brienne se había equivocado de camino. Estaba en un callejón sin salida, un patio pequeño y enlodado donde tres cerdos hozaban alrededor de un pozo bajo de piedra. Uno lanzó un chillido al verla, y la anciana que estaba sacando agua la examinó de arriba abajo con desconfianza.
—¿Queréis algo?
—Estaba buscando el Siete Espadas.
—Por donde habéis venido. En el septo, girad a la izquierda.
—Gracias.
Brienne volvió sobre sus pasos y se dio de bruces contra alguien que doblaba la esquina. El choque lo derribó, y fue a caer de culo en un charco de barro.
—Mil perdones —murmuró ella. No era más que un chiquillo, un chaval flaco con el pelo fino y lacio, y un orzuelo bajo un ojo—. ¿Te has hecho daño? —Le tendió una mano para ayudarlo a levantarse, pero el chico retrocedió sin incorporarse. No tendría más de diez o doce años, y a pesar de ello llevaba un chaleco de malla y una espada larga en una vaina de cuero, a la espalda—. ¿Te conozco de algo? —le preguntó Brienne.
Su rostro le sonaba, aunque no habría sabido decir de dónde.
—No. De nada. Nunca nos hemos... —Se puso en pie como pudo—. P-perdonadme, mi señora. No iba mirando. O sea, sí, pero para abajo. Iba mirando para abajo. Mirándome los pies.
El chico dio media vuelta y salió corriendo por donde había llegado.
Había en él algo que despertaba la desconfianza de Brienne, pero no pensaba perseguirlo por las calles del Valle Oscuro.
«Ante las puertas, esta mañana, ahí es donde lo he visto —recordó de repente—. Iba montado en un jamelgo picazo.» Y también tenía la sensación de haberlo visto en otro lugar, pero... ¿dónde?
Cuando Brienne consiguió volver al Siete Espadas, la sala común ya estaba abarrotada. Había cuatro septas sentadas junto a la chimenea, con la túnica sucia y llena de polvo del camino. Los habitantes de la ciudad ocupaban todos los bancos, y mojaban trozos de pan en grandes cuencos de guiso de marisco caliente. El olor hizo que le rugiera el estómago, pero no había asientos libres.
—Mi señora, aquí, ocupad mi lugar —dijo de repente una voz a sus espaldas.
Hasta que lo vio bajarse del banco de un salto, Brienne no se dio cuenta de que su interlocutor era enano. El hombrecillo no llegaba ni a los siete palmos de altura. Tenía la nariz bulbosa llena de venas reventadas y los dientes rojos de mascar hojamarga, y vestía la túnica marrón de lana basta de un hermano santo, con el martillo del Herrero colgado de un cordel en torno al grueso cuello.
—Seguid sentado —dijo ella—. Puedo estar de pie igual que vos.
—Sí, pero en mi caso no es probable que me dé con la cabeza contra el techo.
El enano se expresaba en tono vulgar, pero cortés. Brienne le vio la coronilla afeitada. Muchos monjes lucían tonsuras semejantes. En cierta ocasión, la septa Roelle le había explicado que con aquello pretendían demostrar que no tenían nada que ocultar a los ojos del Padre.
—¿Es que el Padre no ve a través del pelo? —había preguntado Brienne.
«Qué tontería.» Ya de niña era torpe; la septa Roelle se lo decía constantemente. En aquel momento se sentía igual de estúpida, de modo que ocupó el lugar del hombrecillo al final del banco, hizo una seña para que le sirvieran una ración de guiso y se volvió para dar las gracias al enano.
—¿Estáis en alguna casa santa del Valle Oscuro, hermano?
—La mía estaba más cerca de Poza de la Doncella, mi señora, pero los lobos la quemaron —respondió al tiempo que mordisqueaba un mendrugo—. La reconstruimos lo mejor que pudimos, hasta que llegaron los mercenarios. No sabría decir a quién servían, pero se llevaron nuestros cerdos y mataron a los monjes. Yo conseguí esconderme en un tronco hueco, pero los demás eran demasiado grandes. Tardé mucho en enterrarlos a todos, pero confié en el Herrero, y me dio fuerzas. Cuando terminé, cogí unas monedas que había escondido el Hermano Mayor y me puse en marcha.
—Me tropecé con otros monjes que iban camino de Desembarco del Rey.
—Sí, hay cientos de viajeros. Y no sólo monjes; también septones, y gente del pueblo llano. Gorriones. Puede que yo también sea un gorrión. El Herrero me hizo pequeño, desde luego. —Soltó una risita—. ¿Cuál es vuestra triste historia, mi señora?
—Estoy buscando a mi hermana. Es noble y sólo tiene trece años; es una doncella muy hermosa de ojos azules y cabello castaño rojizo. Tal vez la hayáis visto viajando con un hombre. Un caballero, o quizá un bufón. Hay oro para quien me ayude a encontrarla.
—¿Oro? —El monje le dedicó una sonrisa tímida—. Un cuenco de ese guiso de marisco sería recompensa suficiente para mí, pero siento no poder ayudaros. Bufones se ven a menudo, pero doncellas hermosas... —Ladeó la cabeza y meditó un instante—. Ahora que lo decís, había un bufón en Poza de la Doncella. Recuerdo que iba sucio y harapiento, pero bajo la mugre vestía ropa de muchos colores.
«¿Dontos Hollard llevaba ropa multicolor? —Nadie le había dicho semejante cosa a Brienne, pero tampoco le habían dicho lo contrario. ¿Y por qué iba harapiento? ¿Les habría sucedido alguna desgracia a Sansa y a él tras huir de Desembarco del Rey? Bien podía ser, los caminos eran peligrosos—. También puede que no fuera él.»
—¿Ese bufón tenía la nariz roja, llena de venillas?
—No os lo podría decir. Reconozco que no le presté atención. Había ido a Poza de la Doncella después de enterrar a mis hermanos, creyendo que podría encontrar una nave que me llevara a Desembarco del Rey. La primera vez que vi al bufón fue en los muelles. Tenía un aire furtivo; se ocupaba bien de esquivar a los soldados de Lord Tarly. Luego me lo volví a encontrar en el Ganso Hediondo.
—¿El Ganso Hediondo? —repitió, insegura.
—Mal lugar —reconoció el enano—. Los hombres de Lord Tarly patrullan el puerto de Poza de la Doncella, pero el Ganso siempre está lleno de marineros, y es bien sabido que los marineros cuelan a viajeros en sus barcos si tienen con qué pagarles. El bufón buscaba pasaje para tres; quería cruzar el mar Angosto. Lo veía a menudo hablando con los remeros de las galeras. A veces cantaba canciones divertidas.
—¿Buscaba pasaje para tres? ¿No para dos?
—Para tres, mi señora. Eso lo puedo jurar por los Siete.
«Tres —pensó—. Sansa, Ser Dontos... ¿Quién puede ser el tercero? ¿El Gnomo?»
—¿Consiguió barco?
—Eso no os lo sabría decir —respondió el enano—, pero una noche, los soldados de Lord Tarly fueron al Ganso a buscarlo, y unos días después oí a un hombre alardear de que había engañado al bufón y tenía el oro que lo demostraba. Estaba borracho e invitaba a todos a cerveza.
—¿Que había engañado al bufón? ¿Qué quería decir con eso?
—No os lo sabría decir. Lo que sí recuerdo es que lo llamaban Dick el Ágil. —El enano extendió las manos—. Mucho me temo que es lo único que puedo ofreceros, aparte de las oraciones de un hombre pequeño.
Brienne cumplió su palabra y lo invitó a un cuenco de guiso caliente de marisco, así como a pan recién hecho y a una copa de vino. Mientras el monje lo devoraba todo, de pie a su lado, meditó sobre lo que le había contado.
«¿Viajará el Gnomo con ellos?» Si detrás de la desaparición de Sansa estaba Tyrion Lannister y no Dontos Hollard, tenía lógica que quisieran cruzar el mar Angosto.
El hombrecillo se acabó su cuenco de guiso y luego rebañó también lo que quedaba en el de Brienne.
—Deberíais comer más —le dijo—. Una mujer tan grande como vos tiene que conservar las fuerzas. Poza de la Doncella no está lejos, pero en estos tiempos que corren, los caminos son peligrosos.
«Ya lo sé.» En aquel mismo camino había muerto Ser Cleos Frey; allí, los Titiriteros Sangrientos los habían atrapado a Ser Jaime y a ella. «Jaime trató de matarme —recordó—, y eso que estaba flaco y débil, y tenía las muñecas encadenadas.» Aun así, había faltado poco, pero eso fue antes de que Zollo le cortara la mano. Zollo, Rorge y Shagwell la habrían violado cien veces si Ser Jaime no los hubiera convencido de que valía su peso en zafiros.
—¿Mi señora? ¿A qué viene esa cara tan larga? ¿Pensáis en vuestra hermana? —El enano le dio unas palmaditas en la mano—. No temáis; la Vieja iluminará vuestro camino hacia ella, y la Doncella la mantendrá sana y salva.
—Ojalá tengáis razón.
—La tengo. —Le dedicó una reverencia—. En fin, debo marcharme. Aún me queda mucho viaje para llegar a Desembarco del Rey.
—¿Tenéis caballo? ¿O mula?
—Dos mulas. —El hombrecillo se echó a reír—. Aquí están, pegadas a mis piernas. Me llevan adonde quiero.
Se inclinó de nuevo y caminó con pasos bamboleantes hacia la puerta.
Tras su partida, Brienne se quedó sentada a la mesa, bebiendo una copa de vino aguado. No solía tomar vino, pero de tarde en tarde se daba cuenta de que la ayudaba a asentar el estómago.
«¿Adónde voy ahora? —se preguntó—. ¿A Poza de la Doncella, en busca de un hombre al que llaman Dick el Ágil y que frecuenta un local llamado Ganso Hediondo?»
La última vez que había estado en Poza de la Doncella, la ciudad estaba arrasada; su señor se había encerrado en el castillo, y los habitantes huían o estaban escondidos. Recordó las casas quemadas, las calles desiertas, las puertas destrozadas. Los perros salvajes seguían a los caballos, y los cadáveres hinchados flotaban como enormes nenúfares blancuzcos en el estanque alimentado por un manantial que daba su nombre a la ciudad. «Jaime cantó "Seis doncellas había en la poza cristalina", y cuando le pedí que se callara se rió de mí.» Y Randyll Tarly también estaba en Poza de la Doncella; razón de más para evitar la ciudad. Seguramente sería mejor que tomara un barco hacia Puerto Gaviota o Puerto Blanco. «Aunque podría hacer las dos cosas. Puedo ir al Ganso Hediondo y hablar con ese tal Dick el Ágil, y luego, allí mismo, buscar un barco que me lleve más al norte.»
La sala común empezaba a vaciarse. Brienne partió por la mitad un pedazo de pan mientras escuchaba a los demás comensales. La mayor parte de las conversaciones giraba en torno a la muerte de Lord Tywin Lannister.
—Dicen que lo mató su propio hijo —comentaba un hombre de la zona, zapatero remendón por su aspecto—. Ese enano malvado...
—Y el Rey no es más que un niño —dijo la más anciana de las cuatro septas—. ¿Quién nos gobernará hasta que llegue a la mayoría de edad?
—El hermano de Lord Tywin —respondió un guardia—. O puede que el tal Lord Tyrell. O el Matarreyes.
—Ese ni hablar —afirmó el posadero. Escupió al fuego—. Es un traidor.
Brienne soltó el pan y se sacudió las migas de los calzones. Ya había oído suficiente.
Aquella noche volvió a soñar que estaba en la carpa de Renly. Todas las velas se apagaban, y el frío la rodeaba como una gruesa manta. Algo se movía en la oscuridad verdosa; algo malévolo y horrible se acercaba a su rey. Quería protegerlo, pero sentía los miembros rígidos, congelados; no tenía fuerzas ni siquiera para levantar una mano. Y cuando la espada de sombras hendió el gorjal de acero verde, cuando la sangre empezó a manar, Brienne vio que el rey agonizante no era Renly, sino Jaime Lannister. Y que ella le había fallado.
La hermana del capitán se reunió con ella en la sala común, donde Brienne estaba desayunando una taza de leche con miel y tres huevos crudos batidos.
—Habéis hecho un gran trabajo —dijo cuando la mujer le mostró el escudo recién pintado.
Parecía más un cuadro que un blasón propiamente dicho; al verlo, su mente retrocedió muchos años, hasta la fresca oscuridad de la armería de su padre. Recordó como había pasado las yemas de los dedos por la pintura desconchada y desvaída, por las hojas verdes del árbol, por el curso de una estrella errante.
Brienne sumó al pago la mitad de la suma que habían acordado y se colgó el escudo al hombro cuando salió de la posada, después de comprarle pan, queso y harina al cocinero. Abandonó la ciudad por la puerta norte, cabalgando despacio entre sembrados y granjas, por el lugar donde la batalla había sido más encarnizada, cuando los lobos cayeron sobre el Valle Oscuro.
Lord Randyll Tarly se había puesto al mando del ejército de Joffrey, compuesto por hombres de Occidente y de las tierras de la tormenta, y por caballeros del Dominio. A los caídos de sus filas los habían vuelto a llevar a la ciudad, para que reposaran en tumbas de héroes bajo los septos del Valle Oscuro. Los norteños caídos, mucho más numerosos, fueron enterrados en una fosa común, al lado del mar. Sobre el túmulo que marcaba su lugar de descanso eterno, los vencedores habían puesto un sencillo letrero de madera en el que ponía: AQUÍ YACEN LOBOS. Brienne se detuvo al lado y rezó en silencio una oración por ellos, y también por Catelyn Stark y su hijo Robb, y por todos los hombres que habían muerto a su lado.
Recordó la noche en que Lady Catelyn había recibido la noticia de la muerte de sus dos hijos, de los dos pequeños que había dejado en Invernalia para que estuvieran a salvo. Brienne supo enseguida que había pasado algo terrible, y cuando le preguntó si había recibido noticias de sus hijos, su respuesta había sido: «No tengo más hijo que Robb». Hablaba como si le hubieran clavado un cuchillo en el vientre y lo estuvieran retorciendo. Brienne había extendido el brazo sobre la mesa para consolarla, pero se detuvo antes de que sus dedos rozaran a la otra mujer por miedo a que la rechazara. Lady Catelyn le había mostrado las manos para enseñarle las cicatrices de las palmas y los dedos, allí donde un cuchillo se había hundido profundamente en la carne. Luego empezó a hablarle de sus hijas.
—Sansa era una damita —le dijo—, siempre cortés y deseosa de complacer. Le encantaban las historias de hazañas caballerescas. Cuando crezca se convertirá en una mujer mucho más hermosa que yo; se le nota. Me gusta cepillarle el pelo. Tiene una cabellera castaña rojiza, muy suave y espesa. A la luz de las antorchas le brilla como el cobre.
También le había hablado de Arya, la más pequeña, aunque a aquellas alturas había desaparecido y probablemente estuviera muerta. En cambio, Sansa...
«Daré con ella, mi señora —le juró Brienne a la sombra inquieta de Lady Catelyn—. Nunca la dejaré de buscar. Si hace falta sacrificaré mi vida, sacrificaré mi honor, sacrificaré todos mis sueños, pero la encontraré.»
Más allá del campo de batalla, el camino discurría junto a la orilla, entre el mar gris verdoso y una sucesión de colinas bajas de piedra caliza. Había más viajeros aparte de Brienne. A lo largo de la costa, durante muchas leguas, había aldeas de pescadores que utilizaban aquel camino para llevar sus capturas al mercado. Pasó junto a una pescadera y sus hijas, que volvían a casa con las cestas vacías cargadas a los hombros. A causa de la armadura, la confundieron con un caballero hasta que le vieron la cara. Las chicas intercambiaron susurros y la miraron de reojo.
—¿Habéis visto por el camino a una doncella de trece años? —les preguntó—. ¿Una doncella noble, con los ojos azules y el cabello castaño rojizo? —Ser Shadrich la había vuelto más precavida, pero tenía que seguir intentándolo—. Puede que viaje con un bufón.
Las mujeres se limitaron a sacudir la cabeza y a taparse la boca con las manos para reírse de ella.
En el primer pueblo en el que entró, los chiquillos descalzos corrieron junto a su caballo. Herida por las risitas, se había puesto el casco, de modo que la confundieron con un hombre. Un chico se ofreció a venderle almejas; otro le ofreció cangrejos; otro le ofreció a su hermana.
Brienne le compró tres cangrejos al segundo. Cuando salió del pueblo estaba empezando a llover y se había levantado mucho viento.
«Se aproxima una tormenta», pensó mientras miraba el mar. Las gotas de lluvia tintineaban contra el acero del yelmo y hacían que le zumbaran los oídos, pero mejor aquello que ir en bote.
Tras una hora de cabalgar hacia el norte, el camino se dividía junto a un montón de escombros, las ruinas de un castillo pequeño. La desviación de la derecha seguía junto a la costa y zigzagueaba a lo largo de la orilla hacia Punta Zarpa Rota, una zona desolada de pantanos y arenales; la de la izquierda discurría entre colinas, prados y bosques hasta Poza de la Doncella. La lluvia había arreciado. Brienne desmontó y guió a la yegua para salir del camino y refugiarse en las ruinas. Entre los espinos, las malas hierbas y los olmos silvestres aún se veía dónde se habían alzado los muros del castillo, pero las piedras estaban dispersas, como los bloques de construcción de un niño. De todos modos, aún quedaba una parte en pie. Las tres torres eran de granito gris, como las murallas caídas, y las almenas eran de asperón amarillo.
«Tres coronas —comprendió al contemplarlas entre la lluvia—. Tres coronas doradas.» Aquel castillo había sido de los Hollard. Probablemente Ser Dontos naciera allí.
Guió a la yegua entre los escombros hasta la entrada del edificio central. De la puerta sólo quedaban unas bisagras de hierro oxidado, pero la techumbre seguía en su lugar, y el interior estaba seco. Brienne ató a la yegua a un candelabro de la pared, se quitó el yelmo y se sacudió la cabellera. Estaba buscando leña seca para encender una hoguera cuando oyó otro caballo que se acercaba. El instinto la hizo retroceder para ocultarse entre las sombras, donde no podrían verla desde el camino. En aquella misma zona la habían capturado junto con Jaime. No pensaba volver a pasar por lo mismo.
El jinete era un hombre menudo.
«El Ratón Loco —pensó en cuanto lo vio—. ¿Cómo ha sido capaz de seguirme?» Se llevó la mano al puño de la espada. ¿Acaso Ser Shadrich pensaba que sería presa fácil sólo porque se trataba de una mujer? El castellano de Lord Grandison había cometido el mismo error. Se llamaba Humfrey Wagstaff; era un hombre orgulloso de sesenta y cinco años con nariz aguileña y el cuero cabelludo repleto de manchas. El día en que los prometieron advirtió a Brienne de que, en cuanto se casaran, se tendría que comportar como una mujer de verdad.
—No toleraré que mi señora esposa vaya por ahí haciendo cabriolas con una armadura de hombre. Me obedecerás, o de lo contrario tendré que castigarte.
Ella tenía dieciséis años y sabía manejar la espada, pero pese a sus proezas con las armas seguía siendo tímida. Aun así, tuvo el valor de decirle a Ser Humfrey que sólo aceptaría castigos de un hombre que luchara mejor que ella. El anciano caballero se puso como la grana, pero accedió a vestir la armadura para ponerla en su lugar. Pelearon con armas de torneo, romas, de manera que la maza de Brienne no tenía púas. Le rompió a Ser Humfrey una clavícula y dos costillas, y de paso rompió su compromiso. Fue su tercer prometido, y también el último. Su padre no volvió a insistir.
Si de verdad era Ser Shadrich, que le seguía la pista, tal vez tuviera que pelear. No tenía la menor intención de asociarse con él ni de permitir que la siguiera hasta llegar a Sansa.
«Es de esos arrogantes que lo son porque saben manejar las armas —pensó—, pero también es menudo. Tengo más alcance que él, y además soy más fuerte.»
Brienne era tan fuerte como la mayoría de los caballeros, y según decía su viejo maestro de armas, era más veloz de lo que cabía esperar en alguien de su tamaño. Los dioses también le habían dado resistencia, cosa que Ser Goodwin consideraba un noble don. Los combates con espada y escudo siempre eran agotadores, y la victoria solía ser para el más resistente. Ser Goodwin la había enseñado a pelear con cautela, a conservar las fuerzas mientras sus rivales se agotaban en ataques furiosos.
—Los hombres siempre te van a subestimar —le dijo—. El orgullo hará que quieran derrotarte deprisa, para que no se diga que una mujer los puso a prueba.
Descubrió hasta qué punto eran ciertas aquellas palabras en cuanto salió al mundo. Hasta Jaime Lannister se había enfrentado a ella así en los bosques cercanos a Poza de la Doncella. Si los dioses eran bondadosos, el Ratón Loco cometería el mismo error.
«Puede que sea un caballero curtido —pensó—, pero no es Jaime Lannister.» Desenvainó la espada. Pero el caballo que se detuvo donde se dividía el camino no era el corcel pardo de Ser Shadrich, sino un jamelgo picazo, viejo y agotado, montado por un niño flaco. Al verlo, Brienne retrocedió desconcertada.
«No es más que un niño —pensó hasta que vio el rostro que ocultaba la capucha—. El chico del Valle Oscuro, el que tropezó conmigo. Es él.»
El niño ni se fijó en las ruinas del castillo, sino que escudriñó una desviación del camino y luego la otra. Tras titubear un instante condujo el jamelgo hacia las colinas. Brienne lo observó alejarse entre la lluvia, y de repente recordó que también lo había visto en Rosby.
«Me está siguiendo —comprendió—, pero yo también sé jugar a eso.» Desató a la yegua, montó y fue en pos de él.
El chico tenía los ojos clavados en el camino, observando las huellas llenas de agua. Entre la lluvia y la capucha que llevaba puesta, no la oyó acercarse. Ni siquiera miró hacia atrás hasta que Brienne se situó tras él y golpeó al jamelgo en la grupa con la hoja de la espada.
El caballo se encabritó, y el muchachito flaco salió despedido, con la capa ondeando como un par de alas. Aterrizó en el barro y se incorporó cubierto de manchas, con un tallo de hierba seca entre los dientes. Brienne estaba ante él. Sí, era el mismo niño, no cabía duda. Reconoció el orzuelo al instante.
—¿Quién eres? —preguntó con brusquedad.
El chico movió los labios sin emitir sonido alguno. Tenía los ojos grandes como huevos.
—P... —fue lo único que pudo decir—. P... —La loriga tintineaba cuando se estremecía—. P-p-p...
—¿Por favor? —dijo Brienne—. ¿Estás intentado decir «por favor»? —Le puso la punta de la espada en la nuez—. Por favor, dime cómo te llamas y por qué me sigues.
—P-p-por favor, no. —Se metió un dedo en la boca, se sacó un pegote de barro y escupió—. P-P-Pod. Me llamo P-P-Podrick. P-Payne.
Brienne bajó la espada y sintió un ramalazo de compasión. Recordó cierto día, en el Castillo del Atardecer, y a un joven caballero con una rosa en la mano. «La llevaba para dármela a mí.» O eso le había dicho la septa. Lo único que tenía que hacer era darle la bienvenida al castillo de su padre. Él tenía dieciocho años; el pelo largo rojizo le caía por los hombros. Ella tenía doce e iba embutida en una túnica nueva con el corpiño lleno de granates. Tenían más o menos la misma altura, pero Brienne no conseguía mirarlo a los ojos ni recitar las sencillas palabras que le había hecho aprender la septa: «Ser Ronnet, os doy la bienvenida a la residencia de mi padre. Me alegro de conoceros al fin.»
—¿Por qué me sigues? —le preguntó al chico—. ¿Te han encargado que me espíes? ¿A quién sirves, a Varys o a la Reina?
—No. A ninguno de los dos. A nadie.
Brienne le echaba unos diez años, pero se le daba muy mal calcular la edad de los niños. Siempre le parecían menores de lo que eran, tal vez porque ella siempre había sido grande para su edad. «Monstruosamente grande —solía decir la septa Roelle—, y con trazas de hombre.»
—Este camino es demasiado peligroso para un niño solo.
—Pero no para un escudero. Soy su escudero, el escudero de la Mano.
—¿De Lord Tywin?
Brienne envainó la espada.
—No, de esa Mano no; de la anterior. Su hijo. Luché con él en la batalla. Yo gritaba «¡Mediohombre!, ¡Mediohombre!».
«El escudero del Gnomo.» Brienne no sabía siquiera que tuviera escudero. Tyrion Lannister no era caballero. Podría tener un criado o dos que lo asistieran y tal vez un paje y un copero, alguien que lo ayudara a vestirse. Pero... ¿un escudero?
—¿Por qué me sigues? —insistió—. ¿Qué quieres?
—Encontrarla. —El chico se puso en pie—. A su esposa. Vos la buscáis; me lo dijo Brella. Es su esposa. Brella no, sino Lady Sansa. Así que pensé que si la encontrabais... —De repente, su rostro se contrajo en una mueca de angustia—. Soy su escudero —repitió mientras la lluvia le corría por la cara—, pero se fue sin mí.