28 de febrero de 2008

04 - Brienne

BRIENNE

—Estoy buscando a una doncella de trece años —le dijo a la mujer de pelo cano que se encontró junto al pozo de la aldea—. Una doncella de noble cuna, muy hermosa, con los ojos azules y el pelo castaño rojizo. Puede que viaje con un caballero corpulento de unos cuarenta años, o tal vez con un bufón. ¿La habéis visto?
—Que yo recuerde no, ser —respondió la mujer llevándose los nudillos a la frente—. Pero os voy a decir lo que haré: prestaré atención, eso.
Tampoco la había visto el herrero, ni el septón del septo de la aldea, ni el porquerizo que cuidaba de sus cerdos, ni la chica que recogía cebollas en su huerto, ni ninguna de las personas que había encontrado la Doncella de Tarth entre las chozas de paja y barro de Rosby. Pese a todo, insistía.
«Este es el camino más corto hacia el Valle Oscuro —se dijo Brienne—. Si Sansa pasó por aquí, alguien tuvo que verla.» Ante las puertas del castillo planteó la misma pregunta a los dos lanceros cuyas insignias mostraban tres tenazas invertidas de gules sobre armiño, la divisa de la Casa Rosby.
—Si va por los caminos con los tiempos que corren, pronto dejará de ser doncella —dijo el mayor.
El más joven quiso saber si la chica también tenía el pelo castaño rojizo entre las piernas.
«Aquí no encontraré ayuda.» Brienne volvió a montar, y en aquel momento divisó a un muchachito flaco a lomos de un caballo picazo, al otro extremo de la aldea.
«Con ese no he hablado», pensó, pero el chiquillo desapareció tras el septo antes de que pudiera acercarse a él. No se molestó en seguirlo. Lo más probable era que no supiera nada, igual que los otros. Rosby era poco más que un ensanchamiento en el camino; Sansa no habría tenido motivos para entretenerse allí. Brienne volvió a ponerse en marcha y se dirigió hacia el noreste pasando por plantaciones de manzanos y campos de cebada, y no tardó en dejar atrás el pueblo y su castillo. Se dijo que en el Valle Oscuro encontraría a quien buscaba. «Si es que ha venido por aquí.»
—Encontraré a la niña y la pondré a salvo —le había prometido Brienne a Ser Jaime en Desembarco del Rey—. Lo haré por su madre. Y por vos.
Nobles palabras, pero las palabras eran baratas. Los hechos ya eran más caros. En la ciudad había perdido demasiado tiempo a cambio de demasiado poco.
«Tendría que haberme puesto en marcha antes... Pero ¿hacia dónde?» Sansa Stark había desaparecido la noche de la muerte del rey Joffrey, y si alguien la había visto desde entonces, si alguien tenía la menor idea de adónde había ido, no decía nada. «O nadie me lo dice a mí.»
Brienne creía que la niña había salido de la ciudad. Si estuviera todavía en Desembarco del Rey, los capas doradas ya la habrían encontrado. Tenía que estar en otra parte... Pero otra parte era un concepto muy amplio.
«Si yo fuera una doncella recién florecida, sola y asustada, en peligro mortal, ¿qué haría? —se había preguntado—. ¿Adónde iría?» Si se tratara de ella, la respuesta sería sencilla. Habría regresado a Tarth, con su padre. Pero al padre de Sansa lo habían decapitado ante sus ojos. Su señora madre también había muerto; la habían asesinado en Los Gemelos, y además Invernalia, la gran fortaleza de los Stark, había sido saqueada y quemada hasta los cimientos, y sus gentes, pasadas por la espada.
«No tiene un hogar al que volver; no tiene padre, ni madre, ni hermanos.» Podía estar en el pueblo siguiente o en un barco rumbo a Asshai; ambas cosas eran igual de probables.
Y si Sansa Stark hubiera querido volver a su hogar, ¿cómo lo habría intentado? El camino Real no era seguro; eso lo sabían hasta los niños. Los hijos del hierro se habían apoderado de Foso Cailin a ambos lados del Cuello, y en Los Gemelos estaban los Frey, que habían asesinado al hermano de Sansa y a su señora madre. Si tenía monedas, la niña podía haber viajado por mar, pero el puerto de Desembarco del Rey seguía en ruinas, y el río era un caos de atracaderos destrozados y galeras quemadas y hundidas. Brienne había estado indagando en los muelles, pero nadie recordaba haber visto partir un barco la noche de la muerte del rey Joffrey. Según le dijo un hombre, unos cuantos barcos habían echado el ancla en la bahía y descargaban por medio de botes de remos, pero la mayoría seguía viaje hacia arriba, hasta el Valle Oscuro, donde el puerto estaba más ajetreado que nunca.
La yegua de Brienne era hermosa y trotaba a buen ritmo. En los caminos había más viajeros de los que había imaginado. Se encontró con hermanos mendicantes, con sus cuencos colgados de los cordeles que llevaban al cuello. Un joven septón pasó al galope a lomos de un palafrén digno de un gran señor, y más adelante se cruzó con un grupo de hermanas silenciosas que negaron con la cabeza cuando les planteó la pregunta. Una caravana de carros de bueyes avanzaba parsimoniosa hacia el sur con un cargamento de lana y cereales, y más adelante se cruzó con un porquerizo que guiaba a sus cerdos, y con una anciana que iba en litera con una escolta de guardias a caballo. A todos les preguntó si habían visto a una niña noble de trece años con los ojos azules y el cabello castaño rojizo. Nadie. También preguntó por el camino que tenía por delante.
—De aquí al Valle Oscuro, todo bien —le respondió un hombre—, pero en pasando el Valle Oscuro hay bandidos y hombres quebrados en los bosques.
Los únicos árboles que aún tenían hojas verdes eran los pinos soldado y los centinelas; los de hoja ancha lucían mantos dorados y rojizos, o estaban desnudos y arañaban el cielo con sus ramas afiladas. Cada ráfaga de viento hacía girar nubes de hojarasca en el camino. Las hojas muertas crujían bajo los cascos de la gran yegua baya que le había entregado Jaime Lannister.
«Es más fácil encontrar una hoja en el viento que a una niña perdida en Poniente.» Ya empezaba a preguntarse si Jaime no le habría gastado una broma cruel al encomendarle aquella misión. Tal vez Sansa Stark estuviera muerta; quizás la hubieran decapitado por su participación en la muerte del rey Joffrey y estuviera enterrada en cualquier tumba anónima. ¿Qué mejor manera de ocultar el asesinato que enviar en su búsqueda a una moza grandullona y estúpida de Tarth?
«Jaime no haría semejante cosa. Era sincero. Me entregó la espada y la llamó Guardajuramentos.» De cualquier manera, aquello no tenía importancia. Le había prometido a Lady Catelyn que le devolvería a sus hijas, y no había promesa más solemne que aquella cuyo depositario había fallecido. Según Jaime, la pequeña llevaba tiempo muerta; la Arya que los Lannister habían enviado al Norte para que contrajera matrimonio con el bastardo de Roose Bolton era una impostora. Así que sólo quedaba Sansa. Brienne tenía que encontrarla.
Ya se acercaba el ocaso cuando vio una hoguera que ardía junto a un arroyo. Dos hombres estaban asando truchas, y habían dejado las armas y las armaduras al pie de un árbol. Uno era anciano y el otro no tanto, aunque distaba mucho de ser joven. Fue el segundo quien se levantó para darle la bienvenida. Tenía una gran barriga, que le tensaba los cordones del jubón de piel moteada de ciervo. En las mejillas y el mentón lucía una barba descuidada del color del oro viejo.
—Hay trucha suficiente para tres hombres, ser —le dijo.
No era la primera vez que confundían a Brienne con un hombre. Se quitó el yelmo para soltarse el pelo. Era amarillento, del color de la paja sucia y casi igual de quebradizo. Le caía por los hombros, largo y fino.
—Os lo agradezco, ser.
El caballero errante la miró con los ojos entrecerrados y con tanto esfuerzo que Brienne intuyó que era miope.
—¿Una dama? ¿Con armadura? Por los dioses, Illy, mira qué estatura tiene.
—Yo también la he confundido con un caballero —respondió el más anciano al tiempo que daba la vuelta a la trucha.
Si Brienne hubiera sido un hombre, se podría considerar alto y corpulento; para ser mujer era enorme. Monstruosa era la palabra que había oído toda la vida. Tenía los hombros anchos y las caderas más anchas todavía. Sus piernas eran largas, y sus brazos, gruesos. El pecho era más músculo que senos. Las manos eran muy grandes; los pies, enormes. Y además era fea, con un rostro caballuno lleno de pecas y unos dientes que casi parecían demasiado grandes para su boca. No le hacía ninguna falta que se lo recordaran.
—Señores, ¿habéis visto en el camino a una doncella de trece años? —preguntó—. Tiene los ojos grandes y el pelo caoba, y puede que viaje en compañía de un hombre corpulento de rostro colorado, de unos cuarenta años.
El caballero errante miope se rascó la cabeza.
—No me suena nadie así. ¿Cómo es el pelo caoba?
—Castaño rojizo —le explicó el viejo—. No, no la hemos visto.
—No la hemos visto, mi señora —repitió el más joven—. Desmontad; el pescado está casi listo. ¿Tenéis hambre?
Tenía hambre, pero también desconfiaba. Los caballeros errantes tenían mala reputación. Como se solía decir, un caballero errante y un caballero ladrón eran los dos lados de la misma espada. «Pero estos dos no parecen peligrosos.»
—¿Puedo saber con quiénes hablo, señores?
—Tengo el honor de llamarme Ser Creighton Longbough, aquel sobre el que cantan los bardos —respondió el de la barriga—. Tal vez hayáis oído hablar de mis hazañas en el Aguasnegras. Mi compañero es Ser Illifer el Paupérrimo.
Si había alguna canción sobre Creighton Longbough, Brienne no la había oído nunca. Sus nombres le decían tan poco como sus escudos de armas. En el escudo verde de Ser Creighton sólo se veía el jefe de gules sucio y descolorido, y una grieta causada por algún hacha de combate. El de Ser Illifer lucía un jironado de oro y armiño, aunque por su aspecto no vería en su vida más oro ni armiño que los allí pintados. Tenía sesenta años como mínimo, y un rostro enjuto y afilado bajo la capucha de un manto de lana basta. Llevaba una cota de malla, pero salpicada de motas de óxido como pecas anaranjadas. Brienne le sacaba una cabeza a cualquiera de los dos, y tenía mejor caballo y mejor armadura.
«Si hombres como estos me dan miedo, más me vale cambiar la espada por un par de agujas de hacer punto.»
—Os lo agradezco, señores —dijo—. De buena gana compartiré esa trucha.
Brienne se bajó de la yegua, la desensilló y la llevó a beber al arroyo antes de dejarla pastar. Luego dejó las armas, el escudo y las alforjas al pie de un olmo. Para entonces, las truchas ya estaban crujientes. Ser Creighton le llevó una, y ella se sentó en el suelo con las piernas cruzadas para comérsela.
—Nos dirigimos hacia el Valle Oscuro, mi señora —le comentó Longbough mientras arrancaba trozos de trucha con los dedos—. Sería mejor que cabalgarais con nosotros. Los caminos son peligrosos.
Brienne podría darle más información de la que al caballero le habría gustado sobre los peligros de los caminos.
—Os lo agradezco, ser, pero no necesito vuestra protección.
—Insisto. Un caballero de verdad tiene la obligación de defender al sexo débil.
Brienne se acarició la empuñadura de la espada.
—Esto me defenderá, ser.
—Una espada sólo vale tanto como el hombre que la esgrime.
—No se me da mal esgrimirla.
—Como queráis. No sería cortés discutir con una dama. Os llevaremos sana y salva hasta el Valle Oscuro. Tres jinetes corren menos peligro que uno solo.
«Éramos tres cuando salimos de Aguasdulces, pero Jaime perdió la mano, y Cleos Frey, la vida.»
—Vuestras monturas no pueden seguirle el paso a la mía.
El caballo castrado pardo de Ser Creighton era un animal viejo de lomo hundido y ojos legañosos, y el de Ser Illifer parecía débil y medio muerto de hambre.
—Mi corcel me sirvió mejor que bien en el Aguasnegras —se empecinó Ser Creighton—. Protagonicé una verdadera carnicería; gané una docena de rescates. ¿Conocía mi señora a Ser Herbert Bolling? Pues ya no lo conocerá: lo maté en el acto. Cuando chocan las espadas, no veréis nunca retroceder a Ser Creighton Longbough.
Su compañero dejó escapar una risita seca.
—Déjalo, Creigh. Las mujeres como ella no necesitan hombres como nosotros.
—¿Las mujeres como yo? —preguntó desconcertada.
Ser Illifer señaló el escudo de Brienne con un dedo flaco. Aunque la pintura estaba agrietada y desconchada, el emblema se veía perfectamente: un murciélago negro sobre campo tronchado de plata y oro.
—No tenéis derecho a llevar ese escudo. El abuelo de mi abuelo contribuyó a matar al último Lothston. Desde entonces, nadie se atrevió a lucir ese murciélago, tan negro como los actos de quienes lo exhibieron.
El escudo era el que había cogido Ser Jaime de la armería de Harrenhal. Brienne se lo había encontrado en los establos, igual que la yegua y muchas cosas más: la silla y las riendas, la cota de malla y el yelmo con visor, bolsas de monedas de oro y plata, y un pergamino más valioso que todo lo demás junto.
—He perdido mi escudo —explicó.
—El único escudo que necesita una doncella es un buen caballero —declaró Ser Creighton, decidido.
Ser Illifer no le prestó atención.
—El hombre que va descalzo quiere botas; el que tiene frío quiere una capa. Pero ¿quién querría envolverse en una capa de vergüenza? Ese murciélago lo llevaron Lord Lucas el Putero y Manfryd Capucha Negra, su hijo. Y digo yo, ¿por qué lucir semejantes blasones, a menos que vuestro pecado sea aún más repugnante... y más reciente? —Desenfundó el puñal, un arma fea de hierro barato—. Una mujer monstruosamente grande y fuerte que oculta sus verdaderos colores. Creigh, te presento a la Doncella de Tarth, la que le cortó el cuello a Renly.
—Eso es mentira.
Para ella, Renly Baratheon había sido más que un rey. Se había enamorado de él desde la primera vez que visitó Tarth, para celebrar su mayoría de edad. Su padre lo recibió con un banquete y ordenó a Brienne que asistiera; de lo contrario se habría escondido en su habitación como una fiera herida. Por aquel entonces tenía la edad de Sansa y le daban más miedo las burlas que las espadas.
—Sabrán lo de la rosa; se van a reír de mí —dijo a Lord Selwyn. Pero el Lucero de la Tarde no cedió.
Y Renly Baratheon la había tratado con toda cortesía, como si fuera una doncella de verdad, como si fuera hermosa. Hasta había bailado con ella, y entre sus brazos se sintió grácil, y sus pies flotaban sobre el suelo. Más tarde, gracias a su ejemplo, otros le pidieron un baile. Desde aquel día no deseó otra cosa que estar cerca de Lord Renly para servirlo y protegerlo. Pero al final le había fallado.
«Renly murió en mis brazos, pero yo no lo maté», pensó. Pero aquellos caballeros errantes jamás lo comprenderían.
—Habría dado mi vida por el rey Renly Baratheon, y habría muerto feliz —dijo—. No le hice ningún daño. Lo juro por mi espada.
—Sólo los caballeros juran por su espada —señaló Ser Creighton.
—Juradlo por los Siete —exigió Ser Illifer el Paupérrimo.
—Bien, lo juro por los Siete. No le hice ningún daño al rey Renly. Lo juro por la Madre; que jamás conozca su misericordia si miento. Lo juro por el Padre y le pido que me juzgue con justicia. Lo juro por la Doncella y por la Vieja, por el Herrero y por el Guerrero. Y lo juro por el Desconocido; que me lleve ahora mismo si no digo la verdad.
—Para ser una doncella, jura bien —tuvo que reconocer Ser Creighton.
—Sí. —Ser Illifer el Paupérrimo se encogió de hombros—. Bueno, si ha mentido, los dioses la pondrán en su lugar. —Volvió a guardarse el puñal—. Os toca la primera guardia.
Mientras los caballeros errantes dormían, Brienne se dedicó a pasear inquieta por el pequeño campamento, atenta al crepitar del fuego.
«Debería marcharme ahora que puedo.» No conocía a aquellos hombres, pero no se decidía a dejarlos allí desprotegidos. Pese a lo entrado de la noche, por el camino pasaban jinetes, y entre los árboles se oían ruidos que quizá fueran de búhos y zorros al acecho, o quizá no. De manera que siguió paseando, con la espada envainada, pero siempre a mano.
Montar guardia fue fácil. Lo difícil llegó después, cuando Ser Illifer se despertó y le dijo que la relevaba. Brienne extendió una manta en el suelo, se acurrucó y cerró los ojos.
«No voy a dormir», se dijo, aunque estaba muerta de cansancio. Nunca había podido conciliar el sueño con facilidad delante de hombres. Incluso en los campamentos de Lord Renly seguía existiendo el riesgo de violación. Era una lección que había aprendido bajo las murallas de Altojardín, y otra vez cuando Jaime y ella cayeron en manos de la Compañía Audaz.
El frío de la tierra se le metió hasta los huesos. No pasó mucho tiempo antes de que tuviera todos los músculos doloridos y entumecidos, desde la mandíbula hasta los dedos de los pies. Se preguntó si Sansa Stark también tendría frío, estuviera donde estuviera. Lady Catelyn le había dicho que Sansa era una niña dulce a la que le encantaban los pastelillos de limón, las túnicas de seda y las canciones de caballería, pero aquella niña había visto como decapitaban a su padre, y luego la habían obligado a casarse con uno de los asesinos. Si se podía dar crédito a la mitad de lo que se decía, el enano era el más cruel de los Lannister.
«Si Sansa envenenó al rey Joffrey, lo hizo obligada por el Gnomo, seguro. En aquella corte estaba sola, sin un amigo.» En Desembarco del Rey, Brienne había encontrado a una tal Brella, que fue doncella de Sansa. Según le contó la mujer, no había afecto alguno entre Sansa y el enano. Tal vez estuviera huyendo de él tanto como del asesinato de Joffrey.
Si Brienne tuvo algún sueño, ya se había desvanecido cuando la despertó la aurora. Tenía las piernas rígidas como si fueran de madera por culpa del duro suelo, pero nadie la había importunado, y sus posesiones estaban intactas. Los caballeros errantes ya se habían levantado. Ser Illifer troceaba una ardilla para el desayuno, mientras que Ser Creighton se encontraba ante un árbol, echando una larga meada.
«Caballeros errantes —pensó—, viejos, vanidosos, gordos y miopes, y pese a todo, hombres honrados.» Se animó un poco al constatar que aún quedaban hombres así en el mundo.
Desayunaron ardilla asada, pasta de bellotas y encurtidos, todo ello mientras Ser Creighton los obsequiaba con el relato de sus hazañas en el Aguasnegras, donde había matado a una docena de temibles caballeros de los que Brienne no había oído hablar jamás.
—Fue una batalla extraña, mi señora —dijo—. Una refriega rara y sangrienta.
Reconoció que Ser Illifer también había luchado con nobleza en la batalla. El propio Illifer no decía gran cosa.
Cuando llegó el momento de reanudar el viaje, los caballeros se pusieron uno a cada lado de Brienne, como guardias que protegieran a una dama importante... Aunque aquella dama era mucho más fornida que sus dos protectores, y además tenía mejor armadura y armamento.
—¿Pasó alguien durante vuestros turnos de guardia? —les preguntó.
—¿Como por ejemplo una doncella de trece años con el cabello caoba? —respondió Ser Illifer el Paupérrimo—. No, mi señora. Nadie.
—Yo sí vi a unas cuantas personas —intervino Ser Creighton—. Un chaval granjero a lomos de un caballo manchado, y una hora más tarde, una docena de hombres a pie, con palos y guadañas. Vieron nuestra hoguera y se quedaron mirando los caballos, pero les mostré el acero y les dije que siguieran su camino. Parecían tipos duros, sí, y desesperados, pero no tanto como para enfrentarse a Ser Creighton Longbough.
«No —pensó Brienne—, ¿quién puede estar tan desesperado?» Giró la cabeza para ocultar una sonrisa. Por suerte, Ser Creighton estaba demasiado inmerso en el relato de su épico combate con el Caballero del Pollo Rojo para advertir la diversión de la doncella. Era grato tener compañía en el camino, aunque fuera la de aquellos dos hombres.
Ya era mediodía cuando Brienne oyó unas plegarias que les llegaban de entre los árboles deshojados.
—¿Qué es ese sonido? —preguntó Ser Creighton.
—Son voces; parece que están rezando.
Brienne reconoció la oración.
«Le están suplicando protección al Guerrero; le piden a la Vieja que ilumine su camino.»
Ser Illifer el Paupérrimo desenvainó la maltrecha espada y tiró de las riendas de su caballo para aguardar a los que se aproximaban.
—Ya están cerca.
La plegaria inundó el bosque como un piadoso trueno, y de repente, la fuente del sonido apareció en el camino, delante de ellos. Un grupo de hermanos mendicantes abría la marcha. Eran hombres barbudos y desastrados con túnicas de lana basta; unos iban descalzos y otros con sandalias. Tras ellos caminaba más de un centenar de hombres, mujeres y niños harapientos, una cerda de piel con manchas y varias ovejas. Algunos hombres llevaban hachas; los más, sólo garrotes rudimentarios y porras de madera. En medio de ellos rodaba un carromato de dos ruedas, de madera gris astillada, en el que se amontonaban calaveras y trozos de huesos rotos. Al ver a los caballeros errantes, los monjes se detuvieron, y sus rezos cesaron.
—Bondadosos caballeros, la Madre os ama.
—Y a vosotros, hermano —respondió Ser Illifer—. ¿Quiénes sois?
—Clérigos Humildes —respondió un hombretón corpulento que llevaba un hacha.
A pesar del frío del bosque otoñal, no llevaba camisa, y tenía una estrella de siete puntas grabada en el pecho. Los guerreros ándalos se habían grabado en la carne estrellas como aquella cuando cruzaron el mar Angosto para doblegar los reinos de los primeros hombres.
—Marchamos hacia la ciudad —explicó una mujer alta que tiraba de una vara del carromato—, para llevar estos huesos sagrados a Baelor el Santo y suplicar el amparo y la protección del Rey.
—Uníos a nosotros, amigos —les rogó un hombre menudo y flaco que vestía una harapienta túnica de septón y llevaba al cuello un cristal colgado de un cordón—. Poniente necesita de todas las espadas.
—Nos dirigíamos hacia el Valle Oscuro —declaró Ser Creighton—, pero tal vez podamos escoltaros hasta Desembarco del Rey.
—Si tenéis dinero para pagarnos por la protección —añadió Ser Illifer, que además de paupérrimo parecía práctico.
—Los gorriones no necesitan oro —respondió el septón.
Ser Creighton se quedó desconcertado.
—¿Los gorriones?
—El gorrión es el más común, el más humilde de los pájaros, igual que nosotros somos los más comunes y humildes de los hombres. —El septón tenía el rostro largo y anguloso, y una barbita corta castaña, ya algo canosa. Llevaba el pelo ralo peinado hacia atrás y recogido en una coleta, y los pies descalzos, ennegrecidos, nudosos y duros como raíces de árbol—. Estos huesos son de hombres santos que dieron la vida por su fe. Sirvieron a los Siete hasta la muerte. Unos murieron de hambre; a otros los torturaron. Hombres sin dios y adoradores del demonio han saqueado los septos, han violado a madres y doncellas, hasta han atacado a hermanas silenciosas. Nuestra Madre grita de angustia. Ha llegado el momento de que todos los hombres que han sido armados caballeros renuncien a sus señores de este mundo y defiendan la Sagrada Fe. Venid con nosotros a la ciudad, si es que amáis a los Siete.
—Les profeso un gran amor —replicó Illifer—, pero tengo que comer.
—Igual que todos los hijos de la Madre.
—Nos dirigimos hacia el Valle Oscuro —se limitó a señalar Ser Illifer.
Un monje escupió; una mujer lanzó un gemido.
—Sois falsos caballeros —dijo el hombretón de la estrella grabada en el pecho.
Otros blandieron los garrotes. El septón descalzo los calmó.
—No juzguéis; el juicio le corresponde sólo al Padre. Dejad que sigan en paz. Ellos también son humildes y caminan perdidos por la tierra.
Brienne se adelantó a lomos de la yegua.
—Mi hermana también se ha perdido. Es una niña de trece años con el pelo castaño rojizo, muy hermosa.
—Todos los hijos de la Madre son hermosos. Que la Doncella vele por esa pobre niña... Y también por vos.
El septón se echó al hombro una vara del carromato y lo empezó a arrastrar. Los hermanos mendicantes reanudaron los rezos. Brienne y los caballeros errantes contemplaron el paso lento de la procesión, que seguía el camino que llevaba a Rosby. El sonido de la oración se fue apagando poco a poco hasta morir.
Ser Creighton levantó una nalga de la silla de montar y se rascó el trasero.
—¿Qué clase de persona podría matar a un santo septón?
Brienne sabía muy bien qué clase de personas hacían esas cosas. Recordó que, cerca de Poza de la Doncella, los hombres de la Compañía Audaz habían colgado a un septón de un árbol por los pies y habían utilizado su cadáver para practicar el tiro con arco. Tal vez sus huesos viajaran en aquella carreta junto con todos los demás.
—Hay que ser imbécil para violar a una hermana silenciosa —estaba comentando Ser Creighton—. Hasta para ponerle las manos encima. Se dice que son las novias del Desconocido, y que tienen las partes femeninas frías y húmedas como el hielo. —Miró de reojo a Brienne—. Eh... Perdonadme.
Brienne picó espuelas a su yegua en dirección al Valle Oscuro. Ser Illifer la siguió un instante después, y Ser Creighton cerró la marcha.
Tres horas más tarde se encontraron con otro grupo que viajaba hacia el Valle Oscuro: un mercader y sus sirvientes, acompañados por otro caballero errante. El mercader cabalgaba a lomos de una yegua gris moteada, y los sirvientes se turnaban para tirar del carro. Cuatro se encargaban de los varales, mientras los otros dos caminaban junto a las ruedas, pero al oír el sonido de los caballos, todos formaron en torno al carro con las picas de fresno preparadas. El comerciante sacó una ballesta, y el caballero desenvainó la espada.
—Disculpadnos tanta desconfianza —les gritó el comerciante—, pero corren malos tiempos, y sólo tengo al buen Ser Shadrich para defenderme. ¿Quiénes sois?
Ser Creighton puso cara de afrenta.
—Yo soy el famoso Ser Creighton Longbough; tomé parte en la batalla del Aguasnegras, y este es mi compañero, Ser Illifer el Paupérrimo.
—No queremos haceros ningún daño —añadió Brienne.
El mercader la miró dubitativo.
—Deberíais estar en casa a salvo, mi señora. ¿Por qué lleváis un atuendo tan antinatural?
—Estoy buscando a mi hermana. —Sansa era una fugitiva acusada de regicidio; no se atrevía a mencionar su nombre—. Es una doncella de noble cuna, muy hermosa, con los ojos azules y el pelo castaño rojizo. Puede que la vierais con un caballero corpulento de unos cuarenta años, o tal vez con un bufón borracho.
—Los caminos están llenos de bufones borrachos y doncellas ultrajadas. En cuanto a los caballeros corpulentos, hay pocos hombres honrados que puedan mantener redonda la barriga cuando hay tanta falta de comida... Aunque veo que vuestro Ser Creighton no ha pasado hambre.
—Soy ancho de huesos —replicó Ser Creighton—. ¿Queréis que cabalguemos juntos un trecho? No dudo del valor de Ser Shadrich, pero es menudo, y tres espadas valen más que una.
«Cuatro espadas», pensó Brienne, pero se mordió la lengua.
El mercader miró a su escolta.
—¿Qué opináis vos, ser?
—De estos tres no hay nada que temer. —Ser Shadrich era un hombrecillo delgado pero fuerte, con cara de zorro, nariz ganchuda y una mata de pelo anaranjado. Iba a lomos de un alazán inquieto. No mediría ni ocho palmos, y pese a ello rebosaba confianza—. Uno es viejo; otro, gordo, y la grandullona es una mujer. Que vengan si quieren.
—Si os parece bien... —dijo el mercader, y bajó la ballesta.
Cuando reanudaron el viaje, el caballero mercenario se puso a la altura de Brienne y la miró de arriba abajo, como si fuera un trozo de carne en salazón.
—Tenéis un aspecto muy saludable, moza.
Las burlas de Ser Jaime se le habían clavado muy hondamente; las palabras del hombrecillo apenas la afectaron.
—Comparada con algunos, soy una gigante.
El otro se echó a reír.
—Lo que importa lo tengo de buen tamaño, moza.
—El mercader os ha llamado Shadrich.
—Ser Shadrich del Valle Umbrío. Hay quien me llama Ratón Loco. —Giró el escudo para mostrarle su blasón, un gran ratón de plata con ojos rojos sobre campo bandado marrón y azul—. El marrón es por las tierras que he recorrido; el azul, por los ríos que he cruzado. El ratón soy yo.
—¿Y estáis loco?
—Bastante. El ratón normal huye de la sangre y de la batalla; el ratón loco las busca.
—Por lo visto, no las encuentra a menudo.
—Encuentro las suficientes. Es cierto que no soy caballero de torneos. Me guardo el valor para el campo de batalla, mujer.
En fin, mujer era un poco mejor que moza.
—Entonces, tenéis mucho en común con Ser Creighton.
Ser Shadrich se echó a reír de nuevo.
—Eso lo dudo, pero lo que sí tenemos en común vos y yo es lo que buscamos. Una hermanita perdida, ¿no? ¿Con los ojos azules y el cabello castaño rojizo? —Se echó a reír de nuevo—. No sois la única que caza en el bosque. Yo también busco a Sansa Stark.
Brienne conservó el rostro inexpresivo para ocultar la consternación.
—¿Quién es esa Sansa Stark, y por qué la buscáis?
—Por amor, claro.
—¿Por amor? —preguntó Brienne, frunciendo el ceño.
—Sí, por amor al oro. A diferencia de vuestro bondadoso Ser Creighton, yo sí luché en el Aguasnegras, pero en el bando perdedor. Me arruiné para pagar el rescate. Supongo que sabréis quién es Varys, ¿no? Pues el eunuco ha ofrecido una buena bolsa de oro a cambio de esa niña de la que no habéis oído hablar. No soy codicioso; si alguna moza gigantona me ayudara a atrapar a esa chiquilla traviesa, compartiría con ella las monedas de la Araña.
—Creía que estabais al servicio de este mercader.
—Sólo hasta que lleguemos al Valle Oscuro. Hibald es tan rácano como cobarde. Y es muy, muy cobarde. ¿Qué decidís, moza?
—No conozco a ninguna Sansa Stark —replicó—. Estoy buscando a mi hermana, una niña noble...
—... con los ojos azules y el cabello castaño rojizo, sí. Decidme, ¿quién es ese caballero que viaja con vuestra hermana? ¿O dijisteis que era un bufón? —Ser Shadrich no aguardó su respuesta; buena cosa, porque no habría sabido qué decir—. Cierto bufón desapareció de Desembarco del Rey la noche de la muerte del rey Joffrey, un tipo fuerte con la nariz llena de venas rotas, un tal Ser Dontos el Tinto, procedente del Valle Oscuro. Ojalá no confundan a vuestra hermana y a su bufón borracho con la pequeña Stark y Ser Dontos. Sería una verdadera desgracia.
Picó espuelas a su corcel y se adelantó al trote.
Ni Jaime Lannister le había hecho sentirse tan estúpida.
«No sois la única que caza en el bosque.» La tal Brella le había contado cómo Joffrey despojó a Ser Dontos de sus espuelas, cómo Lady Sansa le había suplicado que le perdonara la vida. «Seguro que la ayudó a escapar —decidió Brienne al enterarse—. Si encuentro a Ser Dontos, encontraré a Sansa.» Tendría que haberse imaginado que habría otros que la buscarían. «Y algunos no serán tan inofensivos como Ser Shadrich.» Sólo le quedaba la esperanza de que Ser Dontos hubiera escondido bien a Sansa. «Pero entonces, ¿cómo la voy a encontrar?»
Encorvó los hombros y siguió cabalgando con el ceño fruncido.
Ya estaba anocheciendo cuando el grupo llegó a la posada, un edificio alto de madera que se alzaba junto a la confluencia de dos ríos, a horcajadas sobre un viejo puente de piedra. Así se llamaba la posada, según les dijo Ser Creighton: El Viejo Puente de Piedra. El posadero era amigo suyo.
—No es mal cocinero, y en las habitaciones no hay más pulgas que en la mayoría de estos sitios —les aseguró—. ¿Quién quiere una cama caliente esta noche?
—Nosotros no, a menos que vuestro amigo las regale —respondió Ser Illifer el Paupérrimo—. No tenemos dinero para habitaciones.
—Yo puedo pagar las nuestras.
Brienne no iba escasa de monedas; Jaime se había encargado de ello. En las alforjas había encontrado una pesada bolsa llena de venados de plata y estrellas de cobre, otra más pequeña con dragones de oro, y un pergamino que ordenaba a todos los súbditos leales al Rey que colaborasen con su portadora, Brienne de la Casa Tarth, que estaba en una misión de Su Alteza. El pergamino estaba firmando con letra infantil por Tommen, el primero de su nombre, rey de los ándalos, los rhoynar y los primeros hombres, y señor de los Siete Reinos.
Hibald también era partidario de detenerse, y ordenó a sus hombres que dejaran el carro cerca de los establos. Una cálida luz amarilla brillaba a través de los cristales en forma de rombo de las ventanas de la posada, y Brienne oyó el relincho de un semental al que le había llegado el olor de su yegua. Estaba quitándole la silla de montar cuando un muchachito se acercó a la puerta del establo.
—Yo me encargo de eso, ser.
—Nada de ser —le respondió—, pero te puedes ocupar de la yegua. Encárgate de que le den comida y agua y la cepillen.
El chico se puso rojo.
—Os pido perdón, mi señora. Creí que...
—Es un error muy habitual.
Brienne le entregó las riendas y siguió a los demás al interior de la posada, con las alforjas al hombro y el petate bajo un brazo.
El suelo de tablones estaba cubierto de serrín, y el aire olía a lúpulo, a humo y a carne. Un asado chisporroteaba sobre el fuego; en aquel momento, nadie se ocupaba de él. Junto a una mesa, había seis lugareños enfrascados en su conversación, pero se callaron de repente cuando entraron los desconocidos. Brienne notaba sus ojos clavados en ella. Pese a la cota de malla, la capa y el jubón, se sintió desnuda. Cuando un hombre dijo «No os perdáis eso», supo que no se refería a Ser Shadrich.
El posadero apareció con tres picheles en cada mano, derramando cerveza a cada paso.
—¿Tenéis habitaciones libres, buen hombre? —le preguntó el mercader.
—Es posible —respondió el posadero—, para quien tenga monedas.
Ser Creighton Longbough puso cara de ofendido.
—¿Así recibes a un viejo amigo, Naggle? Soy yo, Longbough.
—Ya veo que eres tú. Me debes siete venados. Enséñame la plata y te enseñaré una cama.
El posadero depositó los picheles uno a uno en la mesa, derramando más cerveza sobre ella.
—Pagaré una habitación para mí y otra para mis dos acompañantes. —Brienne señaló a Ser Creighton y Ser Illifer.
—Yo también quiero una habitación —dijo el comerciante—, para mí y para el buen Ser Shadrich. Mis sirvientes dormirán en los establos, si os parece bien.
El posadero les echó un vistazo.
—No me parece bien, pero sea, lo permitiré. También querréis cenar. Hay una buena cabra en el espetón.
—Yo juzgaré si es buena —replicó Hibald—. Mis hombres se conformarán con pan para mojar en la grasa.
De modo que se dispusieron a cenar. Brienne también probó la cabra, después de seguir al posadero al piso superior, entregarle unas monedas y dejar sus posesiones en la segunda habitación que le mostró. Pidió cabra también para Ser Creighton y Ser Illifer, ya que habían compartido su trucha con ella. Los caballeros errantes y el septón acompañaron la carne con cerveza; Brienne, en cambio, bebió una copa de leche de cabra. Prestó atención a la charla de los lugareños, esperando contra toda esperanza oír algo que la ayudara a encontrar a Sansa.
—Venís de Desembarco del Rey —le dijo uno de ellos a Hibald—. ¿Es verdad que el Matarreyes está tullido?
—Cierto —asintió Hibald—. Ha perdido la mano de la espada.
—Sí —corroboró Ser Creighton—. Por lo visto se la arrancó de un bocado un lobo huargo, uno de esos monstruos que bajan del norte. Del norte nunca viene nada bueno. Hasta sus dioses son raros.
—No fue un lobo —se oyó decir—. Un mercenario qohoriense le cortó la mano a Ser Jaime.
—Pues no es fácil pelear con la otra —observó el Ratón Loco.
—Bah —bufó Ser Creighton Longbough—. Da la casualidad de que yo peleo igual de bien con las dos manos.
—Sí, claro, no me cabe duda.
Ser Shadrich alzó el pichel en gesto de saludo.
Brienne recordó su lucha con Jaime Lannister en los bosques. Había necesitado de todos sus recursos para mantenerlo a raya.
«Estaba débil después del encarcelamiento y tenía las muñecas encadenadas. De estar en plena forma y sin cadenas, no había habido caballero en los Siete Reinos capaz de derrotarlo.» Jaime había cometido muchos actos de maldad, pero... ¡cómo luchaba! Mutilarlo había sido una crueldad monstruosa. Una cosa era matar a un león, y otra, cortarle una zarpa y dejarlo tullido y anonadado.
De pronto, la sala común le pareció tan ruidosa que no la pudo soportar ni un momento más. Les dio las buenas noches a los presentes y subió a acostarse. El techo de su habitación era bajo; al entrar con un cirio en la mano, tuvo que agacharse para no golpearse la cabeza. El único mobiliario consistía en una cama suficientemente ancha para seis personas y un cabo de vela de sebo en el alféizar. Lo encendió con el cirio, atrancó la puerta y colgó el cinto de un poste de la cama. La vaina de la espada era sencilla, de madera envuelta en cuero marrón agrietado, y la espada era más sencilla aún. La había comprado en Desembarco del Rey para sustituir la que le habían robado los miembros de la Compañía Audaz. «La espada de Renly.» Aún le dolía al pensar que la había perdido.
Pero tenía otra espada larga escondida en el petate. Se sentó en la cama y la sacó. El oro emitía destellos amarillos a la luz de la vela; los rubíes eran de fuego rojo. Cuando sacó a Guardajuramentos de su vaina ornamentada, volvió a quedarse sin aliento. Las ondulaciones del acero eran profundas, negras y rojas. «Acero valyrio, forjado con hechizos.» Era una espada digna de un héroe. Cuando era pequeña, su nodriza le había llenado la cabeza con historias de valor; le había contado las nobles hazañas de Ser Galladon de Morne, de Florián el Bufón, del Príncipe Aemon, el Caballero Dragón, y de otros campeones. Cada uno de ellos tenía una espada famosa, y a ese nivel estaba la Guardajuramentos, aunque la propia Brienne no diera la talla.
—Protegerás a la hija de Ned Stark con el acero de Ned Stark —le había dicho Jaime.
Se arrodilló entre la cama y la pared, sostuvo la espada y rezó en silencio a la Vieja, cuya lámpara dorada les mostraba a los hombres el camino que debían seguir en vida.
«Guíame —rezó—, ilumina el camino ante mí, muéstrame la senda que me lleve a Sansa. —Les había fallado a Renly y a Lady Catelyn. No podía fallar a Jaime—. Él me confió su espada. Me confió su honor.»
Luego se tumbó en la cama como mejor pudo. Pese a su anchura, no era muy larga, de manera que tuvo que acostarse en diagonal. Desde abajo le llegaba el entrechocar de los picheles; por las escaleras subían voces. Las pulgas a las que se había referido Longbough hicieron su aparición, pero rascarse la ayudaría a seguir despierta.
Oyó como Hibald subía por las escaleras, seguido un rato más tarde por los caballeros.
—... no llegué a saber cómo se llamaba —iba diciendo Ser Creighton al pasar junto a su puerta—, pero llevaba pintado en el escudo un pollo ensangrentado, y también tenía la espada llena de sangre...
Su voz se desvaneció, y un poco más allá se oyó el sonido de una puerta al abrirse y cerrarse.
La vela de Brienne se consumió. La oscuridad se cernió sobre El Viejo Puente de Piedra, y la posada quedó sumida en un silencio tan absoluto que se oía el murmullo del río. Entonces, Brienne se levantó para recoger sus cosas. Abrió la puerta con sigilo, escuchó durante un instante y bajó descalza por las escaleras. Una vez en el exterior se puso las botas y caminó a paso vivo hasta los establos para ensillar la yegua baya; mientras montaba, les pidió perdón en silencio a Ser Creighton y Ser Illifer. Un sirviente de Hibald se despertó cuando pasó a caballo junto a él, pero no intentó detenerla. Los cascos de la yegua resonaron contra el viejo puente de piedra. Luego, los árboles formaron un muro a su alrededor; quedó inmersa en una oscuridad absoluta poblada de fantasmas y recuerdos.
«Voy a buscaros, Lady Sansa —pensó mientras cabalgaba hacia la negrura—. No temáis. No descansaré hasta que os encuentre.»

05 - Samwell

SAMWELL

Sam estaba leyendo sobre los Otros cuando vio el ratón.
Tenía los ojos irritados y enrojecidos. «No debería frotármelos tanto», se decía siempre mientras se los frotaba. El polvo hacía que le picaran y le lagrimearan, y allí abajo había polvo por todas partes. Cada vez que pasaba una página se levantaba una nubecilla; cada vez que movía una pila de libros para ver qué se escondía debajo se alzaba un nubarrón gris.
Sam no recordaba cuánto tiempo llevaba sin dormir, pero apenas quedaba dedo y medio de la gruesa vela de sebo que había encendido cuando empezó a revisar el montón de papeles atados con bramante que había encontrado. Estaba más cansado que un caballo prestado, pero no podía parar. «Un libro más y lo dejo —se había dicho—. Una hoja más, sólo una más. Una página más, y subo a descansar y a comer algo.» Pero siempre había una página después de esa, y luego otra, y otro libro que aguardaba en la base del montón. «A este sólo le voy a echar un vistazo rápido, a ver de qué va», pensaba, y cuando se quería dar cuenta ya iba por la mitad. No había comido nada desde que tomara el cuenco de sopa de judías y panceta con Pyp y Grenn.
«Bueno, y luego el pan y el queso, pero sólo ha sido un bocado», pensó. Fue entonces cuando echó un vistazo al plato vacío y vio como el ratón se comía las últimas migas.
El animal medía la mitad que uno de sus dedos rosados; tenía los ojillos negros, y el pelo, suave y gris. Sam sabía que debería matarlo. Los ratones preferían el pan y el queso, sí, pero también comían papel. Había encontrado excrementos de ratón entre las estanterías y los montones de libros, y algunas tapas de cuero mostraban señales de mordiscos.
«Pero es tan pequeño... Y tiene hambre. —¿Cómo podía regatearle unas pocas migas?—. Lo malo es que también come libros...»
Tras pasar tantas horas sentado en la silla, Sam tenía la espalda rígida como una tabla y las piernas medio dormidas. Sabía que no era bastante rápido para atrapar al ratón, pero tal vez podría aplastarlo. Tenía junto al codo un enorme ejemplar encuadernado en cuero de los Anales del Centauro Negro, el relato exhaustivo y detallado del septón Jorquen de los nueve años durante los que Orbert Caswell había servido como Lord Comandante de la Guardia de la Noche. Dedicaba una página a cada día que estuvo al mando, y todas ellas parecían empezar diciendo «Lord Orbert se levantó al amanecer e hizo de vientre», excepto la última, que decía «Al amanecer se descubrió que Lord Orbert había muerto durante la noche».
«No hay ratón que pueda rivalizar con el septón Jorquen.» Sam cogió el libro muy despacio con la mano izquierda. Era grueso y pesado, y cuando trató de levantarlo se le resbaló de los dedos regordetes y cayó con estrépito sobre la mesa. El ratón saltó como un relámpago y desapareció al instante. Para Sam fue un alivio. Si hubiera llegado a aplastar al animalito, habría tenido pesadillas horribles.
—Pero no comas libros, ¿eh? —dijo.
La siguiente vez que bajara debería llevar más queso.
Se sorprendió de lo mucho que se había consumido la vela. ¿La sopa de alubias y panceta la había tomado aquel día o el anterior?
«Ayer. Debió de ser ayer.» Al darse cuenta, no pudo contener un bostezo. Jon se estaría preguntando qué había sido de él, aunque sin duda, el maestre Aemon lo entendería. Antes de perder la vista, el maestre amaba los libros tanto como Samwell Tarly. Comprendía cómo se podía sumergir uno en ellos, como si cada página fuera un agujero abierto que daba a otro mundo.
Samwell se puso en pie e hizo una mueca al notar los pinchazos en las pantorrillas dormidas. La silla era muy dura; cuando se inclinaba sobre un libro se le clavaba en la parte trasera de los muslos.
«La próxima vez, a ver si me acuerdo de traer un cojín.» Mejor aún sería si pudiera dormir allí abajo, en la celda que había descubierto medio escondida tras cuatro baúles de hojas sueltas que se habían desprendido de los libros a los que correspondían, pero no quería dejar solo tanto tiempo al maestre Aemon. Últimamente no estaba bien de salud y necesitaba ayuda, sobre todo con los cuervos. Sí, Aemon contaba con Clydas, pero Sam era más joven y se daba más maña con los pájaros.
Con un montón de libros y pergaminos bajo el brazo izquierdo y la vela en la mano derecha, Sam echó a andar por el laberinto de túneles que los hermanos denominaban gusaneras. Un haz de luz débil iluminaba las empinadas escaleras de piedra que llevaban a la superficie, de modo que supo que arriba ya había amanecido. Dejó la vela encendida en un nicho de la pared y empezó a subir. Cuando llegó al quinto peldaño ya estaba jadeando. Al llegar al décimo, se detuvo y se pasó los libros al brazo derecho.
Salió a la superficie bajo un cielo plúmbeo, blanquecino.
«Cielo de nieve —pensó al tiempo que entrecerraba los ojos. La perspectiva lo inquietaba. Recordaba demasiado bien aquella noche en el Puño de los Primeros Hombres, cuando los espectros y las nieves habían llegado a la vez—. No seas tan cobarde. Tienes a tus Hermanos Juramentados, por no hablar de Stannis Baratheon, con todos sus caballeros.» Las fortalezas y torreones del Castillo Negro se alzaban a su alrededor, empequeñecidos por la inmensidad gélida del Muro. Un pequeño ejército reptaba por el hielo a una cuarta parte de su altura, donde se alzaba una nueva escalera en zigzag para ir al encuentro de los restos de la vieja. El sonido de las sierras y los martillos retumbaba contra el hielo. Jon había ordenado que los constructores trabajaran día y noche. Sam había oído a unos cuantos quejarse durante la cena; decían que Lord Mormont nunca los había hecho trabajar tan duramente. Pero sin la escalera no había manera de llegar a la parte superior del Muro, aparte del montacargas. Samwell Tarly detestaba los peldaños, pero odiaba el montacargas todavía más. Siempre que se subía en él tenía que cerrar los ojos, convencido de que la cadena se iba a romper de un momento a otro. Cada vez que la jaula de hierro rozaba el hielo, el corazón se le detenía un instante.
«Aquí había dragones hace doscientos años —pensó Sam mientras contemplaba el descenso lento de la jaula—. Pasarían volando por encima del Muro.» La reina Alysanne había visitado el Castillo Negro a lomos de su dragón, y Jaehaerys, su rey, llegó tras ella montado en el suyo. ¿Sería posible que Ala de Plata hubiera dejado allí un huevo? ¿O tal vez, que Stannis hubiera encontrado un huevo en Rocadragón?
«Aunque tenga un huevo, ¿cómo va a empollarlo?» Baelor el Santo había rezado para que sus huevos cobraran vida, otros Targaryen habían tratado de empollarlos con hechizos, pero lo único que consiguieron fueron burlas y tragedias.
—Samwell —dijo una voz tétrica—, te estaba buscando. Me han dicho que te lleve ante el Lord Comandante.
Un copo de nieve se posó en la nariz de Sam.
—¿Jon quiere verme?
—Eso no te lo sabría decir —replicó Edd Tollett el Penas—. Yo, personalmente, nunca quise ver la mitad de las cosas que he visto, y nunca he visto la mitad de las cosas que quería ver. No se trata de querer. Pero es lo mismo; más vale que vayas. Lord Nieve quiere hablar contigo en cuanto acabe con la esposa de Craster.
—Elí.
—Esa misma. Si mi nodriza hubiera sido como ella, yo aún estaría mamando. La mía tenía bigotes.
—Como casi todas las cabras —intervino Pyp, que acababa de doblar la esquina en compañía de Grenn; cada uno llevaba un arco en la mano y una aljaba con flechas a la espalda—. ¿Dónde te habías metido, Mortífero? Anoche te perdiste la cena. Sobró un buey asado.
—No me llames así. —Sam hizo caso omiso de la burla sobre el buey; eran cosas de Pyp—. Estaba leyendo. Luego he visto un ratón...
—No hables de ratones delante de Grenn. Le dan pánico.
—Eso es mentira —replicó Grenn con indignación.
—Te dan tanto miedo que no te atreverías a comerte uno.
—Me comería el doble de ratones que tú.
Edd el Penas dejó escapar un suspiro.
—Cuando yo era niño, sólo comíamos ratones los días de fiesta. Era el más pequeño de mis hermanos, así que siempre me tocaba la cola, que no tiene carne.
—¿Dónde has dejado el arco, Sam? —preguntó Grenn. Ser Alliser lo llamaba Uro, y a cada día que pasaba, el nombre le pegaba más. Cuando llegó al Muro era grande y lento, de cuello grueso, cintura más gruesa aún, rostro congestionado y movimientos torpes. El cuello todavía se le enrojecía cuando Pyp le tomaba el pelo, pero las horas de entrenamiento con la espada y el escudo le habían dado un vientre liso, además de fortalecerle los brazos y ensancharle el pecho. Se había hecho fuerte, y también tan velludo como un uro—. Ulmer te estaba esperando con los estafermos.
—Ulmer —repitió Sam, avergonzado. Una de las primeras cosas que había hecho Jon Nieve como Lord Comandante fue instituir prácticas diarias de tiro con arco para toda la guarnición, mayordomos y cocineros incluidos. Según él, la Guardia les había estado dando demasiada importancia a las espadas y demasiado poca a los arcos, reliquia de los tiempos en que uno de cada diez hermanos era caballero, en vez de uno de cada cien. Sam comprendía que la orden era lógica, pero detestaba los entrenamientos con arco casi tanto como subir escaleras. Con los guantes puestos no acertaba ni una, pero cuando se los quitaba se le llenaban los dedos de ampollas. Y aquellos arcos eran peligrosos. Satín se había arrancado media uña del pulgar con la cuerda—. Se me olvidó.
—Pues le has roto el corazón a la princesa salvaje, Mortífero —dijo Pyp. Últimamente, Val había adoptado la costumbre de observarlos desde sus habitaciones de la Torre del Rey—. Te estaba esperando.
—¡Eso es mentira! ¡No digas esas cosas!
Sam sólo había hablado con Val en dos ocasiones, cuando el maestre Aemon fue a verla para asegurarse de que los bebés estaban sanos. La princesa era tan hermosa que, cuando estaba delante de ella, tartamudeaba y se ruborizaba.
—¿Por qué no? —replicó Pyp—. Seguro que quiere que seas el padre de sus hijos. Vamos a tener que cambiarte el nombre por el de Sam el Seductor.
Sam se puso colorado. Sabía que el rey Stannis tenía planes para Val; pensaba utilizar a la princesa para forjar una paz duradera entre los norteños y el pueblo libre.
—No tengo tiempo para tirar con arco; necesito ver a Jon.
—¿Jon? ¿Jon? ¿Conocemos a algún Jon, Grenn?
—Se refiere al Lord Comandante.
—Ohhh. Al gran Lord Nieve. Claro, claro. ¿Para qué quieres verlo? Si ni siquiera sabe mover las orejas. —Pyp las movió para demostrar que él sí podía. Tenía las orejas muy grandes, rojas por el frío—. Ahora sí que es Lord Nieve de verdad, demasiado noble para juntarse con nosotros.
—Jon tiene muchas obligaciones. —Sam salió en su defensa—. Está al mando del Muro, con todo lo que eso conlleva.
—También tiene obligaciones para con sus amigos. Si no fuera por nosotros, Janos Slynt sería Lord Comandante y habría enviado a Nieve de expedición, desnudo y montado en una mula. Le habría dicho: «Mueve el culo, pelagatos, ve al Torreón de Craster y tráeme la capa y las botas del Viejo Oso». Nosotros lo libramos de eso, pero ahora tiene demasiados deberes para compartir una copa de vino especiado junto a la chimenea.
Grenn asintió.
—Y los deberes no le impiden ir al patio. Casi todos los días encuentra tiempo para luchar con alguien.
Sam tuvo que reconocer que eso era verdad. En cierta ocasión, cuando Jon fue a pedir consejo al maestre Aemon, Sam le preguntó por qué dedicaba tanto tiempo a entrenarse con la espada.
—El Viejo Oso no se entrenaba tanto cuando era Lord Comandante —le había dicho.
A modo de respuesta, Jon le había puesto a Garra en la mano. Le permitió que sintiera su ligereza y equilibrio, y le hizo girar la hoja para que viera brillar las ondulaciones en el metal color humo.
—Acero valyrio —le explicó—, forjado con hechizos y con el filo más cortante que puedas imaginar, casi indestructible. Un espadachín tiene que estar a la altura de su espada, Sam. Garra es de acero valyrio, pero yo no. Mediamano me podría haber matado con tanta facilidad como tú matarías de un manotazo a un insecto que se te posara en el brazo.
Sam le había devuelto la espada.
—Cuando le doy un manotazo a un insecto, se escapa volando. Acabo pegándome el golpe en el brazo, y escuece.
Aquello hizo reír a Jon.
—Como quieras. Mediamano me podría haber matado con tanta facilidad como tú te comerías un cuenco de gachas.
A Sam le gustaban mucho las gachas, sobre todo si estaban endulzadas con miel.
—No tengo tiempo para tonterías.
Sam se alejó de sus amigos y se dirigió hacia la armería con los libros apretados contra el pecho.
«Soy el escudo que defiende los reinos de los hombres», recordó. ¿Qué dirían esos hombres si supieran que sus reinos los defendían gente como Grenn, Pyp y Edd el Penas?
El fuego había devorado la Torre del Lord Comandante, y Stannis Baratheon había ocupado la Torre del Rey como residencia, de modo que Jon Nieve se había establecido en las modestas habitaciones de Donal Noye, detrás de la armería. Elí salía de allí justo cuando él llegaba; iba envuelta en la vieja capa que le había dado cuando huyeron del Torreón de Craster. Casi pasó de largo en su marcha apresurada, pero Sam la cogió por el brazo; se le cayeron dos libros.
—¿Elí?
—Sam...
Tenía la voz ronca. Elí era esbelta, con el pelo oscuro y grandes ojos marrones como los de un cervatillo. Parecía perdida entre los pliegues de la vieja capa de Sam, con el rostro casi oculto por la capucha, pero aun así tiritaba. Tenía cara de miedo y agotamiento.
—¿Qué te pasa? —le preguntó Sam—. ¿Cómo están los bebés?
Elí se liberó de su mano.
—Están bien, Sam. Bien.
—No sé cómo eres capaz de dormir con los dos —le dijo en tono afable—. Anoche oí llorar a uno, ¿cuál era? Parecía que no iba a parar nunca.
—El hijo de Dalla. Llora cuando quiere mamar. El mío... El mío no llora casi nunca. A veces gorjea, pero... —Se le llenaron los ojos de lágrimas—. Tengo que irme a darles de mamar, o se me empezará a salir la leche.
Atravesó el patio a toda prisa, dejando a Sam perplejo. Tuvo que arrodillarse en el suelo para recoger los libros que se le habían caído.
«No tendría que haber traído tantos», se dijo al tiempo que sacudía la tierra del Compendio jade, de Colloquo Votar, un grueso tomo de historias y leyendas del Este que el maestre Aemon le había pedido que buscara. El libro no había sufrido daños. En cambio, Sangre de dragón: Historia de la Casa Targaryen desde el Exilio hasta la Apoteosis, con consideraciones sobre la vida y muerte de los dragones, del maestre Thomax, había corrido peor suerte: se había abierto al caer, y unas cuantas páginas se habían manchado de barro, entre ellas una con una ilustración bastante bonita de Balerion, el Terror Negro, pintada con tintas de colores. Sam se maldijo mil veces por su torpeza mientras alisaba las páginas e intentaba limpiarlas. La presencia de Elí siempre lo perturbaba, y le provocaba... No habría sabido cómo decirlo... Emociones. Un Hermano Juramentado de la Guardia de la Noche no debería sentir las cosas que le hacía sentir Elí, sobre todo cuando hablaba de sus pechos y...
—Lord Nieve te está esperando.
Dos guardias con capa negra y yelmo de hierro se erguían junto a las puertas de la armería, apoyados en las lanzas. El que le había hablado era Hal el Peludo. Mully lo ayudó a ponerse en pie. Sam le dio las gracias y pasó entre ellos, aferrándose con desesperación al montón de libros mientras pasaba junto a la forja con su yunque y sus fuelles. Una cota de malla a medio fabricar descansaba en el banco. Fantasma estaba tumbado al pie del yunque, muy concentrado en mordisquear un hueso de buey para llegar a la médula. El gran huargo blanco alzó la vista cuando Sam pasó junto a él, pero no emitió ningún sonido.
Las estancias de Jon estaban en la parte de atrás, más allá de las hileras de lanzas y escudos. Cuando entró Sam estaba leyendo un pergamino, y tenía posado en el hombro el cuervo del Lord Comandante Mormont; el pájaro parecía estar leyendo también, pero al ver a Sam extendió las alas y revoloteó hacia él graznando «¡Maíz! ¡Maíz!».
Sam se cambió los libros de brazo, metió la mano en el saco que había junto a la puerta y sacó un puñado de granos. El cuervo se le posó en la muñeca y cogió uno de la palma, con un picotazo tan fuerte que el chico lanzó un gritito y sacudió la mano. El cuervo echó a volar de nuevo, mientras los granos rojos y amarillos salían disparados.
—Cierra la puerta, Sam. —Jon todavía tenía ligeras cicatrices en la mejilla, allí donde el águila había intentado sacarle un ojo—. ¿Te ha hecho daño este canalla?
Sam dejó los libros y se quitó el guante.
—Sí. —Se sintió desfallecer—. Estoy sangrando.
—Todos derramamos sangre por la Guardia. Ponte guantes más gruesos. —Jon empujó una silla hacia él con un pie—. Siéntate y echa un vistazo a esto. —Le tendió el pergamino.
—¿Qué es? —preguntó Sam. El cuervo se puso a rebuscar los granos de maíz entre los juncos del suelo.
—Un escudo de papel.
Sam se lamió la sangre de la mano mientras leía. Reconoció al instante la letra del maestre Aemon. Tenía una caligrafía menuda y precisa, pero el anciano no se daba cuenta cuando se le caía alguna gota de tinta, y a veces dejaba manchas un tanto aparatosas.
—¿Una carta para el rey Tommen?
—En Invernalia, Tommen peleó contra mi hermano Bran con espadas de madera. Llevaba tantas almohadillas de protección que parecía un ganso relleno. Bran lo derribó. —Jon se dirigió hacia la ventana—. Pero Bran está muerto, y Tommen, el gordito de cara rosada, se sienta en el Trono de Hierro con una corona sobre los rizos dorados.
«Bran no está muerto —habría querido decirle Sam—. Ha ido más allá del Muro con Manosfrías.» Las palabras se le atravesaron en la garganta. «Pero juré que no diría nada.»
—No has firmado la carta.
—El Viejo Oso suplicó ayuda al Trono de Hierro cien veces. Nos enviaron a Janos Slynt. Ninguna carta nos granjeará el afecto de los Lannister, y menos aún cuando sepan que hemos estado ayudando a Stannis.
—Sólo en la defensa del Muro, no en su rebelión. —Sam releyó la carta por encima una vez más—. Aquí lo pone.
—Puede que Lord Tywin no capte el matiz. —Jon cogió la carta—. ¿Por qué nos va a ayudar ahora? ¿Qué ha cambiado?
—Bueno —empezó Sam—, no querrá que se diga que Stannis cabalgó para defender el reino mientras el rey Tommen jugaba con sus muñecos. Eso haría caer la ignominia sobre la Casa Lannister.
—Lo que quiero que caiga sobre la Casa Lannister es muerte y destrucción, no ignominia. —Jon cogió la carta—. «La Guardia de la Noche no toma parte en las guerras de los Siete Reinos —leyó—. Juramos defender el reino, y el reino corre grave peligro en estos momentos. Stannis Baratheon nos ayuda contra nuestros enemigos del otro lado del Muro, pero no estamos a su servicio...»
—Bueno, es que no estamos a su servicio —dijo Sam—, ¿verdad?
—Le he proporcionado a Stannis provisiones, refugio y el Fuerte de la Noche, además de permiso para instalar en el Agasajo a unos cuantos miembros del pueblo libre. Nada más.
—Lord Tywin dirá que nada menos.
—Pues Stannis opina que no es suficiente. Cuanto más se le da a un rey, más quiere. Caminamos por un puente de hielo, con abismos a los dos lados. Complacer a un rey ya es difícil; complacer a dos es imposible.
—Sí, pero... Si al final vencen los Lannister y Lord Tywin decide que hemos traicionado al Rey por ayudar a Stannis, podría ser el final de la Guardia de la Noche. Tiene el apoyo de los Tyrell, con todo el poder de Altojardín, y derrotó a Lord Stannis en el Aguasnegras.
Sam se mareaba con sólo ver sangre, pero sabía cómo se ganaban las guerras. Su padre se había encargado de ello.
—La del Aguasnegras fue una batalla. Robb ganó todas las batallas, y aun así le cortaron la cabeza. Si Stannis consigue unir el Norte...
«Trata de convencerse —comprendió Sam—, pero no puede.» Los cuervos habían salido del Castillo Negro en una tormenta de alas oscuras, convocando a los señores del Norte para que tomasen parte por Stannis Baratheon y unieran sus fuerzas. El propio Sam había sido el encargado de enviar la mayoría. Hasta el momento sólo había regresado un pájaro, el que habían mandado a Bastión Kar. Por lo demás, el silencio era ensordecedor.
Y aunque Stannis consiguiera poner de su parte a todos los norteños, Sam no veía cómo podría enfrentarse a las fuerzas combinadas de Roca Casterly, Altojardín y Los Gemelos. Pero sin el Norte, su causa estaba perdida definitivamente.
«Tan perdida como la Guardia de la Noche si Lord Tywin nos considera traidores.»
—Los Lannister también tienen vasallos en el Norte: Lord Bolton y su bastardo.
—Stannis tiene a los Karstark. Si pudiera conseguir Puerto Blanco...
—Si pudiera —subrayó Sam—. Si no... Mi señor, hasta un escudo de papel es mejor que nada.
Jon repiqueteó con los dedos sobre la carta.
—Es verdad. —Suspiró, cogió un cálamo y garabateó una firma al pie del texto—. Trae el lacre. —Sam calentó una barra de lacre negro en la llama de la vela y la hizo gotear sobre el pergamino; luego observó como Jon estampaba con firmeza el sello del Lord Comandante—. Llévale esto al maestre Aemon cuando te vayas —ordenó—; dile que envíe un pájaro a Desembarco del Rey.
—Muy bien. —Sam titubeó un instante—. Mi señor, si no te importa que te lo pregunte... He visto salir a Elí. Estaba al borde de las lágrimas.
—Val ha vuelto a enviármela a suplicar piedad para Mance.
—Ah. —Val era la hermana de la mujer que el Rey-más-allá-del-Muro había tomado como reina. La princesa salvaje, como la llamaban Stannis y sus hombres. Su hermana Dalla había muerto durante la batalla, aunque no la había rozado arma alguna; pereció al dar a luz al hijo de Mance Rayder. Si había algo de cierto en los rumores que había oído Sam, el propio Rayder no tardaría en seguirla a la tumba—. ¿Qué le has respondido?
—Que hablaría con Stannis, aunque dudo que lo que pueda decirle lo haga cambiar de opinión. El deber principal de un rey es defender el reino, y Mance lo atacó. No creo que Su Alteza lo olvide. Mi padre decía que Stannis Baratheon no es más que un hombre, pero nadie ha dicho que sea de los que perdonan. —Jon hizo una pausa y frunció el ceño—. Preferiría cortarle la cabeza yo mismo a Mance. En otro tiempo fue miembro de la Guardia de la Noche; su vida nos pertenece por derecho.
—Pyp dice que Lady Melisandre piensa entregárselo a las llamas para hacer un hechizo.
—Pyp debería cerrar la boca. No es el único que lo dice: sangre de rey para despertar a un dragón. Lo que no sabe nadie es dónde va a encontrar Melisandre un dragón dormido. No son más que tonterías. La sangre de Mance es tan regia como la mía. Jamás se ha puesto una corona, ni se ha sentado en un trono. Es un bandido, nada más. La sangre de un bandido no tiene ningún poder.
El cuervo los miró desde el suelo. «¡Sangre!», graznó.
Jon no le prestó atención.
—Voy a enviar a Elí lejos de aquí.
—Ah. —Sam asintió—. Eso está... Está muy bien, mi señor. Es lo mejor para ella, ir a un lugar cálido y seguro, bien lejos del Muro y de los combates.
—Para ella y para el niño. Tendremos que buscar otra nodriza para su hermano de leche.
—Mientras tanto lo pueden alimentar con leche de cabra; para los bebés es mejor que la de vaca. —Sam lo había leído en algún libro; se acomodó en el asiento, inquieto—. Repasando los anales he averiguado que hubo otro niño comandante, cuatrocientos años antes de la Conquista. Osric Stark tenía diez años cuando lo eligieron, y sirvió durante sesenta años. Ya van cuatro, mi señor. No eres ni con mucho el más joven de los que han estado al mando; por ahora eres el quinto.
—Los cuatro más jóvenes eran hijos, hermanos o bastardos del Rey en el Norte. Dime algo útil. Háblame de nuestro enemigo.
—Los Otros. —Sam se humedeció los labios—. Aparecen mencionados en los anales, aunque no tan a menudo como cabría esperar, al menos en los que he leído hasta ahora. Hay más que todavía no he encontrado. Algunos libros muy viejos se caen a pedazos: las páginas se desmenuzan cuando las paso. Y los más antiguos... O se han desmoronado por completo, o están enterrados en algún lugar donde no he buscado aún, o... Bueno, también es posible que no existan, que no hayan existido nunca. Las historias más antiguas se escribieron después de que los ándalos llegaran a Poniente. Los primeros hombres sólo nos dejaron runas grabadas en las rocas, de modo que todo lo que creemos saber sobre la Edad de los Héroes, la Era del Amanecer y la Larga Noche procede de relatos que escribieron los septones miles de años después de que sucedieran los hechos. En la Ciudadela hay archimaestres que lo ponen todo en duda. Esas historias antiguas están llenas de reyes que reinaron durante cientos de años y caballeros que cabalgaban por ahí milenios antes de que existieran los caballeros. Ya conoces las historias: Brandon el Constructor, Symeon Ojos de Estrella, el Caballero de la Noche... Decimos que eres el Lord Comandante número novecientos noventa y ocho de la Guardia de la Noche, pero en la lista más antigua que he encontrado dice que hubo seiscientos setenta y cuatro, lo que indica que se redactó hace...
—Hace mucho —interrumpió Jon—. ¿Qué hay de los Otros?
—He encontrado alusiones al vidriagón. Durante la Era de los Héroes, los hijos del bosque le entregaban a la Guardia de la Noche un centenar de puñales de obsidiana al año. La mayoría de los relatos coincide en que los Otros llegaban con el frío. O si no, cuando llegan empieza el frío. A veces aparecen durante las ventiscas y se derriten cuando se despeja el cielo. Se esconden de la luz del sol y salen de noche... o bien cae la noche cuando ellos salen. Según algunas narraciones, cabalgan a lomos de animales muertos: osos, huargos, mamuts, caballos... No importa, con tal de que la bestia no esté viva. El que mató a Paul el Pequeño montaba un caballo muerto, de modo que esa parte es cierta. Otros relatos hablan también de arañas de hielo gigantes, pero no sé a qué se refieren. A los hombres que mueren combatiendo a los Otros hay que quemarlos; de lo contrario se levantarán y serán sus esclavos.
—Todo eso ya lo sabemos. La cuestión es saber cómo los podemos combatir.
—Según los relatos, la armadura de los Otros es resistente a casi cualquier arma normal —siguió Sam—. Llevan espadas tan frías que hacen trizas el acero. Pero el fuego los detiene, y son vulnerables a la obsidiana. —Recordó al Otro con el que se había enfrentado en el bosque Encantado y como había parecido derretirse cuando le clavó el puñal de vidriagón que le había hecho Jon—. Encontré una reseña de tiempos de la Larga Noche que hablaba del último héroe que mataba Otros con una espada de acerodragón. Da a entender que era infalible contra ellos.
—¿Acerodragón? —Jon frunció el ceño—. ¿Acero valyrio?
—Eso mismo fue lo primero que pensé yo.
—Así que si consigo convencer a los señores de los Siete Reinos de que nos entreguen sus espadas valyrias habremos salvado el mundo. No es tan difícil. —No había rastro de alegría en la carcajada que soltó—. ¿Has averiguado quiénes son los Otros, de dónde vienen, qué quieren?
—Aún no, mi señor, pero puede que no haya leído los libros relevantes; quedan cientos que todavía no he mirado siquiera. Dame más tiempo y averiguaré lo que haya que averiguar.
—No queda tiempo. —Jon tenía voz de tristeza—. Recoge tus cosas, Sam. Te vas con Elí.
—¿Que me voy? —Durante un momento, Sam no entendió nada—. ¿Me voy? ¿A Guardiaoriente, mi señor? O... ¿Adónde...?
—A Antigua.
—¿A Antigua?
La voz le salió como un chillido de ratón. Colina Cuerno estaba cerca de Antigua.
«Mi hogar. —Sólo con pensarlo le daba vueltas la cabeza—. Y mi padre.»
—Y también va Aemon.
—¿Aemon? ¿El maestre Aemon? Pero... Mi señor, tiene ciento dos años, no puede... ¿Nos envías lejos a los dos? ¿Quién se encargará de los cuervos? Si alguien cae enfermo o herido, ¿quién...?
—Clydas. Lleva años con Aemon.
—Clydas no es más que un mayordomo y está perdiendo la vista. Aquí hace falta un maestre. Aemon está muy delicado, y un viaje por mar... —Se acordó del Rejo, y de la Reina del Rejo, y estuvo a punto de tragarse la lengua—. Podría... Es muy viejo, y...
—Su vida correrá peligro. Soy consciente de ello, Sam, pero más peligro corre aquí. Stannis sabe quién es Aemon, y si la mujer roja exige sangre de rey para sus hechizos...
Sam palideció.
—Ah.
—Dareon se reunirá contigo en Guardiaoriente. Tengo la esperanza de que nos consiga unos cuantos hombres en el sur con sus canciones. La Pájaro Negro os llevará a Braavos, y una vez allí, busca tú la manera de llegar a Antigua. Si sigues pensando decir que el hijo de Elí es tu bastardo, mándala con él a Colina Cuerno. Si no, Aemon le buscará un trabajo de criada en la Ciudadela.
—Mi b-b-bastardo —Eso había dicho, pero... «Tanta agua... Me voy a ahogar. A veces, los barcos se hunden, y el otoño es época de tormentas.» Pero estaría con Elí, y el bebé crecería en un lugar seguro—. Sí... Mi madre y mis hermanas ayudarán a Elí a criar al niño. —«Puedo enviar una carta; no tengo que ir en persona a Colina Cuerno»—. Dareon puede acompañarla a Antigua; no hace falta que vaya yo. Estoy... He estado entrenándome con el arco todas las tardes con Ulmer, como ordenaste. Bueno, menos cuando estoy en las criptas, pero también me dijiste que averiguara todo lo posible sobre los Otros. El arco hace que me duelan los hombros y me salgan ampollas en los dedos. —Le mostró a Jon una que se le había reventado—. Pero lo sigo haciendo. Ahora ya acierto en la diana bastantes veces, aunque sigo siendo el peor arquero que ha habido jamás. En cambio, me encantan las historias que cuenta Ulmer. Alguien debería recopilarlas en un libro.
—Encárgate tú. En la Ciudadela hay pergaminos y tinta, así como arcos. Quiero que sigas entrenándote, Sam. La Guardia de la Noche cuenta con cientos de hombres capaces de lanzar una flecha, pero sólo unos pocos saben leer y escribir. Necesito que seas mi nuevo maestre.
La sola palabra lo hizo estremecer. «No, padre, por favor, no lo volveré a mencionar, lo juro por los Siete. Déjame salir por favor déjame salir.»
—Mi señor... Mi trabajo está aquí, con los libros...
—Los libros seguirán en su sitio cuando vuelvas.
Sam se llevó una mano a la garganta. Casi podía sentir la cadena allí, la cadena que lo ahogaba.
—Mi señor, en la Ciudadela... Obligan a los aprendices a abrir cadáveres. —«Te pondrán una cadena al cuello. ¿Quieres cadenas? Pues ven conmigo.» Durante tres días con sus respectivas noches, Sam había sollozado hasta caer dormido, encadenado de manos y pies a una pared. La cadena que le ceñía el cuello estaba tan apretada que le laceraba la piel, y si durante el sueño se giraba hacia donde no debía, le cortaba la respiración—. No puedo llevar la cadena.
—Sí, puedes, y lo harás. El maestre Aemon es anciano y está ciego; le fallan las fuerzas. ¿Quién ocupará su lugar cuando muera? El maestre Mullin de la Torre Sombría es más soldado que erudito, y el maestre Harmune de Guardiaoriente pasa más tiempo borracho que sobrio.
—Si pides más maestres a la Ciudadela...
—Eso voy a hacer; nos hacen mucha falta. Pero no es tan fácil sustituir a Aemon Targaryen. —Jon parecía desconcertado—. Creía que te alegrarías. En la Ciudadela hay más libros de los que nadie pueda leer en toda una vida. Allí te irá muy bien, Sam. Estoy seguro.
—No. Puedo leer los libros, pero... Un maestre también tiene que ser sanador, y a mí la s-s-sangre me marea. —Extendió una mano temblorosa para enseñársela a Jon—. Soy Sam el Asustado, no Sam el Mortífero.
—¿Asustado? ¿De qué? ¿De las burlas de unos viejos? Tú viste a los espectros subir por el Puño, viste una marea de muertos vivientes con las manos negras y los ojos azules llameantes. Mataste a un Otro.
—Fue el v-v-vidriagón, no yo.
—Cállate. Mentiste, conspiraste e intrigaste para que me eligieran Lord Comandante. Ahora me vas a obedecer. Irás a la Ciudadela y te forjarás una cadena, y si para eso tienes que abrir cadáveres, los abrirás. Al menos, los cadáveres de Antigua no pondrán objeciones.
«No lo entiende.»
—Mi señor —tartamudeó Sam—, mi p-p-padre, Lord Randyll, dice, dice, dice, dice... La vida del maestre es una vida de servicio. —Estaba farfullando y lo sabía—. Ningún hijo de la Casa Tarly llevará jamás una cadena. Los hombres de Colina Cuerno no se inclinan ante ningún señor menor. —«¿Quieres cadenas? Pues ven conmigo»—. No puedo desobedecer a mi padre, Jon.
Lo había llamado Jon, pero Jon ya no existía. En aquel momento se enfrentaba a Lord Nieve, que tenía los ojos grises y duros como el hielo.
—No tienes padre —le replicó Lord Nieve—. Sólo hermanos, sólo a nosotros. Tu vida pertenece a la Guardia de la Noche, así que ve a meter en una saca la ropa interior y todo lo que te quieras llevar a Antigua. Partirás una hora antes del amanecer. Y te voy a dar otra orden: de hoy en adelante no volverás a decir que eres un cobarde. En este último año te has enfrentado a más cosas que la mayoría de los hombres en toda una vida. Te puedes enfrentar a la Ciudadela; te enfrentarás a ella como Hermano Juramentado de la Guardia de la Noche. No puedo ordenarte que seas valiente, pero sí que ocultes tus temores. Pronunciaste el juramento, Sam. ¿Te acuerdas?
«Soy la espada en la oscuridad.» Pero con la espada era un desastre, y la oscuridad le daba miedo.
—Lo... intentaré.
—No lo intentarás. Obedecerás.
—Obedecerás. —El cuervo de Mormont batió las grandes alas negras.
—Como ordene mi señor. ¿Lo...? ¿Lo sabe ya el maestre Aemon?
—La idea se nos ocurrió a los dos. —Jon le abrió la puerta—. Nada de despedidas. Cuanta menos gente se entere, mejor. Una hora antes del amanecer, junto al cementerio.
Sam no recordó haber salido de la armería; lo siguiente que supo fue que caminaba tambaleante por charcos de barro y nieve sucia hacia las habitaciones del maestre Aemon.
«Podría esconderme —se dijo—. Podría esconderme en las criptas, con los libros. Podría vivir ahí abajo con el ratón; saldría por las noches a robar comida.» Pero sabía que eran ideas delirantes, tan inútiles como desesperadas. Las criptas serían el primer lugar donde lo buscarían. El último lugar donde lo buscarían sería más allá del Muro, pero eso era una locura aún mayor.
«Los salvajes podrían atraparme y me matarían muy despacio. Me quemarían vivo, como quiere hacer la mujer roja con Mance Rayder.»
Cuando encontró al maestre Aemon con los pájaros, le entregó la carta de Jon y le relató sus temores en un torrente de palabras balbuceantes.
—Es que no lo entiende. —Sam estaba a punto de vomitar—. Si me pongo una cadena, mi señor p-p-p-padre... me, me, me...
—Mi padre también puso las mismas objeciones cuando elegí una vida de servicio —le dijo el anciano—. Fue su padre quien me envió a la Ciudadela. El rey Daeron tenía cuatro hijos, y tres de ellos también tenían hijos varones. «Demasiados dragones son un peligro tan grande como demasiado pocos», oí que Su Alteza le decía a mi señor padre el día que me envió lejos. —Aemon se llevó una mano llena de manchas a la cadena de metales diversos que le colgaba en torno al cuello flaco—. La cadena es pesada, Sam, pero mi señor abuelo tenía razón. Y también la tiene tu Lord Nieve.
—Nieve —graznó un cuervo. «Nieve», repitió otro. Todos empezaron a graznar a la vez. «Nieve, nieve, nieve, nieve, nieve». Sam les había enseñado aquella palabra. Comprendió que allí no encontraría ayuda; el maestre Aemon estaba tan atrapado como él.
«Morirá en el mar —pensó con desesperación—. Es demasiado viejo para sobrevivir a un viaje así. El hijito de Elí también podría morir, no es tan grande ni tan fuerte como el bebé de Dalla. ¿Qué quiere Jon? ¿Matarnos a todos?»
A la mañana siguiente, Sam ensilló la yegua con la que había llegado desde Colina Cuervo y la llevó hacia el cementerio que había junto al camino del este. Las alforjas estaban llenas a rebosar de queso, salchichas ahumadas y huevos duros, y también llevaba medio jamón en salazón que le había regalado Hobb Tresdedos por su día del nombre.
—Tú sí que sabes valorar a un buen cocinero, Mortífero —le dijo—. Más como tú harían falta por aquí.
El jamón le sería de gran ayuda. Guardiaoriente estaba a una larga y fría cabalgada, y no había pueblos ni posadas a la sombra del Muro.
La hora que precedía al amanecer era oscura y silenciosa. El Castillo Negro estaba extrañamente tranquilo. En el cementerio lo aguardaban dos carros de dos ruedas, además de Jack Bulwer el Negro y una docena de exploradores curtidos, tan duros como sus monturas. Kedge Ojoblanco profirió un juramento cuando divisó a Sam con el ojo sano.
—No le hagas caso, Mortífero —dijo Jack el Negro—. Ha perdido una apuesta: decía que te tendríamos que sacar chillando de debajo de alguna cama.
El maestre Aemon estaba demasiado delicado para ir a caballo, de manera que le habían preparado un carro bien acolchado con pieles y con un toldo de cuero en la parte superior, para protegerlo de la nieve y la lluvia. Elí y su hijo viajarían con él. En el segundo carro se amontonaban su ropa y sus pertenencias, junto con un cofre de libros raros y antiguos que Aemon suponía que no encontraría en la Ciudadela. Sam se había pasado media noche buscándolos, aunque sólo había encontrado una cuarta parte de los que le había pedido.
«Por suerte, o nos haría falta otro carro.»
El maestre llegó arrebujado en una piel de oso que era tres veces más grande que él. Mientras Clydas lo guiaba hacia el carro se levantó una ráfaga de viento, y el anciano se tambaleó. Sam se apresuró a acudir a su lado y lo rodeó con un brazo.
«Otro soplo de aire así se lo podría llevar por encima del Muro.»
—Cogeos de mi brazo, maestre. Estamos cerca.
El anciano ciego asintió mientras el viento les echaba hacia atrás las capuchas.
—En Antigua siempre hace calor. Conozco una posada de una isla del Vinomiel; siempre iba allí cuando era novicio. Será muy grato volver a sentarme allí a beber sidra.
Ya habían acomodado al maestre en el carro cuando apareció Elí, con el niño bien abrigado entre los brazos. Bajo la capucha se le veían los ojos rojos de tanto llorar. Jon llegó al mismo tiempo, acompañado por Edd el Penas.
—Lord Nieve —le dijo el maestre Aemon—, os he dejado un libro en mis habitaciones. El Compendio jade. Lo escribió el aventurero volantino Colloquo Votar, que viajó al Este y visitó todas las tierras del mar de Jade. Hay un pasaje que os parecerá muy interesante; le he dicho a Clydas que os lo marque.
—Lo leeré, no lo dudéis —respondió Jon Nieve.
Un hilillo de mucosidad blanca le colgaba de la nariz al maestre Aemon. Se lo limpió con el dorso de la mano enguantada.
—El conocimiento es un arma, Jon. Aseguraos de ir bien armado antes de entrar en combate.
—Muy bien. —Empezó a caer una nevada ligera; los copos grandes, blancos, descendían perezosos del cielo. Jon se volvió hacia Jack Bulwer el Negro—. Id tan deprisa como podáis, pero sin correr riesgos innecesarios. Viajan con vosotros un anciano y un bebé. Encargaos de que no pasen frío ni hambre.
—Vos también, mi señor —intervino Elí—. Haced lo mismo por el otro. Buscadle otra nodriza, como dijisteis. Me lo habéis prometido. El niño... El hijo de Dalla... Es decir, el príncipe... Buscadle una buena mujer, para que crezca grande y fuerte.
—Tenéis mi palabra —le aseguró Jon Nieve con solemnidad.
—No le pongáis nombre. Nada de nombres hasta que cumpla dos años. Trae mala suerte ponerles nombre cuando aún toman el pecho. Puede que los cuervos no lo sepáis, pero es así.
—Como ordenéis, mi señora.
Una mueca de ira desfiguró el rostro de Elí.
—No me llaméis así. Soy madre, no señora. Soy esposa de Craster e hija de Craster, y también soy madre.
Edd el Penas cogió en brazos al bebé mientras Elí subía al carro y se cubría las piernas con unas pieles que olían a rancio. Para entonces, el cielo era más gris que negro hacia el este. Lew el Zurdo estaba deseoso de emprender la marcha. Edd le devolvió el bebé a Elí, que se lo llevó al pecho.
«Puede que sea la última vez que veo el Castillo Negro», pensó Sam mientras montaba a lomos de su yegua. Cuando llegó detestaba aquel lugar, pero en aquel momento no soportaba la idea de tener que partir.
—¡En marcha! —ordenó Bulwer.
Un látigo restalló, y los carros empezaron a traquetear lentamente por el camino mientras la nieve caía a su alrededor. Sam se detuvo un instante junto a Clydas, Edd el Penas y Jon Nieve.
—Bueno —dijo—. Hasta pronto.
—Hasta pronto, Sam —respondió Edd el Penas—. No creo que tu barco se hunda. Los barcos sólo se hunden si yo estoy a bordo.
Jon estaba contemplando los carros.
—La primera vez que vi a Elí estaba de pie, con la espalda contra una pared del Torreón de Craster —dijo—. Era una chiquilla flaca de pelo oscuro y barriga enorme, y Fantasma la tenía aterrorizada. Se había colado entre sus conejos, y ella tenía miedo de que la desgarrara para devorar al bebé... Pero no era del lobo de quien debía tener miedo, ¿verdad?
«No —pensó Sam—. El peligro era Craster, su propio padre.»
—Es más valiente de lo que ella misma sabe.
—Tú también, Sam. Que tengas un viaje rápido y seguro, y cuida de ella, de Aemon y del bebé. —Jon esbozó una sonrisa extraña, triste—. Y súbete la capucha. Los copos de nieve se te derriten en el pelo.

06 - Arya

ARYA

La luz ardía tenue y lejana, muy baja en el horizonte, un brillo entre las nieblas marinas.
—Parece una estrella —dijo Arya.
—La estrella del hogar —convino Denyo.
Era su padre el que gritaba órdenes. Los marineros subían y bajaban por los tres altos mástiles y se movían por los aparejos para arriar las pesadas velas moradas. Abajo, los remeros jadeaban y se afanaban con las dos grandes hileras de remos. Las cubiertas crujían y se inclinaban mientras la galera Hija del Titán viraba hacia estribor.
«La estrella del hogar.» Arya estaba en la proa con una mano en el mascarón dorado, una doncella con un cuenco de fruta. Durante un breve instante se permitió fingir que lo que tenía delante era de verdad su hogar.
Pero aquello era una estupidez. Su hogar ya no existía; sus padres habían muerto asesinados, igual que todos sus hermanos, menos Jon Nieve, que estaba en el Muro. Era allí adonde habría querido ir. Así se lo dijo al capitán, pero ni la moneda de hierro bastó para convencerlo. Arya tenía la sensación de que no llegaba nunca a los lugares que quería alcanzar. Yoren había jurado devolverla a Invernalia, pero había acabado en una tumba, y ella, en Harrenhal. Cuando escapó de Harrenhal para ir a Aguasdulces, Lim, Anguy y Tom Siete la tomaron prisionera y la arrastraron a la colina hueca. Luego, el Perro la secuestró y la arrastró a Los Gemelos. Arya lo dejó agonizante junto al río y siguió camino hasta Salinas con la esperanza de encontrar un barco que la llevara a Guardiaoriente del Mar, pero...
«Puede que Braavos no esté tan mal. Syrio era de Braavos, y a lo mejor, Jaqen también.» Había sido Jaqen quien le había dado la moneda de hierro. En realidad no era su amigo, cosa que sí había sido Syrio, pero ¿de qué le habían servido los amigos hasta entonces? «Mientras tenga a Aguja no necesito amigos.» Acarició el pomo pulido de la espada con la yema del pulgar, deseando, deseando...
A decir verdad, no sabía qué desear, igual que no sabía qué le esperaba bajo aquella luz distante. El capitán la había admitido a bordo, pero no tenía tiempo para hablar con ella. Algunos miembros de la tripulación la evitaban; otros, en cambio, le hacían regalos: un tenedor de plata, unos mitones, un gorro de lana con parches de cuero... Un hombre la enseñó a hacer nudos de marinero. Otro le servía a veces traguitos de vino de fuego. Los que eran amistosos con ella se golpeaban el pecho y repetían su nombre una y otra vez hasta que Arya lo pronunciaba, aunque ninguno se molestó en preguntarle a ella cómo se llamaba. La llamaban Salina porque había subido a bordo en Salinas, cerca de la desembocadura del Tridente. En fin, era un nombre tan bueno como cualquier otro.
Ya había desaparecido la última estrella de la noche; sólo quedaban las dos que se divisaban delante.
—Ahora son dos estrellas.
—Dos ojos —dijo Denyo—. El Titán nos ve.
«El Titán de Braavos.» La Vieja Tata les contaba cuentos sobre el Titán cuando vivían en Invernalia. Era un gigante alto como una montaña y, cuando un peligro se cernía sobre Braavos, se despertaba con fuego en los ojos, y los miembros de piedra le rechinaban y gemían mientras se adentraba en el mar para acabar con los enemigos.
—Los braavosis lo alimentan con la carne jugosa y rosada de niñas nobles —terminaba Nan, y Sansa siempre soltaba un gritito estúpido. Pero el maestre Luwin decía que el Titán no era más que una estatua, y que los cuentos de la Vieja Tata no eran más que cuentos.
«Invernalia se quemó; ya no existe —se recordó Arya. Seguramente, la Vieja Tata y el maestre Luwin estaban muertos, igual que Sansa. No servía de nada pensar en ellos—. Todos los hombres mueren.» Eso era lo que significaban las palabras que Jaqen H'ghar le había enseñado cuando le dio la moneda de hierro desgastada. Había aprendido más palabras en braavosi desde que zarparon de Salinas, cosas como por favor, gracias, mar, estrella y vino de fuego, pero todas ellas habían llegado después de todos los hombres mueren. La mayoría de los tripulantes de la Hija chapurreaba la lengua común porque habían pasado muchas noches en Antigua, en Desembarco del Rey o en Poza de la Doncella, pero sólo el capitán y sus hijos la dominaban lo suficiente para hablar con Arya. Denyo era el menor de esos hijos: se trataba de un muchacho regordete y alegre de doce años que se ocupaba del camarote de su padre y ayudaba a su hermano mayor a hacer las cuentas.
—Espero que vuestro Titán no tenga hambre —le dijo Arya.
—¿Hambre? —repitió Denyo, desconcertado.
—Déjalo. —Aunque fuera verdad que el Titán comía carne jugosa y rosada de niñas, Arya no tenía nada que temer. Estaba tan flaca que no era comida digna de un gigante, y ya tenía casi once años; era prácticamente una mujer. «Además, Salina no es noble»—. ¿El Titán es el dios de Braavos? —preguntó—. ¿O tenéis a los Siete?
—En Braavos se adora a todos los dioses. —Al hijo del capitán le gustaba hablar de su ciudad casi tanto como del barco de su padre—. Tus Siete tienen un septo aquí, el Septo-más-allá-del-Mar, pero ahí sólo van los marineros ponientis.
«No son mis Siete. Eran los dioses de mi madre, y permitieron que los Frey la asesinaran en Los Gemelos. —¿Habría en Braavos un bosque de dioses, con un arciano en el centro? Tal vez Denyo lo supiera, pero no se lo podía preguntar. Salina era de Salinas, y ¿qué sabía una niña de Salinas sobre los antiguos dioses del Norte?—. Los antiguos dioses han muerto, igual que mis padres, y Robb, y Bran, y Rickon; todos han muerto.» Recordó como su padre había dicho, mucho tiempo atrás, que cuando soplan los vientos fríos, el lobo solitario muere y la manada sobrevive. «Pues es al revés.» Arya, la loba solitaria, seguía viva, pero a los lobos de la manada los habían capturado, asesinado y desollado.
—Los Bardos Lunares nos trajeron a este refugio, donde los dragones de Valyria no nos podrían encontrar —le explicó Denyo—. Su templo es el más grande. También honramos al Padre de las Aguas, pero su casa se vuelve a construir cada vez que toma esposa. El resto de los dioses convive en una isla, en el centro de la ciudad. Allí es donde encontrarás al... Al Dios de Muchos Rostros.
Los ojos del Titán parecían cada vez más brillantes y más distantes entre sí. Arya no conocía a ningún Dios de Muchos Rostros, pero si respondía a las plegarias, tal vez fuera la deidad que buscaba.
«Ser Gregor —pensó—. Dunsen, Raff el Dulce, Ser Ilyn, Ser Meryn, la reina Cersei. Sólo quedan seis.» Joffrey estaba muerto; el Perro había matado a Polliver, y ella misma se había encargado del Cosquillas, y también de aquel escudero idiota de la espinilla. «No lo habría matado si no me hubiera agarrado.» El Perro estaba agonizando cuando lo abandonó a orillas del Tridente; ardía de fiebre por culpa de su herida. «Tendría que haberme apiadado de él y haberle clavado un cuchillo en el corazón.»
—¡Mira, Salina! —Denyo la agarró por el brazo para que se volviera—. ¿Lo ves? ¡Allí! —Señaló con el dedo.
Las nieblas se abrían ante ellos; la proa del barco rasgaba los cortinajes grises. La Hija del Titán hendía las aguas plomizas, viento en popa, impulsada por las velas moradas. Arya oía los graznidos de las aves marinas. Allí, en el lugar hacia donde señalaba Denyo, una hilera de riscos surgía abruptamente del mar, con las laderas escarpadas cubiertas de pinos soldado y píceas negruzcas. Pero más allá reaparecía el mar, y allí, sobre las aguas, se alzaba imponente el Titán, con los ojos llameantes y el pelo verde al viento.
Sus piernas salvaban la distancia entre las elevaciones de tierra; tenía un pie en cada montaña, y sus hombros se cernían amenazadores sobre las cimas rocosas. Las piernas eran de piedra maciza, del mismo granito negro que las montañas marinas sobre las que se alzaba, aunque en torno a las caderas llevaba una faldilla de armadura de bronce verdoso. La coraza también era de bronce, y en la cabeza llevaba un yelmo con cimera. La melena ondulante estaba hecha de cuerdas de cáñamo teñidas de verde, y en las cavernas que eran sus ojos ardían hogueras enormes. Una mano reposaba en el risco de la izquierda, con los dedos de bronce cerrados en torno a un saliente de piedra; la otra se alzaba en el aire y sostenía el puño de una espada rota.
«Sólo es un poco más grande que la estatua del rey Baelor que hay en Desembarco del Rey», se dijo cuando aún estaban a buena distancia. Pero a medida que la galera se iba acercando al lugar donde las olas rompían contra los riscos, el Titán se hacía aún más gigantesco. Oyó al padre de Denyo gritar órdenes con su voz retumbante, y los aparejadores empezaron a arriar las velas.
«Vamos a pasar a remo entre las piernas del Titán. —Arya divisó las troneras en la gran coraza de bronce, así como las manchas y las pecas que formaban los nidos de las aves marinas en los brazos y hombros del Titán. Estiró el cuello—. Baelor el Santo no le llegaría ni a las rodillas. Podría saltar por encima de las murallas de Invernalia.»
En aquel momento, el Titán lanzó un rugido.
Fue un sonido tan ciclópeo como él, un alarido terrible, arrasador, tan estruendoso que incluso ahogó la voz del capitán y el sonido de las olas que rompían contra los riscos cuajados de pinos. Un millar de aves marinas levantó el vuelo, y Arya se estremeció de pánico hasta que vio que Denyo se reía.
—Sólo está avisando al Arsenal de nuestra llegada —le gritó—. No tengas miedo.
—No tengo miedo —replicó Arya, también a gritos—. Es que ha sonado muy fuerte, nada más.
El viento y las olas controlaban ya a la Hija del Titán y la transportaban velozmente hacia el canal. La doble hilera de remos se movía con fluidez; las palas hendían el mar y formaban espuma blanca mientras la sombra del Titán caía sobre el barco. Durante un momento pareció que iban a chocar irremediablemente contra las piedras en las que apoyaba los pies. Arya, acuclillada junto a Denyo en la proa, sentía el sabor salado en los labios cada vez que las salpicaduras le llegaban a la cara. Tuvo que mirar casi en vertical para ver la cabeza del Titán.
«Los braavosis lo alimentan con la carne jugosa y rosada de niñas nobles», oyó decir de nuevo a la Vieja Tata, pero ella no era niña, y no se iba a asustar de una estúpida estatua.
Pese a todo, no apartó la mano de Aguja mientras pasaban entre sus piernas. En la cara interior de los enormes muslos de piedra había más aspilleras y, cuando Arya estiró el cuello y giró la cabeza para ver cómo el puesto del vigía pasaba a menos de diez varas de la faldilla del Titán, divisó los matacanes que había en la parte inferior, y también las caras blanquecinas que los miraban entre los barrotes de hierro.
Y de pronto se encontraron al otro lado.
La sombra se esfumó; los riscos cubiertos de pinos volvieron a aparecer a ambos lados; el viento amainó, y se encontraron en una gran laguna. Ante ellos se alzaba otra montaña marina, un saliente de roca que surgía de las aguas como un puño con púas, con las almenas rebosantes de escorpiones, escupefuegos y trabuquetes.
—El Arsenal de Braavos —lo había llamado Denyo, tan orgulloso como si lo hubiera edificado él mismo—. Ahí pueden construir una galera de combate en un día.
Arya divisó docenas de galeras amarradas en los embarcaderos o situadas todavía en las rampas por las que se deslizarían hacia el mar. Las proas pintadas de otras sobresalían de incontables cobertizos de madera, a lo largo de la costa pedregosa, como perros en sus casetas, esbeltos, crueles y hambrientos, a la espera de que los llamara el cuerno del cazador. Trató de contarlas, pero eran demasiadas, y había otros atracaderos, muelles y cobertizos más allá de donde la línea de la costa describía una curva.
Dos galeras habían salido a su encuentro. Parecían surcar las aguas como libélulas, con sus remos blancos moviéndose al compás. Arya oyó que el capitán les gritaba algo y los capitanes de las galeras respondían también a gritos, pero no entendió qué decían. Sonó un gran cuerno. Las galeras pasaron junto a ellos, una a cada lado, tan cerca que alcanzó a oír el sonido amortiguado de los tambores en el interior de los cascos violeta, bum bum bum bum bum bum bum bum bum, como el palpitar de corazones vivos.
Luego dejaron atrás las galeras, y también el Arsenal. Ante ellos se extendía una amplia zona de aguas verde guisante, como una lámina de cristal coloreado. En su húmedo corazón se alzaba la ciudad, una gran extensión de cúpulas, torres y puentes, todo en gris, dorado y rojo.
«Las cien islas de Braavos en el mar.»
El maestre Luwin les había hablado de Braavos, pero Arya no recordaba gran cosa. Era una ciudad llana, eso se veía desde lejos, en nada parecida a Desembarco del Rey, que se alzaba sobre tres colinas. Allí, las únicas colinas eran las que habían levantado los hombres con ladrillo, granito, bronce y mármol. También faltaba algo, aunque tardó unos instantes en darse cuenta de qué era.
«La ciudad no tiene murallas.» Cuando se lo dijo a Denyo, el chico se rió de ella.
—Nuestras murallas son de madera y están pintadas de violeta —le explicó—. Las galeras son nuestras murallas. No nos hacen falta otras.
La cubierta crujió a sus espaldas. Arya se volvió y se encontró con el padre de Denyo, ataviado con la capa de capitán, de lana morada. El capitán comerciante Ternesio Terys iba afeitado, y llevaba el pelo cano muy corto y pulcro, enmarcando un rostro cuadrado y curtido por los vientos. Durante la travesía lo había visto bromear a menudo con la tripulación, pero cuando fruncía el ceño, los hombres huían de él como si se avecinara una tormenta. En aquel momento tenía el ceño fruncido.
—Se acerca el final del viaje —le dijo a Arya—. Vamos a Puerto Chequy, donde los aduaneros del señor del Mar subirán a inspeccionar las bodegas. Tardarán medio día, como siempre, pero no hace falta que esperes hasta que terminen. Recoge tus cosas. Mandaré que bajen un bote, y Yorko te llevará a tierra.
«A tierra.» Arya se mordisqueó el labio. Había cruzado el mar Angosto para llegar allí, pero, si el capitán se lo hubiera preguntado, le habría dicho que prefería seguir a bordo de la Hija del Titán. Salina era demasiado menuda para manejar un remo, ya lo sabía, pero podía aprender a hacer nudos, arriar las velas y seguir un rumbo a través del ancho mar. Un día, Denyo la había subido a la cofa, y a ella no le había dado ningún miedo, aunque la cubierta se veía diminuta y muy abajo.
«Yo también sé hacer cuentas, y puedo limpiar un camarote.»
Pero en la galera no hacía falta un segundo grumete. Además, bastaba con ver la cara del capitán para darse cuenta de las ganas que tenía de librarse de ella. De modo que se limitó a asentir.
—A tierra —dijo, aunque eso significaba que estaría entre desconocidos.
—Valar dohaeris. —Se llevó dos dedos a la frente—. Te ruego que recuerdes a Ternesio Terys y el servicio que te ha prestado.
—Eso haré —respondió Arya con un hilo de voz. El viento le tironeaba la capa, insistente como un fantasma. Era hora de que se marchara.
«Recoge tus cosas», le había dicho el capitán; pero no tenía gran cosa que recoger: sólo la ropa que llevaba puesta, la bolsita de monedas, los regalos que le había hecho la tripulación, el puñal que llevaba colgado de la cadera izquierda y Aguja, a la derecha.
El bote estuvo preparado antes que ella, con Yorko a los remos. También era hijo del capitán, pero mayor que Denyo y no tan simpático.
«No me he despedido de Denyo —pensó mientras bajaba. Tal vez no volvería a ver al niño—. Tendría que haberme despedido de él.»
La Hija del Titán quedó tras ellos meciéndose en las aguas, mientras la ciudad se tornaba más y más grande con cada paletada de los remos de Yorko. A la derecha se divisaba un puerto, un entramado de muelles y atracaderos llenos de barcos balleneros de Ibben, naves cisne de las Islas del Verano y más galeras de las que habría podido contar. A su izquierda había otro puerto, más lejano, pasado un cabo donde la parte superior de barcos medio hundidos sobresalía de las aguas. Arya nunca había visto tantos edificios grandes en un solo lugar. En Desembarco del Rey estaban la Fortaleza Roja, el Gran Septo de Baelor y Pozo Dragón, pero al parecer, en Braavos había una veintena de templos, torres y palacios tan grandes como aquellos o incluso más.
«Volveré a ser un ratón —pensó, sombría—, igual que en Harrenhal antes de escaparme.»
Desde donde estaba el Titán, la ciudad le había parecido una única isla grande, pero a medida que los remos de Yorko los acercaban vio que se trataba de muchas islas pequeñas enlazadas por puentes de piedra en forma de arco que salvaban los incontables canales. Más allá del puerto divisó unas calles con casas de piedra gris, tan juntas que casi se apoyaban las unas contra las otras. A Arya le parecieron unos edificios extraños. Eran de cuatro o cinco pisos de altura, muy estrechos y con tejados en forma de pico, como sombreros puntiagudos. No vio ningún techo de paja, y apenas unas cuantas casas de madera, de las que abundaban en Poniente.
«Aquí no tienen árboles —advirtió—. Braavos es todo de piedra, una ciudad gris sobre un mar verde.»
Yorko enfiló hacia la zona norte de los atracaderos, y bajaron por un gran canal, una ancha vía de agua que llevaba directamente al centro de la ciudad. Pasaron bajo los puentes de piedra tallada, decorados con un centenar de tipos de peces, cangrejos y calamares. Un segundo puente apareció ante ellos, con un encaje de tallas de hojas de parra, y más allá, un tercero que los miraba fijamente con un centenar de ojos pintados. A ambos lados se abrían las bocas de canales más pequeños, en los que a su vez confluían otros más pequeños aún. Algunas casas se alzaban sobre los canales, lo que los transformaba en una especie de túneles. Por ellos se deslizaban botes de líneas esbeltas, con forma de serpiente marina, con la cabeza pintada y la cola alzada. Arya se fijó en que no se movían con remos, sino con pértigas manejadas por hombres situados en la popa, vestidos con capas de color gris, marrón y verde musgo. También vio barcazas de fondo plano en las que se amontonaban cajones y barriles, impulsadas por veinte pértigas a cada lado, y elegantes casas flotantes con farolillos de cristal coloreado, cortinajes de terciopelo y mascarones de proa metálicos. A lo lejos, por encima de casas y canales, había una especie de gigantesco camino de piedra gris que reposaba sobre pilares unidos por una arcada de tres niveles y se perdía entre la neblina hacia el sur.
—¿Qué es eso? —le preguntó Arya a Yorko al tiempo que se lo señalaba.
—El río de agua dulce —le respondió—. Trae agua fresca de tierra firme, de más allá de los estuarios y los bajíos de salitre. Agua buena de los manantiales.
Al mirar hacia atrás descubrió que ya no se veían el puerto ni la laguna. Al frente, una hilera de estatuas se alzaba a los lados del canal: hombres de piedra con expresión solemne y túnica de bronce salpicada de excrementos de aves marinas. Unos tenían en las manos un libro; otros, un puñal; otros, un martillo. Uno sostenía en alto una estrella dorada; otro vertía en el canal un chorro interminable desde una vasija de piedra.
—¿Son dioses? —preguntó Arya.
—Señores del Mar —respondió Yorko—. La isla de los Dioses está más allá. ¿Ves? Seis puentes más abajo, en la orilla derecha. Aquel es el templo de los Bardos Lunares.
Era uno de los que Arya había divisado desde la laguna, una mole imponente de mármol níveo coronada por una gran cúpula plateada cuyos vitrales de vidrio blanco mostraban todas las fases de la luna. Las puertas estaban flanqueadas por un par de doncellas de mármol, tan altas como los señores del Mar, que sostenían un dintel en forma de media luna.
Más allá había otro templo, un edificio de piedra roja tan austero como cualquier fortaleza. En la parte superior de la gran torre cuadrada ardía una almenara en un brasero de hierro de treinta palmos de diámetro, y otras de menor tamaño ardían a los lados de las puertas metálicas.
—A los sacerdotes rojos les gusta el fuego —le explicó Yorko—. Su dios es R'hllor, el Señor de la Luz.
«Ya lo sé.» Arya recordó a Thoros de Myr, con su armadura vieja, sus túnicas desgastadas y tan desteñidas que, más que un sacerdote rojo, parecía un sacerdote rosa. Pero había rescatado a Lord Beric de la muerte con un beso. Contempló la casa del dios rojo mientras pasaban junto a ella y se preguntó si los sacerdotes braavosis podrían hacer lo mismo.
A continuación se alzaba un gran edificio de ladrillo festoneado con líquenes. De no ser por el comentario de Yorko, Arya lo habría tomado por un almacén.
—Es el Refugio Sagrado, donde se adora a los dioses menores que el mundo ha olvidado. También lo llaman la Casa de las Mil Habitaciones.
Entre los muros verdecidos de la Casa de las Mil Habitaciones discurría un pequeño canal, y por él se adentraron. Atravesaron un túnel antes de volver a salir a la luz. A ambos lados se alzaban más templos.
—No imaginaba que hubiera tantos dioses —dijo Arya.
Yorko dejó escapar un gruñido. Doblaron una curva del río y pasaron bajo otro puente. A su izquierda apareció una loma rocosa sobre la que se alzaba un templo de piedra gris oscuro y sin ventanas. Un tramo de peldaños de piedra bajaba de sus puertas a un atracadero cubierto.
Yorko echó los remos hacia atrás, y el bote chocó con suavidad contra los pilares de piedra. Se agarró a un aro de hierro para no apartarse.
—Te dejo aquí.
El atracadero era sombrío; la escalera, empinada. El tejado negro del templo estaba rematado en una punta afilada, igual que las casas que flanqueaban los canales. Arya se mordisqueó el labio.
«Syrio llegó de Braavos. Tal vez visitara este templo. Tal vez subiera por estos peldaños.» Se agarró a otro aro y saltó al atracadero.
—Ya sabes cómo me llamo —le dijo Yorko desde el bote.
—Yorko Terys.
—Valar dohaeris.
Se impulsó con un remo y volvió a salir a aguas más profundas. Arya lo contempló mientras volvía, remando, por donde habían llegado, hasta que lo perdió de vista entre las sombras del puente. A medida que el susurro de los remos se desvanecía, se hizo un silencio tal que casi oía los latidos de su propio corazón. De repente se encontraba en otro lugar... En Harrenhal, con Gendry, o tal vez en los bosques del Tridente, con el Perro.
«Salina es una niña idiota —se dijo—. Soy un lobo; no estoy asustada.» Palmeó el puño de Aguja como si fuera un amuleto, se sumergió en las sombras y subió los peldaños de dos en dos, para que nadie pudiera decir que había tenido miedo.
Arriba se encontró ante un par puertas de madera tallada, de diez codos de altura. La puerta de la izquierda era de arciano blanco como el hueso; la derecha, de ébano brillante. En el centro de cada una había una luna llena tallada, de ébano en la puerta de arciano y de arciano en la de ébano. En cierto modo le recordaban al árbol corazón del bosque de dioses de Invernalia.
«Las puertas me están mirando —pensó. Empujó las dos a la vez con las manos enguantadas, pero no cedieron—. Están cerradas a cal y canto.»
—Dejadme entrar, idiotas —dijo—. He cruzado el mar Angosto. —Las golpeó con el puño—. Jaqen me dijo que viniera. Tengo la moneda de hierro. —Se la sacó de la bolsa y la mostró—. ¿Veis? Valar morghulis.
La única respuesta de las puertas consistió en abrirse.
Se abrieron hacia dentro en silencio, sin que ninguna mano humana las moviera. Arya dio un paso al frente, y luego otro. Las puertas se cerraron a su espalda y, durante un momento, se quedó a ciegas. Tenía a Aguja en la mano, aunque no recordaba haberla desenvainado.
Unas cuantas velas ardían a lo largo de las paredes, pero daban tan poca luz que Arya no se veía ni los pies. Alguien susurraba, aunque en voz tan baja que no entendía las palabras. Otra persona sollozaba. Oyó un sonido de pisadas ligeras, cuero contra piedra, y una puerta que se abría y se cerraba.
«Agua, también se oye el agua.»
Poco a poco, la vista se le acostumbró a la oscuridad. El templo parecía mucho más grande por dentro que por fuera. Los septos de Poniente tenían siete lados, con siete altares dedicados a los siete dioses, pero allí había muchos más. Sus estatuas se alzaban a lo largo de las paredes, inmensas, amenazadoras. Alrededor de sus pies ardían velas rojas titilantes, tenues como estrellas lejanas. La que tenía más cerca era de mármol, de más de cuatro varas de altura, y representaba una mujer. De sus ojos brotaban lágrimas de verdad que iban a caer al cuenco que sostenía entre los brazos. La siguiente era de un hombre con cabeza de león sentado en un trono de ébano tallado. Al otro lado de las puertas, un enorme caballo de hierro y bronce se alzaba encabritado sobre las patas traseras. Más allá distinguió un gran rostro de piedra, un niño pálido con una espada, una cabra peluda del tamaño de un uro, un hombre encapuchado que se apoyaba en un bastón... Las otras estatuas eran sólo bultos que se cernían sobre ella, apenas entrevistas en la penumbra. Entre los dioses había nichos ocultos donde anidaban las sombras, con una vela encendida aquí y allá.
Silenciosa como una sombra, Arya avanzó entre las largas hileras de bancos de piedra con la espada en la mano. Los pies le indicaron que el suelo era de piedra; no de mármol pulido como en el del Gran Septo de Baelor, sino más basto. Pasó junto a unas mujeres que susurraban. El aire era cálido y denso, tan cargado que no pudo contener un bostezo. Le llegaba el olor de las velas. Tenían un aroma que no le resultaba familiar. Lo atribuyó a algún incienso extraño, pero a medida que se adentraba en el templo le pareció que empezaban a oler a nieve, a agujas de pino y a guiso caliente.
«Olores buenos», se dijo, y se sintió un poco más valiente. Tanto como para volver a envainar a Aguja.
En el centro del templo encontró el agua que había oído antes: un estanque de algo más de tres varas de diámetro, negro como la tinta, iluminado por velas rojas de luz tenue. Junto a él había un hombre sentado. Llevaba una capa plateada y se oían sus sollozos quedos. Observó como metía una mano en el agua y provocaba ondulaciones escarlata en todo el estanque. Cuando sacó los dedos, se los fue lamiendo uno a uno.
«Debe de tener sed.» A lo largo del borde del estanque había vasijas de piedra. Arya cogió una, la llenó y se la llevó para que bebiera. El joven la miró atentamente mientras se la ofrecía.
—Valar morghulis —dijo.
—Valar dohaeris —respondió ella.
Él bebió a tragos largos y después dejó caer la vasija en el estanque. Se puso en pie meciéndose, sujetándose el vientre. Durante un momento, Arya pensó que se iba a caer. Entonces se fijó en la mancha oscura que tenía bajo el cinturón, una mancha que se extendía mientras la miraba.
—Te han apuñalado —farfulló, pero el hombre no le prestó atención. Caminó tambaleante hacia la pared y se metió en un nicho, en un lecho de dura piedra. Al mirar a su alrededor, Arya vio que había más nichos. En algunos había ancianos durmiendo.
«No —pareció susurrar en su cabeza una voz apenas recordada—. Están muertos o moribundos. Mira con los ojos.»
Una mano le rozó el brazo.
Arya se giró bruscamente, pero no era más que una chiquilla, una niñita pálida con una túnica cuya capucha parecía devorarla, negra por el lado derecho y blanca por el izquierdo. Debajo se veía un rostro demacrado y huesudo, con las mejillas hundidas y unos ojos oscuros, grandes como platos.
—No me agarres —le advirtió Arya a la chiquilla—. Al último niño que me agarró, lo maté.
La pequeña dijo unas palabras, pero Arya no las comprendió. Sacudió la cabeza.
—¿No hablas la lengua común?
—Yo sí —dijo una voz a sus espaldas.
A Arya no le gustaba que la sorprendieran así una y otra vez. El hombre encapuchado era alto y llevaba una túnica blanca y negra igual que la de la niña, sólo que más grande. Bajo la capucha, Arya sólo distinguió un brillo rojizo y tenue, el reflejo de la vela en sus ojos.
—¿Qué lugar es este? —le preguntó.
—Un lugar de paz. —Hablaba con voz amable—. Aquí estás a salvo. Esto es la Casa de Blanco y Negro, pequeña, aunque eres joven para buscar el favor del Dios de Muchos Rostros.
—¿Es como el dios sureño, el de las siete caras?
—¿Siete? No. Sus rostros son incontables, pequeña; tiene tantos como estrellas hay en el cielo. En Braavos, cada cual adora al dios que se le antoja... Pero, al final de todos los caminos aguarda el que Tiene Muchos Rostros. También a ti te aguardará algún día, no temas. No hace falta que corras a sus brazos.
—Sólo he venido a buscar a Jaqen H'ghar.
—No conozco ese nombre.
Se le hizo un nudo en el estómago.
—Era de Lorath. Tenía el pelo blanco por un lado y rojo por el otro. Me dijo que me enseñaría secretos y me dio esto. —Llevaba en el puño la moneda de hierro. Cuando abrió los dedos se le quedó pegada a la mano sudorosa.
El sacerdote examinó la moneda, pero no hizo ademán de tocarla. La niñita de los ojos enormes también la miró.
—Dime tu nombre, pequeña —dijo al final el hombre encapuchado.
—Salina. Vengo de Salinas, junto al Tridente.
No podía verle el rostro, pero de alguna manera percibió que sonreía.
—No —respondió—. Dime tu nombre.
—Pajarito —corrigió.
—Tu nombre verdadero, niña.
—Mi madre me puso Nan, pero me llaman Comadreja...
—Tu nombre.
Tragó saliva.
—Arry. Soy Arry.
—Ya se parece más. Y ahora, la verdad.
«El miedo hiere más que las espadas», se dijo.
—Arya. Soy Arya de la Casa Stark. —La primera vez susurró la palabra; la segunda se la tiró a la cara.
—Esa eres, pero en la Casa de Blanco y Negro no hay lugar para Arya de la Casa Stark.
—Por favor —suplicó—. No tengo adonde ir.
—¿Temes a la muerte?
Se mordisqueó el labio.
—No.
—Veamos. —El sacerdote se bajó la capucha. Bajo ella no había ningún rostro, sólo un cráneo amarillento con unas tiras de piel todavía aferradas a las mejillas y un gusano blanco que se retorcía en una órbita ocular—. Dame un beso, niña —graznó con una voz tan seca y áspera como el cloqueo de la muerte.
«¿Se cree que me asusta?» Arya lo besó allí donde debería haber tenido la nariz y cogió el gusano del ojo para comérselo, pero se le derritió como una sombra en la mano.
El cráneo amarillo también se derritió y, de repente, el anciano de aspecto más bondadoso que había visto jamás la miraba con una sonrisa.
—Hasta ahora, nadie había intentado comerse mi gusano —dijo—. ¿Tienes hambre, pequeña?
«Sí —pensó ella—, pero no de comida.»