28 de febrero de 2008

01 - El Profeta

El Profeta

Aeron Pelomojado estaba ahogando hombres en Gran Wyk cuando le llevaron la noticia de que el rey había muerto.
La mañana era fría y desapacible; el mar tenía el mismo color plomizo que el cielo. Los tres primeros hombres habían ofrecido sus vidas al Dios Ahogado sin temor alguno, pero la fe del cuarto era débil, y cuando sus pulmones pidieron aire desesperadamente, empezó a forcejear. Aeron, metido hasta la cintura en la espuma de las olas, agarró por los hombros al muchacho desnudo y le metió la cabeza bajo el agua cuando trató de tomar una bocanada de aire.
—Ten valor —le dijo—. Venimos del mar, y al mar hemos de volver. Abre la boca y bebe la bendición del dios. Que tus pulmones se llenen de agua; así morirás y podrás renacer. Es inútil que te resistas.
Tal vez el chico no lo oyera con la cabeza bajo las olas, o tal vez hubiera perdido por completo la fe; el caso fue que empezó a patalear y debatirse de una manera tan desaforada que Aeron tuvo que pedir ayuda. Cuatro de sus hombres ahogados se metieron en el agua para sujetar al muchacho.
—Señor Dios que te ahogaste por nosotros —rezó el sacerdote con una voz tan retumbante como el mar—, permite que tu siervo Emmond renazca del mar, como renaciste tú. Bendícelo con sal, bendícelo con piedra, bendícelo con acero.
Por fin terminó todo. Ya no salían burbujas de la boca del muchacho, y sus miembros habían perdido toda la fuerza. Emmond quedó flotando en las aguas bajas, pálido, frío, en paz.
Entonces advirtió Pelomojado que, en la playa de guijarros, junto a sus hombres ahogados, había tres jinetes. Aeron conocía a Sparr, un anciano de rostro afilado y ojos llorosos cuya voz temblorosa era ley en aquella parte del Gran Wyk. Lo acompañaban su hijo Steffarion y otro joven, ataviado con una capa color rojo oscuro ribeteada de piel, que se sujetaba al hombro con un broche ornamentado con la forma del cuerno de guerra negro y dorado de los Goodbrother.
«Uno de los hijos de Gorold», supo el sacerdote nada más verlo. La esposa de Goodbrother le había dado tres hijos varones de buena estatura después de una docena de hijas; se decía que no había manera de distinguirlos. Aeron Pelomojado ni se dignó intentarlo. Ya se tratara de Greydon, de Gormond o de Gran, no tenía tiempo para él.
Gruñó una orden brusca, y sus hombres ahogados cogieron el cadáver del muchacho por los brazos y las piernas para llevarlo a tierra. El sacerdote los siguió; su único atuendo era un taparrabos de piel de foca. Volvió a la orilla chapoteando, empapado y con la piel de gallina, y pisó la arena húmeda y fría y los guijarros pulidos por las mareas. Uno de sus hombres ahogados le tendió una gruesa túnica de tejido basto con estampado de cuadros azules y grises, los colores del mar, los del Dios Ahogado. Aeron se puso la túnica y se soltó el pelo. Era una melena negra, empapada; no la había tocado navaja alguna desde el día en que el mar lo elevó. Le caía por los hombros como una capa harapienta, nudosa, hasta más allá de la cintura. Aeron tenía por costumbre entretejerse tiras de algas en los mechones, y también se adornaba así la barba enmarañada y sin recortar.
Los hombres ahogados habían formado un círculo en torno al chico muerto y estaban rezando. Norje le subía y bajaba los brazos mientras Rus, arrodillado a horcajadas sobre él, le bombeaba el pecho, pero cuando llegó Aeron, todos le abrieron paso. Separó los labios fríos del muchacho con los dedos y le dio a Emmond el beso de la vida, una vez, y otra, y otra, y otra, hasta que el mar le brotó de la boca como un torrente. El chico empezó a toser y escupir, parpadeó y abrió unos ojos llenos de miedo.
«Otro que vuelve.» Se decía que era una señal del favor del Dios Ahogado. Los demás sacerdotes perdían un hombre de cuando en cuando; le había sucedido incluso a Tarle el Tres Veces Ahogado, al que se consideraba tan santo que hasta fue elegido para coronar a un rey. En cambio, a Aeron Greyjoy, nunca. Él era Pelomojado, el que había visto las estancias acuosas del dios y había vuelto para contarlo.
—Levántate —le dijo al chico, que vomitaba agua, al tiempo que le daba palmadas en la espalda desnuda—. Te has ahogado y has vuelto entre nosotros. Lo que está muerto no puede morir.
—Sino que se levanta. —El chico sufrió un violento ataque de tos y vomitó más agua—. Se levanta otra vez. —Cada palabra le costaba un sufrimiento, pero así era el mundo: para vivir, todos los hombres tenían que luchar—. Se levanta otra vez. —Emmond se puso en pie a duras penas—. Más grande. Más fuerte.
—Ahora perteneces al dios —le dijo Aeron.
Los otros hombres ahogados lo rodearon, y cada uno le dio un puñetazo y un beso para recibirlo en la hermandad. Uno lo ayudó a ponerse una túnica basta de cuadros azules, verdes y grises; otro le entregó un garrote de madera de deriva.
—Ahora perteneces al mar, así que el mar te ha armado —le dijo Aeron—. Rezamos para que esgrimas el garrote con valor contra todos los enemigos de tu dios. —Después, el sacerdote se volvió hacia los tres jinetes, que los observaban sin descabalgar—. ¿Habéis venido a que os ahoguemos, mis señores?
Sparr carraspeó.
—Ya me ahogaron de pequeño —dijo—. Y a mi hijo también, el día de su nombre.
Aeron soltó un bufido. No le cabía duda de que Steffarion Sparr había sido entregado al Dios Ahogado poco después de su nacimiento. Y también sabía cómo: una pasada rápida por una pila de agua marina que apenas llegó a mojar la cabeza del bebé. No era de extrañar que otros mandaran sobre los hijos del hierro, sobre los mismos que otrora habían extendido sus dominios hasta dondequiera que se pudiera oír el batir de las olas.
—Eso no es un ahogamiento —les replicó a los jinetes—. Quien no muere de verdad no podrá levantarse de entre los muertos. ¿A qué habéis venido, si no es a demostrar vuestra fe?
—El hijo de Lord Gorold os trae noticias. —Sparr señaló al joven de la capa roja, que no aparentaba más de dieciséis años.
—¿Cuál eres tú? —le preguntó Aeron con tono brusco.
—Gormond. Gormond Goodbrother, para servir a mi señor.
—A quien tenemos que servir es al Dios Ahogado. ¿Has sido ahogado, Gormond Goodbrother?
—Sí, Pelomojado, en el día de mi nombre. Mi padre me ha enviado a buscaros para que vayáis a hablar con él. Tiene que veros.
—Pues aquí estoy. Dile a Lord Gorold que venga a regocijar sus ojos.
Aeron cogió el pellejo de cuero que le tendió Rus después de llenarlo de agua marina. El sacerdote quitó el corcho y bebió un trago.
—Tengo que llevaros a la fortaleza —insistió el joven Gormond desde su caballo.
«Tiene miedo de desmontar, no se le vayan a mojar las botas.»
—Y yo tengo que cumplir la misión del dios. —Aeron Greyjoy era un profeta. No estaba dispuesto a tolerar que un señor cualquiera le diera órdenes como si fuera un siervo.
—Gorold ha recibido un pájaro —dijo Sparr.
—El pájaro de un maestre; viene de Pyke —confirmó Gormond.
«Alas negras, palabras negras.»
—Los cuervos vuelan sobre la sal y la piedra. Si hay noticias que me afecten, comunicádmelas ya.
—La noticia que traemos únicamente la podéis oír vos, Pelomojado —dijo Sparr—. No es un asunto del que pueda hablar delante de estos otros.
—«Estos otros» son mis hombres ahogados, siervos del dios, igual que yo. No tengo secretos para ellos, ni tampoco para nuestro dios, junto a cuyo mar sagrado nos encontramos.
Los jinetes se miraron.
—Díselo —indicó Sparr, y el joven de la capa roja reunió todo su valor.
—El rey ha muerto —dijo sin más rodeos.
Cuatro palabras, cuatro palabras breves, pero el propio mar se estremeció cuando vibraron en el aire.
Había cuatro reyes en Poniente, pero Aeron no tuvo que preguntar a cuál se refería. Era Balon Greyjoy y nadie más quien gobernaba en las Islas del Hierro.
«El rey ha muerto. ¿Cómo es posible?» Aeron había visto a su hermano mayor hacía apenas una luna, cuando regresó a las Islas del Hierro tras el asedio de la Costa Pedregosa. El pelo entrecano de Balon se había tornado casi blanco durante la ausencia del sacerdote, y tenía los hombros más encorvados que cuando zarparon los barcoluengos. Pero por lo demás, el rey no le había parecido enfermo.
Aeron Greyjoy había edificado su vida sobre dos pilares poderosos. Aquellas cuatro palabras, aquellas cuatro palabras breves, acababan de derribar uno de ellos.
«Sólo me queda el Dios Ahogado. Rezo por que me haga tan fuerte e incansable como el mar.»
—Decidme cómo ha muerto mi hermano.
—Su Alteza estaba cruzando un puente en Pyke cuando se cayó. Se estrelló contra las rocas.
La fortaleza de los Greyjoy se alzaba en una punta de tierra y un montón de islotes; las torres y torreones se cimentaban en gigantescos montículos de piedra que surgían del mar. Unía todo Pyke un entramado de puentes en forma de arco de piedra tallada, y largos tramos cimbreantes de cuerda de cáñamo y planchas de madera.
—¿Rugía la tormenta cuando cayó? —preguntó Aeron con brusquedad.
—Sí —le respondió el joven.
—Fue el Dios de la Tormenta quien lo derribó —proclamó el sacerdote. El mar y el cielo llevaban mil millares de años guerreando. Del mar habían nacido los hijos del hierro y los peces que los sustentaban hasta en los días más fríos del invierno; en cambio, las tormentas sólo acarreaban infortunios y aflicción—. Mi hermano Balon nos volvió a hacer grandes, y eso le granjeó las iras del Dios de la Tormenta. Ahora está ya en las estancias acuosas del Dios Ahogado, y las sirenas atienden todos sus deseos. Nos corresponde a nosotros, los que quedamos atrás en este valle seco y lúgubre, terminar su inmensa labor. —Volvió a poner el corcho al pellejo de agua—. Hablaré con tu señor padre. ¿A qué distancia estamos de Cuernomartillo?
—A seis leguas. Podéis montar atrás en mi caballo.
—Iré más deprisa si voy solo. Dame tu caballo, y que el Dios Ahogado te bendiga.
—Llevaos mi caballo, Pelomojado —le ofreció Steffarion Sparr.
—No. Su montura es más fuerte. El caballo, chico.
El joven apenas titubeó un instante antes de desmontar y tenderle las riendas a Pelomojado. Aeron puso un pie negro y descalzo en el estribo y subió a la silla. No le gustaban los caballos, eran bestias de las tierras verdes que debilitaban a los hombres, pero las circunstancias lo obligaban a cabalgar.
«Alas negras, palabras negras.» Sentía que se fraguaba una tormenta, lo oía en las olas, y las tormentas nunca llevaban nada bueno.
—Reuníos conmigo en Guijarra, al pie de la torre de Lord Merlyn —les dijo a sus hombres ahogados al tiempo que obligaba al caballo a girar.
El camino era escarpado, un ascenso por colinas entre bosques y desfiladeros pedregosos, apenas un sendero que en ocasiones desaparecía bajo los cascos del caballo. Gran Wyk era la mayor de las Islas del Hierro; su extensión era tal que las fortalezas de algunos señores no se habían edificado junto al sagrado mar. La de Gorold Goodbrother era una de ellas. Sus torreones se alzaban en las colinas de Peñafuerte, tan lejos del reino del Dios Ahogado como se podía estar en aquellas islas. El pueblo de Gorold se afanaba en las minas de este, en la pétrea oscuridad subterránea. Algunos morían sin haber visto jamás el agua salada.
«No es de extrañar que esta gente sea hosca y extraña.»
Mientras cabalgaba, Aeron pensó en sus hermanos.
Nueve hijos había engendrado la entrepierna de Quellon Greyjoy, el Señor de las Islas del Hierro. Harlon, Quenton y Donel habían nacido del vientre de la primera esposa de Lord Quellon, una Stonetree. Balon, Euron, Victarion, Urrigon y Aeron eran hijos de la segunda, una Sunderly de Acantilado de Sal. Quellon contrajo nupcias por tercera vez con una muchacha de las tierras verdes, que le dio un hijo enfermizo y retrasado llamado Robin, el hermano al que más valía olvidar. El sacerdote no guardaba recuerdo alguno de Quenton ni de Donel, que habían muerto cuando eran aún muy niños. De Harlon sí se acordaba; aunque entre nieblas difusas, tenía en la mente una imagen con el rostro gris y rígido que hablaba siempre en susurros en una habitación sin ventanas, cada vez más débiles a medida que la psoriagrís le convertía en piedra la lengua y los labios.
«Algún día celebraremos un banquete de pescado en las estancias acuosas del Dios Ahogado, los cuatro juntos, y también Urri.»
Nueve hijos había engendrado la entrepierna de Quellon Greyjoy, pero sólo cuatro habían vivido lo suficiente para llegar a adultos. Así eran las cosas en aquel mundo frío, donde los hombres pescaban en el mar, cavaban en la tierra y morían, mientras las mujeres parían niños de vida breve en lechos de sangre y dolor. Aeron había sido el último de los cuatro krákens, y también el más patético; Balon, en cambio, era el mayor y el más osado, un muchacho decidido e intrépido que sólo pensaba en devolverles la gloria de antaño a los hijos del hierro. A los diez años escaló los Acantilados de Pedernal hasta la torre encantada del Señor Ciego; a los trece era capaz de manejar los remos de un barcoluengo y bailaba la danza del dedo mejor que cualquier otro hombre de las islas; a los quince había navegado con Dagmer Barbarrota hasta los Peldaños de Piedra y se había pasado el verano saqueando. Allí mató por primera vez, y también tomó a sus dos primeras esposas de sal. A los diecisiete años, Balon capitaneaba ya su propio barco. No se podía pedir más de un hermano mayor, aunque la verdad era que nunca había mostrado nada que no fuera desprecio hacia Aeron.
«Yo era joven y pecador; su desprecio era más de lo que merecía. Más vale el desprecio de Balon el Bravo que el afecto de Euron Ojo de Cuervo. —Y si el tiempo y el dolor habían amargado el temperamento de Balon a lo largo de los años, cierto era también que lo habían hecho más decidido que ningún otro hombre—. Nació como hijo de un señor y murió como rey, asesinado por un dios celoso —pensó Aeron—, y ahora se acerca la tormenta, una tormenta mayor que ninguna que hayan visto estas islas.»
Hacía ya horas que había oscurecido cuando el sacerdote divisó las afiladas almenas de hierro de Cuernomartillo, que se alzaba hacia la media luna. La fortaleza de Gorold era pesada y voluminosa, construida con grandes bloques de piedra extraídos del acantilado que descendía en picado tras ella. En la base de las murallas, las entradas de las cuevas y las antiguas minas se abrían como negras bocas desdentadas. Al ser de noche, las puertas de hierro de Cuernomartillo estaban ya cerradas y atrancadas. Aeron las golpeó con una piedra hasta que el estrépito despertó a un guardia.
El joven que le abrió era la viva imagen de Gormond, cuyo caballo había montado.
—¿Cuál eres tú? —preguntó Aeron con tono brusco.
—Gran. Mi padre os está esperando.
La estancia era húmeda, llena de corrientes y de sombras. Una hija de Gorold le ofreció al sacerdote un cuerno de cerveza; otra atizó un fuego mortecino que dejaba escapar más humo que calor. El propio Gorold Goodbrother estaba hablando en voz baja con un hombre delgado, vestido con una túnica gris de buena calidad, que llevaba al cuello la cadena de metales diversos que lo identificaba como maestre de la Ciudadela.
—¿Dónde está Gormond? —preguntó Gorold al ver a Aeron.
—Vuelve a pie. Decidles a las mujeres que se retiren, mi señor. Y lo mismo al maestre. —No le gustaban los maestres: sus cuervos eran criaturas del Dios de la Tormenta, y tampoco confiaba en sus curaciones después de lo de Urri.
«Ningún hombre que tal se considere elegiría una vida de sumisión, ni forjaría una cadena de servidumbre, ni la llevaría en torno al cuello.»
—Gysella, Gwin, marchaos —ordenó Goodbrother—. Tú también, Gran. El maestre Murenmure se quedará.
—Se marchará —insistió Aeron.
—Estáis en mis estancias, Pelomojado. No os corresponde a vos decir quién se queda y quién se va. El maestre se queda.
«Este hombre vive demasiado lejos del mar», se dijo Aeron.
—En ese caso, seré yo quien se vaya —replicó.
Los juncos secos crujieron bajo la piel agrietada de las plantas descalzas de sus pies cuando dio la vuelta y echó a andar hacia la salida. Por lo visto había recorrido un largo camino para nada.
Aeron estaba ya casi junto a la puerta cuando el maestre carraspeó.
—Euron Ojo de Cuervo se ha sentado en el Trono de Piedramar.
Pelomojado se giró. De pronto hacía más frío en la estancia.
«Ojo de Cuervo está a medio mundo de aquí. Balon lo expulsó hace dos años y juró que, si regresaba, le costaría la vida.»
—Contádmelo todo —dijo con voz ronca.
—Echó anclas en Puerto Noble al día siguiente de la muerte del rey, y exigió el castillo y la corona en su condición del mayor de los hermanos de Balon —dijo Gorold Goodbrother—. Ahora ha enviado cuervos para exigir a los capitanes y los reyes de todas las islas que acudan a Pyke, se arrodillen ante él y le rindan homenaje como rey legítimo.
—No. —Aeron Pelomojado no se paró a medir sus palabras—. Sólo un hombre piadoso puede sentarse en el Trono de Piedramar. Ojo de Cuervo no adora a más dios que su orgullo.
—Vos estuvisteis en Pyke hace poco; hablasteis con el rey —insistió Goodbrother—. ¿Os dijo algo Balon sobre su sucesión?
«Sí.» Habían hablado en la Torre del Mar, mientras el viento aullaba contra las ventanas y las olas batían en la base sin cesar. Balon había sacudido la cabeza desesperado cuando Aeron le habló del único hijo que le quedaba con vida.
—Como me temía, los lobos lo han hecho débil —fueron las palabras del rey—. Le pedí al dios que le quitase la vida para que no se interpusiera en el camino de Asha.
Aquello era la perdición de Balon: se veía reflejado en su hija, tan indómita, tan decidida, y creía que lo podría suceder. En aquello se equivocaba, como había tratado de explicarle Aeron.
«Ninguna mujer gobernará jamás a los hijos del hierro, ni siquiera una mujer como Asha», le había insistido, pero cuando Balon no quería escuchar algo era como si estuviera sordo.
Antes de que el sacerdote pudiera responder a Gorold Goodbrother, el maestre volvió a carraspear y se puso a farfullar.
—Por derecho, el Trono de Piedramar le corresponde a Theon, y si el príncipe está muerto, a Asha. Esa es la ley.
—Esa es la ley de las tierras verdes —replicó Aeron con desprecio—. ¿Y a nosotros qué nos importa? Somos los hijos del hierro, los hijos del mar, los elegidos del Dios Ahogado. No nos gobernará una mujer, igual que no nos gobernará un impío.
—¿Qué pasa con Victarion? —preguntó Gorold Goodbrother—. Está al mando de la Flota de Hierro. ¿Creéis que Victarion aspirará al trono, Pelomojado?
—Euron es el hermano mayor... —empezó a decir el maestre.
Aeron lo hizo callar con una mirada. Tanto en las pequeñas aldeas de pescadores como en las imponentes fortalezas de piedra, aquella mirada de Pelomojado bastaba para hacer que a las doncellas les temblaran las rodillas y los niños salieran chillando a la carrera en busca de sus madres, y por supuesto, allí bastó para acallar al siervo de la cadena al cuello.
—Euron es el mayor —dijo el sacerdote—, pero Victarion es el más devoto.
—¿A qué llegaremos? ¿Habrá guerra entre ellos? —preguntó el maestre.
—El hijo del hierro no derramará la sangre del hijo del hierro.
—Muy piadoso por vuestra parte, Pelomojado —apuntó Goodbrother—. Lástima que vuestro hermano no opine lo mismo. Mandó ahogar a Sawane Botley por decir que el Trono de Piedramar le correspondía a Theon por derecho.
—Si lo ahogaron, no se derramó sangre —replicó Aeron.
El maestre y el señor intercambiaron una mirada.
—Tengo que enviar un mensaje a Pyke cuanto antes —dijo Gorold Goodbrother—. Quiero vuestro consejo, Pelomojado. ¿Cómo ha de ser? ¿De pleitesía o de desafío?
Aeron se acarició la barba.
«He visto la tormenta, y su nombre es Euron Ojo de Cuervo.»
—Por ahora no enviéis más que silencio —le dijo al señor—. Tengo que rezar antes de tomar una decisión.
—Rezad cuanto queráis —intervino el maestre—, pero eso no va a cambiar la ley. Theon es el heredero legítimo, y después de él, Asha.
—¡Silencio! —rugió Aeron—. Los hijos del hierro llevan demasiado tiempo escuchándoos a vosotros, a los maestres de la cadena, que no paráis de parlotear sobre las tierras verdes y sus leyes. Ya va siendo hora de que volvamos a escuchar al mar. Ya va siendo hora de que escuchemos la voz de dios. —Su propia voz retumbó en la sala llena de humo, tan poderosa que ni Gorold Goodbrother ni su maestre se atrevieron a replicar.
«El Dios Ahogado está conmigo —pensó Aeron—. Él me ha mostrado el camino.»
Goodbrother le ofreció una habitación cómoda en el castillo para pasar la noche, pero el sacerdote rehusó. Rara vez dormía bajo el tejado de un castillo, y jamás tan lejos del mar.
—Ya tendré comodidades en las estancias acuosas del Dios Ahogado, bajo las olas. Nacimos para sufrir, para que el sufrimiento nos haga fuertes. Lo único que necesito es un caballo descansado para volver a Guijarra.
Goodbrother lo complació de buena gana; hasta le ordenó a su hijo Greydon que lo acompañara para mostrarle al sacerdote el camino más corto para llegar al mar a través de las colinas. Aún faltaba una hora para el amanecer cuando se pusieron en marcha, pero las monturas eran robustas y seguras, y pese a la oscuridad, el viaje no fue largo. Aeron cerró los ojos y rezó en silencio antes de empezar a adormilarse en la silla de montar.
El sonido le llegó quedo, suave; era el chirrido de una bisagra oxidada.
—Urri —musitó al tiempo que se despertaba lleno de temores.
«Aquí no hay ninguna bisagra, ninguna puerta. No está Urri.»
Un hacha arrojadiza le había arrancado la mitad de la mano a Urri cuando tenía catorce años, mientras jugaba a la danza del dedo en ausencia de su padre y sus hermanos mayores, que habían partido a la guerra. La tercera esposa de Lord Quellon era una Piper del Castillo de la Princesa Rosada, una muchacha de pechos grandes y fofos, y ojos pardos de cervatillo. En vez de curar la mano de Urri según las Antiguas Costumbres, con fuego y agua marina, se lo encomendó a su maestre de las tierras verdes, que aseguró que le podía coser los dedos amputados. Así lo hizo, y después empleó pócimas, cataplasmas y hierbas, pero la mano se pudrió y las fiebres se apoderaron de Urri. Cuando el maestre se decidió a amputarle el brazo, ya era demasiado tarde.
Lord Quellon no regresó de su último viaje; el Dios Ahogado, en su inmensa bondad, le concedió el don de la muerte en el mar. El que regresó en su lugar fue Lord Balon, junto con sus hermanos Euron y Victarion. Cuando Balon se enteró de lo que le había pasado a Urri, le cortó tres dedos al maestre con un cuchillo de cocina y le ordenó a la esposa Piper de su padre que se los volviera a coser. Las cataplasmas y las pócimas le sirvieron de tanto como a Urrigon: murió entre delirios febriles, y la tercera esposa de Lord Quellon no tardó en seguirlo cuando la comadrona le sacó del vientre una hija muerta. Aeron se alegró; había sido su hacha la que hirió la mano de Urri mientras bailaban la danza del dedo juntos, tal como hacían siempre los amigos y los hermanos.
Sólo con recordar los años que siguieron a la muerte de Urri volvía a sentir vergüenza. A los dieciséis años decía ser un hombre, pero en realidad no era más que un odre con piernas. Se dedicaba a cantar, a bailar (pero nunca la danza del dedo; esa no la volvió a practicar), hacía chistes, gastaba bromas y se burlaba de todos. Tocaba la flauta, hacía juegos malabares, montaba caballos y era capaz de beber más que cualquier Wynch, más que cualquier Botley y también más que la mitad de los Harlaw. El Dios Ahogado le concede un don a todo hombre, incluso a él: no había nadie capaz de mear durante más tiempo ni llegando más lejos que Aeron Greyjoy, como demostraba en todos los banquetes a los que asistía. En cierta ocasión apostó su nuevo barcoluengo contra un rebaño de cabras a que era capaz de apagar el fuego de una chimenea con la única ayuda de su polla. Aeron disfrutó de festines a base de cabra durante todo un año y le puso a su barcoluengo el nombre de Tormenta Dorada, aunque Balon amenazó con colgarlo del mástil cuando averiguó cómo era el mascarón que su hermano pretendía poner en la proa.
Al final, el Tormenta Dorada se hundió ante las costas de Isla Bella durante la primera rebelión de Balon, destrozado por un imponente galeón de combate llamado Furia, cuando Stannis Baratheon le tendió una trampa a Victarion y acabó con la Flota de Hierro. Pero el dios, que tenía otros planes para Aeron, lo llevó hasta la orilla. Unos pescadores lo tomaron prisionero, lo encadenaron y lo llevaron a Lannisport, donde se pasó el resto de la guerra enterrado en las entrañas de Roca Casterly, demostrando que los krákens eran capaces de mear más y más lejos que los leones, los jabalíes y los pollos.
«Aquel hombre ya murió. —Aeron se había ahogado y había renacido del mar como profeta del dios. Ningún mortal podía asustarlo ya; tampoco la oscuridad... ni los recuerdos, los huesos del alma—. El sonido de una puerta que se abre, el chirrido de una bisagra oxidada. Euron ha vuelto.» No importaba. Él era el sacerdote Pelomojado, el amado del dios.
—¿Habrá guerra? —le preguntó Greydon Goodbrother a medida que el sol empezaba a iluminar las colinas—. ¿Una guerra de hermano contra hermano?
—Sólo si lo desea el Dios Ahogado. Ningún impío se sentará en el Trono de Piedramar.
«Ojo de Cuervo peleará; de eso no cabe duda. —No había mujer capaz de derrotarlo, ni siquiera Asha. Las mujeres estaban hechas para luchar sus batallas en el lecho del parto. Y Theon tampoco le servía de nada; aunque estuviera vivo, no era más que un muchacho de sedas y sonrisas. Sí, había demostrado su valía en Invernalia, pero Ojo de Cuervo no era un niño tullido. Las cubiertas del barco de Euron estaban pintadas de rojo para disimular mejor la sangre que las empapaba—. Victarion. Victarion tiene que ser el rey; si no, la tormenta acabará con todos nosotros.»
Greydon se separó de él cuando el sol brillaba ya alto en el cielo; tenía que ir a llevar la noticia de la muerte de Balon a sus primos de las torres de Fosa, Torreón Picodecuervo y Lago del Cadáver. Aeron continuó solo, subió por las colinas y descendió a los valles, siempre por un camino pedregoso que se hacía más ancho y frecuentado a medida que se acercaba al mar. Se detenía a rezar en cada aldea que cruzaba, así como en los patios de los señores menores.
—¡Nacimos del mar y al mar hemos de volver! —les decía. Su voz era profunda como el océano, y retumbaba como las olas—. El Dios de la Tormenta, en su ira, arrancó a Balon del castillo y lo estrelló contra las rocas. Ahora celebra sus banquetes bajo las olas, en las estancias acuosas del Dios Ahogado. —Alzó las manos—. ¡Balon ha muerto! ¡El rey ha muerto! ¡Pero un rey regresará! ¡Porque lo que está muerto no puede morir, sino que se alza de nuevo, más duro, más fuerte! ¡Un rey se levantará!
Algunos de los que lo escuchaban dejaban los picos y los azadones para seguirlo, de manera que, cuando pudo oír otra vez el sonido de las olas, había una docena de hombres que caminaba tras su caballo, todos tocados por el dios y deseosos de ahogarse.
En Guijarra vivían varios miles de pescadores cuyas casuchas parecían amontonarse en torno a la base de una fortaleza cuadrangular con un torreón en cada esquina. Unos cuarenta hombres ahogados de Aeron lo esperaban acampados en una playa de arena gris, con tiendas de piel de foca y cabañas construidas con madera transportada por el mar. Tenían las manos endurecidas por el salitre, llenas de marcas de las redes y los sedales, encallecidas por remos, picos y hachas; pero en ese momento, aquellas manos esgrimían garrotes de madera de deriva, dura como el hierro, pues el dios los había armado con su arsenal submarino.
Habían construido un refugio para el sacerdote justo en el límite de la marea alta. Se metió en él de buena gana después de ahogar a sus nuevos seguidores.
«Dios mío —rezó—, háblame en el rumor de las olas, dime qué debo hacer. Los capitanes y los reyes aguardan tu palabra. ¿Quién debe suceder a Balon? Cántame en la lengua del leviatán para que sepa su nombre. Dime, oh señor que habitas bajo las aguas, ¿quién tendrá la fuerza para combatir la tormenta en Pyke?»
Aunque el viaje a caballo hasta Cuernomartillo lo había dejado agotado, Aeron Pelomojado era incapaz de descansar en el refugio de madera con techumbre de algas negras. Las nubes ocultaron la luna y las estrellas como una capa; la oscuridad era un manto grueso, tanto sobre el mar como sobre su corazón.
«Balon quería que lo sucediera Asha, carne de su carne, pero una mujer no puede gobernar a los hijos del hierro. Tiene que ser Victarion. —Nueve hijos había engendrado la entrepierna de Quellon Greyjoy, y de ellos, el más fuerte era Victarion, más toro que hombre, tan intrépido como obediente—. Y ese es el gran peligro. —El hermano pequeño le debe obediencia al mayor, y Victarion no es hombre que vaya a izar las velas contra la tradición—. Pero no siente ningún afecto hacia Euron desde la muerte de la mujer.»
En el exterior, por encima de los ronquidos de sus hombres ahogados y el aullido del viento, alcanzaba a oír el batir de las olas, el martilleo de su dios, que lo llamaba al combate. Aeron salió del pequeño refugio a la noche gélida. Se irguió desnudo, alto, pálido, descarnado, y desnudo se adentró en el mar de sal negra. El agua estaba helada, pero no se estremeció con la caricia de su dios. Una ola se estrelló contra su pecho y lo hizo tambalear. La siguiente le rompió por encima de la cabeza. Se saboreó la sal de los labios y sintió al dios a su alrededor mientras le retumbaban los oídos con la gloria de su cántico.
«Nueve hijos engendró la entrepierna de Quellon Greyjoy, y yo fui el más patético de todos ellos, débil y asustadizo como una niña. Pero ya no. Aquel hombre se ahogó, y el dios me ha hecho fuerte. —El frío mar salado lo rodeó, lo abrazó, se le metió bajo la débil carne humana y le tocó los huesos—. Huesos —pensó—. Los huesos del alma. Los huesos de Balon, los huesos de Urri. La verdad está en nuestros huesos, porque la carne se pudre, mientras que los huesos permanecen. Y en la colina de Nagga, los huesos de la sala del Rey Gris...»
Fue un Aeron Pelomojado flaco, pálido y tembloroso el que volvió a la orilla, un Aeron más sabio que el que había entrado en el mar. Porque había encontrado la respuesta en sus huesos y veía claro el camino que se abría ante sí. La noche era tan fría que su cuerpo parecía humear mientras se dirigía hacia el refugio, pero un fuego ardía en su corazón y, por una vez, consiguió conciliar un sueño que no fue perturbado por el chirrido de las bisagras.
Cuando despertó, el día era luminoso y soplaba un viento fuerte. Aeron desayunó un caldo de almejas y algas cocinado sobre leña arrastrada por el mar. Nada más terminar, Merlyn bajó de su torreón con una docena de guardias para ir a buscarlo.
—El rey ha muerto —le dijo Pelomojado.
—Ya lo sé. Recibí un pájaro. Y acaba de llegar otro. —Merlyn era un hombre calvo, gordo, flácido, que se hacía llamar lord, al estilo de las tierras verdes, y se vestía con prendas de piel y terciopelo—. Un cuervo me convoca en Pyke y el otro en Diez Torres. Los krákens tenéis demasiados brazos; ¿qué queréis? ¿Que me divida? ¿Qué me decís vos, sacerdote? ¿Adónde debo enviar mis barcoluengos?
Aeron frunció el ceño. Diez Torres era el territorio del señor de Harlaw.
—¿Habéis dicho Diez Torres? ¿Qué kraken os llama allí?
—La princesa Asha. Ha puesto rumbo a casa. El Lector ha enviado cuervos para convocar a todos sus amigos a Harlaw. Dice que Balon tenía intención de que ella ocupara el Trono de Piedramar.
—Será el Dios Ahogado el que decida quién ocupará el Trono de Piedramar —replicó el sacerdote—. Arrodillaos para que os bendiga. —Lord Merlyn se dejó caer de rodillas; Aeron quitó el corcho del pellejo y le derramó un chorro de agua marina por la calva—. Señor Dios, que te ahogaste por nosotros, permite que tu siervo Meldred renazca del mar. Bendícelo con sal, bendícelo con piedra, bendícelo con acero. —El agua corrió por las mejillas rechonchas de Merlyn, y le empapó la barba y el manto de piel de zorro—. Lo que está muerto no puede morir —terminó Aeron—, sino que se levanta de nuevo, más duro y más fuerte. —Cuando Merlyn se levantó para retirarse lo detuvo con un gesto—. Quedaos y escuchad, para que podáis repetirle al mundo la palabra del dios.
A un metro de la orilla, las olas rompían contra una roca de granito redondeada. Aeron Pelomojado se subió a ella para que todos sus discípulos pudieran verlo y escuchar lo que les iba a decir.
—Nacimos del mar y al mar hemos de volver —comenzó, como en tantos cientos de ocasiones—. El Dios de la Tormenta, en su ira, arrancó a Balon de su castillo y lo estrelló contra las rocas; ahora celebra sus banquetes bajo las olas. —Alzó las manos—. ¡El rey del hierro ha muerto! ¡Pero vendrá otro rey! ¡Porque lo que está muerto no puede morir, sino que se levanta, más duro, más fuerte!
—¡Un rey se levantará! —gritaron los hombres ahogados.
—Un rey se levantará. Así será. Pero ¿quién? —Pelomojado escuchó un instante, pero únicamente le respondieron las olas—. ¿Quién será nuestro rey?
Los hombres ahogados empezaron a hacer chocar los garrotes de madera de deriva.
—¡Pelomojado! —gritaron—. ¡Pelomojado rey! ¡Aeron rey! ¡Queremos a Pelomojado!
Aeron sacudió la cabeza.
—Si un padre tiene dos hijos, y al uno le da un hacha y al otro una red, ¿cuál quiere que sea el guerrero?
—¡El hacha es para el guerrero! —le gritó Rus—. ¡La red es para el que pesca en los mares!
—Así es —dijo Aeron—. El dios me enterró bajo las olas y ahogó al ser indigno que fui. Cuando me devolvió a la superficie me había dado ojos para ver, oídos para oír y voz para proclamar su palabra, para que fuera su profeta y enseñara su verdad a los que la han olvidado. No seré yo quien ocupe el Trono de Piedramar... ni tampoco Euron Ojo de Cuervo. Porque he escuchado al dios, y el dios dice: ¡ningún impío se sentará en mi Trono de Piedramar!
Merlyn cruzó los brazos ante el pecho.
—¿Quién será entonces? ¿Asha? ¿O Victarion? ¡Decídnoslo, sacerdote!
—El Dios Ahogado os lo dirá, pero no será aquí. —Aeron señaló el rostro blanco y seboso de Merlyn—. No debéis mirarme a mí, ni a las leyes de los hombres, sino al mar. Izad las velas y moved los remos, mi señor; tenéis que ir a Viejo Wyk. Vos, y también todos los capitanes y reyes. No acudáis a Pyke para inclinaros ante el impío, ni a Harlaw para confabular con mujeres intrigantes. Poned rumbo a Viejo Wyk, donde se alzaron las estancias del Rey Gris. Os convoco en nombre del Dios Ahogado, ¡en su nombre os convoco a todos! Dejad los salones y las chozas, los castillos y los torreones, ¡regresad a la colina de Nagga para celebrar una asamblea de sucesión!
Merlyn se lo quedó mirando boquiabierto.
—¿Una asamblea de sucesión? No ha habido una verdadera asamblea desde hace...
—¡... demasiado tiempo! —exclamó Aeron con aflicción—. Pero en el amanecer de los tiempos, los hijos del hierro elegían a sus reyes, nombraban al mejor de entre todos ellos. Ya va siendo hora de que volvamos a las Antiguas Costumbres, porque sólo eso nos volverá a hacer grandes. Fue en una asamblea de sucesión donde se eligió a Urras Pie de Hierro como Gran Rey y se le ciñeron las sienes con una corona de madera arrastrada por el mar. Sylas el Chato, Harrag Hoare, el Viejo Kraken... Todos fueron elegidos por una asamblea. Y de esta asamblea de sucesión surgirá un hombre que acabará el trabajo que ha comenzado el rey Balon, un hombre que nos hará recuperar la libertad. No vayáis a Pyke, ni a las Diez Torres de Harlaw; yo os digo: ¡id a Viejo Wyk! Buscad en la colina de Nagga y en los huesos de la cámara del Rey Gris, porque en ese lugar sagrado, cuando la luna se ahogue y resurja, nombraremos a un rey digno, a un rey piadoso. —Volvió a alzar las manos huesudas—. ¡Escuchad! ¡Escuchad las olas! ¡Escuchad al dios! Nos está hablando, oíd lo que nos dice: ¡sólo la asamblea puede elegir al rey!
La multitud respondió con un rugido; los hombres ahogados entrechocaron los garrotes.
—¡Una asamblea! —gritaron—. ¡Una asamblea, una asamblea! ¡Sólo la asamblea puede elegir al rey!
El clamor era tal que, sin duda, Ojo de Cuervo alcanzó a oír los gritos en Pyke, y el malévolo Dios de la Tormenta, en sus estancias nubosas. Y Aeron Pelomojado supo que había obrado bien.

02 - El Capitán de los Guardias

El Capitán de los Guardias

—Las naranjas sanguinas están demasiado maduras —señaló el príncipe con voz cansina mientras el capitán empujaba su silla a la terraza.
Después de aquello, no dijo una palabra más durante horas.
Lo de las naranjas era verdad. Unas cuantas se habían reventado contra el suelo de mármol rosado, y el olor, dulzón y penetrante, llenaba las fosas nasales de Hotah cada vez que respiraba. Sin duda, el príncipe, sentado allí entre los árboles, en la silla rodante que le había hecho el maestre Caleotte, con cojines de plumón de ganso y estrepitosas ruedas de hierro y ébano, también percibía el olor.
Durante largo rato se oyó sólo el ruido de los chapoteos de los niños en los estanques y en las fuentes, y de cuando en cuando un plop sordo cuando una naranja se reventaba contra el suelo de la terraza. Entonces, desde el otro extremo del palacio, le llegó el sonido lejano de unas botas contra el mármol.
«Obara.» Reconocía sus zancadas, largas, apresuradas, furiosas. En los establos situados junto a las puertas, su caballo tendría espuma en la boca y sangraría por culpa de las espuelas. Siempre cabalgaba a lomos de sementales, y se la había oído alardear de que podía dominar a cualquier caballo de Dorne... y también a cualquier hombre. El capitán oyó también otras pisadas, rápidas y ligeras: el maestre Caleotte tenía que apresurarse para mantenerse a su ritmo.
Obara Arena siempre caminaba demasiado deprisa.
«Persigue algo que nunca podrá alcanzar», le había dicho el príncipe a su hija en cierta ocasión, y el capitán lo había oído.
Cuando la joven apareció bajo el arco triple, Areo Hotah ladeó la alabarda para cortarle el paso. La cabeza estaba fijada a un mango de fresno de más de dos varas, de manera que no lo podía rodear.
—No sigáis, mi señora. —Tenía la voz profunda, ronca, con marcado acento de Norvos—. El príncipe ha pedido que no lo molesten.
El rostro de la joven ya era de piedra antes de que hablara; tras escucharlo se endureció.
—Me estás estorbando, Hotah.
Obara era la mayor de las Serpientes de Arena: una mujer de casi treinta años, con una estructura ósea fuerte, los ojos juntos y el pelo castaño ratuno de la prostituta de Antigua que la trajo al mundo. Bajo la capa de seda cruda moteada parda y dorada, llevaba ropa de montar de cuero oscuro, gastado y suave. De hecho, eran lo más suave que había en ella. De la cadera le colgaba un látigo enroscado, y llevaba a la espalda un escudo redondo de acero y cobre. Había dejado la lanza en el exterior. Areo Hotah lo agradeció para sus adentros. Aquella mujer era rápida y fuerte, pero no podía rivalizar con él; Hotah lo sabía... Pero ella no, y no tenía el menor deseo de ver su sangre derramada por el suelo de mármol rosado.
El maestre Caleotte cambió el peso de una pierna a otra, inquieto.
—Lady Obara, he intentado deciros...
—¿Ya sabe que mi padre ha muerto? —le preguntó Obara al capitán, sin prestarle al maestre más atención que la que le prestaría a una mosca, si hubiera una mosca tan idiota como para zumbar cerca de su cabeza.
—Sí —respondió el capitán—. Le llegó un pájaro.
La muerte había llegado a Dorne con alas de cuervo, en letra menuda y sellada con una gota de lacre rojo. Caleotte debió de presentir lo que decía la carta, porque se la había dado a Hotah para que la entregase él. El príncipe le dio las gracias, pero durante un rato interminable no hizo ademán de romper el sello. Se pasó la tarde sentado con el pergamino en el regazo, mientras miraba jugar a los niños. Los contempló hasta que se puso el sol y el aire del anochecer se enfrió tanto que los chiquillos se retiraron, y luego se quedó mirando el reflejo de las estrellas en el agua. Ya había salido la luna cuando envió a Hotah a buscar una vela y así poder leer la carta bajo los naranjos, en la oscuridad de la noche.
Obara se acarició el látigo.
—Miles de personas cruzan a pie las arenas y suben por el Sendahueso para ayudar a Ellaria a traer a mi padre a casa. Los septos están llenos a reventar, y los sacerdotes rojos han encendido las hogueras de sus templos. En las casas de mancebía, las mujeres copulan con todo aquel que las aborda y no aceptan ni una moneda. En Lanza del Sol, en el Brazo Roto, a lo largo del Sangreverde, en las montañas, en el mar de arena, en todas partes, en todas partes, las mujeres se arrancan el pelo y los hombres gritan de rabia. En todas las lenguas se oye la misma pregunta: ¿qué va a hacer Doran? ¿Qué hará su hermano para vengar a nuestro príncipe asesinado? —Dio un paso más hacia el capitán—. ¡Y tú me dices que el príncipe ha pedido que no lo molesten!
—El príncipe ha pedido que no lo molesten —repitió Areo Hotah. El capitán de los guardias conocía al príncipe que protegía. Hacía mucho, mucho tiempo, un joven inexperto había llegado de Norvos; era un muchacho corpulento, de hombros anchos, con una mata de pelo negro. El pelo se le había teñido ya blanco, y en el cuerpo lucía las cicatrices de muchas batallas, pero seguía siendo fuerte y mantenía la alabarda siempre afilada, como le habían enseñado los sacerdotes barbudos. «No dejaré que pase», se dijo—. El príncipe está mirando jugar a los niños. No quiere que lo molesten nunca cuando esté mirando jugar a los niños.
—Hotah —dijo Obara Arena—, o te quitas de mi camino o te meto esa alabarda por el...
—Capitán —le llegó la orden desde su espalda—. Dejadla pasar. Hablaré con ella.
El príncipe tenía la voz ronca.
Areo Hotah puso vertical el mango de la alabarda y dio un paso a un lado. Obara le lanzó una última mirada prolongada y entró a zancadas, con el maestre pisándole los talones. Caleotte no mediría mucho más de siete palmos y era calvo como un canto rodado. Tenía el rostro tan liso y rechoncho que costaba adivinar su edad, pero llevaba allí más tiempo que el capitán; hasta había servido a la madre del príncipe. Pese a la edad y la barriga, aún conservaba la agilidad y un cerebro privilegiado, aunque pecaba de sumiso.
«No es rival para ninguna Serpiente de Arena», pensó el capitán.
El príncipe se encontraba sentado en la silla a la sombra de los naranjos, con las piernas gotosas elevadas y unas ojeras muy marcadas. Hotah no habría sabido decir qué le quitaba el sueño, si la pena o la gota. Abajo, en las fuentes y en los estanques, los chiquillos seguían jugando. Los más pequeños no pasaban de cinco años; los mayores tendrían nueve o diez. Había tantos niños como niñas. Hotah oía los chapoteos y los gritos de las voces agudas, estridentes.
—No hace tanto que eras una de las niñas de los estanques, Obara —dijo el príncipe cuando la mujer hincó una rodilla en tierra junto a su silla de ruedas.
Obara soltó un bufido.
—Han pasado casi veinte años. Y además, no estuve aquí mucho tiempo. Soy la hija de la puta, ¿se te ha olvidado? —Al no obtener respuesta se puso de nuevo en pie y se apoyó las manos en las caderas—. Mi padre ha sido asesinado.
—Murió luchando en un juicio por combate —señaló el príncipe Doran—. Según la ley, no ha sido ningún asesinato.
—Era tu hermano.
—Era mi hermano.
—¿Qué piensas hacer?
El príncipe hizo girar la silla trabajosamente para quedar frente a ella. Doran Martell sólo tenía cincuenta y dos años, pero parecía mucho mayor. Bajo la ropa de lino, su cuerpo era blando y amorfo, y hasta la visión de sus piernas causaba dolor. La gota le había hinchado y enrojecido las articulaciones: su rodilla izquierda era una manzana; la derecha, un melón, y los dedos de los pies se le habían convertido en uvas tintas tan maduras que daba la sensación de que reventarían si alguien las tocaba. Hasta el peso de una manta ligera lo hacía estremecer, aunque sobrellevaba el dolor sin quejas.
«El silencio es el amigo de los príncipes —le había oído decir el capitán a su hija en cierta ocasión—. Las palabras son como flechas, Arianne. Una vez lanzadas no hay manera de hacerlas volver.»
—He escrito a Lord Tywin...
—¿Qué? ¿Le has escrito? Con que fueras la mitad de hombre de lo que era mi padre...
—Yo no soy tu padre.
—Está muy claro. —La voz de Obara estaba cargada de desprecio.
—Quieres que vaya a la guerra.
—No pido imposibles. Ni siquiera te tendrías que levantar de la silla; yo vengaré a mi padre. Tienes una rehén en el Paso del Príncipe. Lord Yronwood tiene otro en el Sendahueso. Entrégame a uno y pon al otro en manos de Nym. Que ella cabalgue por el camino Real; yo iré a sacar a los señores marqueños de sus castillos y luego marcharé sobre Antigua.
—¿Cómo piensas defender Antigua después?
—Bastará con saquear la ciudad. Las riquezas de Torrealta...
—¿Lo que quieres es oro?
—Lo que quiero es sangre.
—Lord Tywin nos entregará la cabeza de la Montaña.
—¿Y quién nos entregará la cabeza de Lord Tywin? La Montaña no es más que su perro faldero.
El príncipe hizo un gesto en dirección a los estanques.
—Obara, mira a los niños, si no te importa.
—Me importa mucho. Lo que no me importaría en absoluto sería clavarle la lanza en la barriga a Lord Tywin. Le haré cantar «Las lluvias de Castamere» mientras le saco las tripas, a ver si están llenas de oro.
—Míralos —repitió el príncipe—. Te lo ordeno.
Varios niños mayores tomaban en sol tumbados boca abajo en el liso mármol rosado. Otros remaban en el mar. Tres chiquillos construían un castillo de arena con una estructura central muy alta que recordaba la torre de la Lanza del Palacio Antiguo. Una veintena o más se había juntado en el estanque grande para ver las peleas: los niños más pequeños se montaban en los hombros de los mayores y se empujaban para tratar de tirarse mutuamente al agua. Cada vez que caía una pareja, después del sonido del chapuzón les llegaba el de las carcajadas. Contemplaron como una niña de piel cetrina hacía caer a un rubito de los hombros de su hermano y lo mandaba de cabeza al agua.
—Tu padre jugaba a eso, igual que jugué yo antes que él —dijo el príncipe—. Nos llevábamos diez años, así que cuando tuvo edad de jugar, yo ya no me bañaba en los estanques, pero lo veía siempre que venía a visitar a mi madre. Ya era fiero incluso de niño, y rápido como una serpiente de agua. A menudo lo veía hacer caer a niños mucho más grandes que él. Me lo recordó el día que partió hacia Desembarco del Rey. Me juró que volvería a hacerlo; de lo contrario no le habría permitido emprender el viaje.
—¿Que no se lo habrías permitido? —Obara se echó a reír—. ¡Como si hubieras podido detenerlo! La Víbora Roja de Dorne iba adonde quería.
—Cierto. Me gustaría poder decirte algo que te consolara...
—No he venido a buscar consuelo. —Tenía la voz cargada de desprecio—. El día que mi padre fue a buscarme, mi madre no quería desprenderse de mí. Le dijo: «Es una niña, y no creo que seáis el padre; me he acostado con mil hombres más». Tiró la lanza a mis pies y le dio a mi madre un revés que la hizo llorar. «Niña o niño, nosotros libramos nuestras batallas, pero los dioses nos dejan elegir las armas», le respondió. Señaló la lanza, y luego, las lágrimas de mi madre, y yo cogí la lanza. «Ya te dije que era mía», dijo mi padre, y se me llevó. Mi madre se mató bebiendo en menos de un año. Según me dijeron, seguía llorando cuando murió. —Obara se acercó más a la silla del príncipe—. Lo único que te pido es que me permitas emplear la lanza.
—Es una petición importante, Obara. Lo consultaré con la almohada.
—Ya te has tomado demasiado tiempo para consultarlo.
—Puede que tengas razón. Te enviaré la respuesta a Lanza del Sol.
—Mientras la respuesta sea la guerra...
Obara dio media vuelta y salió a zancadas tan furiosas como las que la habían llevado allí, de vuelta a los establos, en busca de un caballo descansado y otro galope precipitado camino abajo.
El maestre Caleotte se quedó donde estaba.
—¿Le duelen las piernas a mi príncipe? —preguntó el hombrecillo regordete.
El príncipe esbozó una sonrisa tenue.
—¿El sol calienta?
—¿Os traigo una bebida para aliviar el dolor?
—No. Necesito tener la cabeza despejada.
El maestre titubeó.
—Príncipe, ¿os...? ¿Os parece prudente permitir que Lady Obara vuelva a Lanza del Sol? Seguro que instigará al pueblo. La gente apreciaba mucho a vuestro hermano.
—Todos lo apreciábamos. —Se presionó las sienes con los dedos—. No. Tenéis razón. Yo también debo volver a Lanza del Sol.
El hombrecillo regordete titubeó.
—¿Os parece buena idea?
—No, pero es necesario. Enviad un jinete a Ricasso, que abra mis estancias en la torre del Sol. Informad a mi hija Arianne de que llegaré mañana.
«Mi princesita.» El capitán la echaba muchísimo de menos.
—Os verán —le advirtió el maestre.
El capitán lo comprendió. Dos años atrás, cuando abandonaron Lanza del Sol a cambio de la paz y el aislamiento de los Jardines del Agua, el príncipe Doran no estaba ni mucho menos tan mal de la gota. Por aquel entonces todavía podía andar, aunque fuera despacio, con ayuda de un bastón y haciendo una mueca de dolor a cada paso. El príncipe no quería que sus enemigos supieran hasta qué punto se había debilitado, y el Palacio Antiguo y la ciudad estaban llenos de ojos.
«De ojos y de escaleras por las que no puede subir —pensó el capitán—. Para llegar a lo alto de la torre del Sol tendrá que volar.»
—Es necesario que me vean. Alguien tiene que devolver las aguas a su cauce. Dorne debe recordar que aún cuenta con su príncipe. —Esbozó una sonrisa débil—. Por muy viejo y gotoso que esté.
—Si volvéis a Lanza del Sol, tendréis que recibir en audiencia a la princesa Myrcella —señaló Caleotte—. La acompañará su caballero blanco, y ya sabéis que le escribe cartas a su reina.
—Me lo imagino.
«El caballero blanco.» El capitán frunció el ceño. Ser Arys había llegado a Dorne para cuidar de su princesa, igual que llegó Areo Hotah en otros tiempos. Hasta sus nombres tenían una extraña similitud: Areo y Arys. Pero allí terminaba cualquier semejanza. El capitán había dejado atrás Norvos y a sus sacerdotes barbudos; Ser Arys Oakheart, en cambio, aún servía al Trono de Hierro. Hotah sentía cierta tristeza siempre que lo veía con la larga capa nívea en las ocasiones en que el príncipe lo enviaba a Lanza del Sol. Tenía la sensación de que algún día se enfrentarían, y ese día, Oakheart moriría con la alabarda del capitán enterrada en el cráneo. Pasó la mano por la superficie lisa del mango de fresno y se preguntó si no se estaría acercando el momento.
—Va a anochecer pronto —estaba diciendo el príncipe—. Esperaremos al amanecer. Encargaos de que tengan mi litera preparada a primera hora.
—Como ordenéis.
Caleotte hizo una reverencia. El capitán se colocó a un lado para dejarlo pasar y oyó como se alejaban sus pisadas.
—¿Capitán? —El príncipe hablaba en voz baja. Hotah avanzó hacia el frente con una mano en torno a la alabarda. Sentía la madera tan suave como la piel de una mujer. Al llegar junto a la silla de ruedas dio un golpe al suelo con el mango para anunciar su presencia, pero el príncipe sólo tenía ojos para los niños—. ¿Tuvisteis hermanos, capitán? —preguntó—. En Norvos, cuando erais joven.
—Sí —respondió Hotah—. Dos hermanos y tres hermanas. Yo era el menor.
«El menor y el menos deseado. Otra boca que alimentar, un chico grandullón que comía demasiado y al que enseguida se le quedaba pequeña la ropa.» No era de extrañar que se lo hubieran vendido a los sacerdotes barbudos.
—Yo era el mayor —dijo el príncipe—, y pese a eso soy el único que queda. Después de que Mors y Olyvar murieran en sus cunas, perdí la esperanza de tener hermanos. Tenía nueve años cuando nació Elia, y por aquel entonces era escudero en Costa Salada. Cuando llegó el cuervo con la noticia de que mi madre había dado a luz con un mes de antelación, ya tenía edad suficiente para comprender que eso significaba que el bebé no saldría adelante. Lord Gargalen me dijo que tenía una hermana, y yo le respondí que no tardaría en morir. Pero vivió, gracias a la misericordia de la Madre. Y al cabo de un año nació Oberyn, chillando y pataleando. Yo ya era un hombre cuando ellos jugaban en estos estanques. Pero aquí estoy, y ellos se han ido.
Areo Hotah no supo qué decir. Sólo era un capitán de los guardias; pese a los años seguía considerándose forastero en aquellas tierras, y su dios de siete caras le era ajeno. «Servir. Obedecer. Proteger.» Había pronunciado aquellos votos a los dieciséis años, el día en que contrajo matrimonio con su alabarda. «Votos sencillos para hombres sencillos», le dijeron los sacerdotes barbudos. No lo habían entrenado para aconsejar a príncipes dolientes.
Aún no había encontrado palabras cuando cayó otra naranja, con un fuerte golpe, a menos de medio paso del lugar donde estaba sentado el príncipe. Doran hizo una mueca, como si le hubiera hecho daño.
—Bien —suspiró—. Ya es suficiente. Dejadme, Areo. Dejadme mirar a los niños unas horas más.
Cuando se puso el sol, el aire se tornó más fresco, y los niños entraron en el palacio para cenar, pero el príncipe se quedó bajo sus naranjos, contemplando los estanques tranquilos y el mar que se extendía más allá. Un criado le llevó un cuenco de aceitunas con pan, queso y pasta de garbanzos. Comió unos bocados y bebió una copa del vino dulce y fuerte que tanto le gustaba. Una vez vacía, se la volvió a llenar. A veces, en las horas más oscuras previas al amanecer, el sueño lo encontraba aún sentado en la silla. Entonces lo empujaba el capitán por la galería iluminada por la luna, a lo largo de una hilera de columnas acanaladas y bajo un esbelto arco, hasta la gran cama con sábanas frescas de lino situada en una habitación con vistas al mar. Doran gimió cuando el capitán lo movió, pero los dioses fueron bondadosos y no llegó a despertarse.
La celda donde dormía el capitán estaba junto a la habitación de su príncipe. Se sentó en el camastro, sacó la piedra de amolar y el paño del nicho donde los guardaba, y puso manos a la obra. «Mantén la alabarda afilada», le habían dicho los sacerdotes barbudos el día en que lo marcaron. Y siempre lo hacía.
Mientras afilaba el arma, Hotah pensó en Norvos, la ciudad alta en la colina y la baja junto al río. Todavía recordaba el sonido de las tres campanas, la manera en que lo estremecían el tañido profundo de Noom, la voz fuerte y orgullosa de Narrah, la risa dulce y argentina de Nyel. El sabor del pastel de invierno le volvió a llenar la boca con sus notas de jengibre y piñones, sus trocitos de cerezas, todo ello regado con nasha, leche de cabra fermentada servida en una copa de hierro con un chorro de miel. Vio a su madre con el vestido del cuello de piel de ardilla, el que sólo se ponía una vez al año, cuando iban a ver el baile de los osos en las Escaleras del Pecador. Y percibió el hedor del vello al quemarse mientras el sacerdote barbudo le tocaba el pecho con el hierro de marcar. El dolor había sido tan terrible que creyó que se le iba a parar el corazón, pero Areo Hotah no retrocedió. El vello jamás volvió a crecer sobre la marca de la alabarda.
Cuando los dos filos quedaron tan cortantes que se podría haber afeitado con ellos, el capitán tendió en la cama a su esposa de hierro y fresno, bostezó, se quitó la ropa manchada, la tiró al suelo y se tumbó en el colchón relleno de paja. Pensar en la marca hacía que le picara; tuvo que rascarse antes de cerrar los ojos.
«Tendría que haber recogido las naranjas del suelo», pensó, y se quedó dormido soñando con el sabor agridulce, con el tacto pegajoso del zumo rojizo en los dedos.
El amanecer llegó demasiado pronto. En el exterior de los establos ya tenían preparada la más pequeña de las literas tiradas por tres caballos, la de madera de cedro con cortinajes de seda roja. El capitán eligió veinte guardias para darle escolta de entre los treinta apostados en los Jardines del Agua; los demás permanecerían allí para proteger el lugar y a los niños, algunos de los cuales eran hijos de grandes señores y mercaderes adinerados.
Aunque el príncipe había hablado de partir a primera hora, Areo Hotah sabía que se retrasaría. Mientras el maestre ayudaba a Doran Martell a bañarse y le cubría las articulaciones hinchadas con vendas de lino empapadas en lociones calmantes, el capitán se puso una cota de escamas de bronce, como correspondía a su cargo, y una capa ondulante de seda cruda parda y amarilla para proteger el metal del sol. El día iba a ser caluroso, y hacía tiempo que el capitán no usaba la gruesa capa de pelo de caballo y la túnica de cuero tachonado que había llevado en Norvos, prendas con las que cualquiera se cocería en Dorne. En cambio, sí conservaba el yelmo de hierro con su cresta de púas afiladas, aunque lo llevaba envuelto en seda naranja; de lo contrario, el sol contra el metal le provocaría dolor de cabeza antes incluso de que divisaran el palacio.
El príncipe aún no se encontraba listo para la partida. Había decidido desayunar antes de ponerse en marcha: estaba tomando una naranja sanguina y un plato de huevos de gaviota con trocitos de jamón y guindillas. Luego, por supuesto, tuvo que despedirse de varios niños, los que se habían convertido en sus favoritos: el muchachito de Dalt, los hijos de Lady Blackmont y la huérfana de cara redonda cuyo padre había vendido tejidos y especias a todo lo largo del Sangreverde. Mientras hablaba con ellos, Doran se cubría las rodillas con una espléndida manta myriense para que los pequeños no le vieran las articulaciones hinchadas y vendadas.
Ya era mediodía cuando se pusieron en marcha: el príncipe en la litera, el maestre Caleotte a lomos de un burro y los demás a pie. Cinco lanceros caminaban delante y otros cinco detrás, mientras los diez restantes flanqueaban la litera. Areo Hotah ocupó su lugar habitual a la izquierda del príncipe, con la alabarda al hombro. El camino que iba desde Lanza del Sol hasta los Jardines del Agua discurría junto al mar, de manera que una brisa fresca aliviaba la marcha mientras atravesaban una tierra castaña rojiza de piedras, arena, y árboles atrofiados y retorcidos.
La segunda Serpiente de Arena les dio alcance cuando estaban a mitad de camino.
Apareció de repente sobre una duna, a lomos de una yegua de arena dorada con crines como hilos de seda blanca. Lady Nym parecía grácil incluso montada a caballo; vestía una luminosa túnica lila y una larga capa de seda color crema y cobre que se agitaba con cada golpe de aire, dando la impresión de que la joven podría echar a volar en cualquier momento. Nymeria Arena tenía veinticinco años y era esbelta como un junco. Tenía el pelo negro, liso, peinado en una trenza adornada con hilo de oro rojo, y con un pico en la frente, en el nacimiento del pelo, igual que el de su padre. Los pómulos altos, los labios carnosos y la piel lechosa le daban la belleza de la que carecía su hermana mayor... Porque la madre de Obara había sido una prostituta de Antigua, mientras que por las venas de Nym corría la sangre más noble de la vieja Volantis. La seguía una docena de lanceros a caballo con escudos redondos que centelleaban bajo el sol. Bajaron tras ella por la duna.
El príncipe había apartado las cortinas de su litera para disfrutar al máximo de la brisa que llegaba del mar. Lady Nym se puso a su altura y tiró de las riendas de la hermosa yegua dorada para acompasar su paso al de la litera.
—Bienhallado, tío —canturreó como si hubiera llegado allí por casualidad—. ¿Puedo cabalgar contigo hasta Lanza del Sol?
El capitán estaba al otro lado de la litera, pero aun así oía todo lo que decía Lady Nym.
—Será un placer —respondió el príncipe Doran, aunque en un tono que al capitán no le sonó nada complacido—. La gota y la pena no son buenas compañeras de viaje.
Aquello le indicó al capitán que cada guijarro del camino era como un clavo en sus articulaciones hinchadas.
—Por la gota no puedo hacer nada —replicó la joven—, pero a mi padre no le interesaba la pena. Le gustaba mucho más la venganza. ¿Es verdad que Gregor Clegane reconoció que asesinó a Elia y a sus hijos?
—Se proclamó culpable a gritos delante de toda la corte —confirmó el príncipe—. Lord Tywin nos ha prometido su cabeza.
—Y un Lannister siempre paga sus deudas —asintió Lady Nym—, pero me parece que ese tal Lord Tywin quiere pagarnos con monedas que ya tenemos. Me ha llegado un pájaro de nuestro querido Ser Daemon, que jura que mi padre le hizo cosquillas a ese monstruo más de una vez mientras luchaban, así que Ser Gregor se puede dar por muerto, y no gracias a Tywin Lannister.
El príncipe torció el gesto. El capitán no habría sabido decir si era por el dolor de la gota o por las palabras de su sobrina.
—Es posible.
—¿Cómo que es posible? Es seguro.
—Obara quiere que vaya a la guerra.
Nym se echó a reír.
—Sí, quiere arrasar Antigua. Su odio hacia esa ciudad sólo es comparable al amor que le profesa nuestra hermana pequeña.
—¿Y tú qué opinas?
Nym volvió la cabeza para echar un vistazo hacia donde cabalgaban sus acompañantes, a unos cuarenta pasos de distancia.
—Estaba en la cama con los gemelos Fowler cuando me llegó la noticia —la oyó decir el capitán—. ¿Sabes cuál es el lema de los Fowler? ¡Déjame Ascender! Es lo único que te pido. Déjame ascender, tío. No me hace falta un importante rehén; me basta con una hermanita.
—¿Obara?
—Tyene. Obara es demasiado llamativa. Tyene es tan dulce y delicada que nadie sospechará de ella. A Obara le gustaría convertir Antigua en la pira funeraria de nuestro padre; yo no soy tan ambiciosa. A mí me basta con cuatro vidas: los mellizos dorados de Lord Tywin en pago de los hijos de Elia. El viejo león por Elia. Y, por último, el pequeño rey, por mi padre.
—El chiquillo no nos ha hecho ningún daño.
—Si damos crédito a Lord Stannis, ese crío es un bastardo, hijo de la traición, el incesto y el adulterio. —En su voz no quedaba ni rastro del tono juguetón; el capitán se dio cuenta de que la estaba mirando con los ojos entrecerrados. Su hermana Obara llevaba el látigo a la cadera y una lanza bien a la vista. Lady Nym era igual de mortífera, pero portaba ocultos sus cuchillos—. Sólo la sangre real puede limpiar el asesinato de mi padre —insistió.
—Oberyn murió en combate singular, luchando por algo que no era de su incumbencia. Para mí no fue un asesinato.
—Para ti, que sea lo que quieras. Les enviamos al mejor hombre de Dorne y nos devuelven una saca con huesos.
—Tu padre fue mucho más allá de lo que le pedí que hiciera. Se lo dije en la terraza. Estábamos comiendo naranjas: «Tómales las medidas al niño rey y a su Consejo, fíjate en los puntos fuertes y en los débiles. Si es posible, busca aliados y amigos. Averigua lo que puedas de la muerte de Elia, pero sobre todo, no provoques a Lord Tywin en demasía». Con esas palabras. Oberyn se me rió en la cara. «¿Cuándo he provocado yo a nadie... en demasía? Más te valdría avisar a los Lannister para que no me provoquen ellos a mí.» Quería que se hiciera justicia por Elia, pero no supo esperar...
—Esperó diecisiete años —interrumpió Lady Nym—. Si te hubieran asesinado a ti, mi padre había partido hacia el Norte con sus estandartes antes de que tu cadáver se hubiera enfriado. Si hubieras sido tú, a estas alturas lloverían lanzas sobre las Marcas.
—No lo dudo.
—Y tampoco dudes esto, mi príncipe: ni mis hermanas ni yo esperaremos diecisiete años para vengarnos.
Picó espuelas a la yegua y se alejó al galope hacia Lanza del Sol seguida por sus acompañantes.
El príncipe se recostó en los almohadones y cerró los ojos, pero Hotah sabía que no dormía.
«Está sufriendo.» Sopesó durante un momento la posibilidad de llamar al maestre Caleotte para que se acercara a la litera, pero si el príncipe Doran deseara sus servicios, él mismo lo habría llamado.
Cuando avistaron en el este las torres de Lanza del Sol, las sombras del atardecer ya eran largas y oscuras, y el sol estaba tan rojo e hinchado como las rodillas del príncipe. La primera torre que divisaron fue la esbelta torre de la Lanza, con sus cincuenta y cinco varas de altura y coronada de acero chapado en oro que le sumaba diez varas más; luego apareció la imponente torre del Sol, con la cúpula de oro y las vidrieras de colores; por último vieron la Barco de Arena, que parecía un monstruoso dromón varado en la orilla y petrificado.
Sólo tres leguas de costa separaban Lanza del Sol de los Jardines del Agua, pero eran dos mundos diferentes. Allí, los niños jugaban desnudos al sol, la música sonaba en los patios, y el olor de los limones y las naranjas sanguinas impregnaba el aire. Aquí, hasta la brisa olía a polvo, sudor y humo, y el murmullo de las voces poblaba las noches. En lugar de los mármoles rosados de los Jardines del Agua, Lanza del Sol era de barro y paja; sus colores eran el marrón y el ocre. La antigua fortaleza de la Casa Martell se alzaba en el punto más oriental de un pequeño saliente de piedra y arena, rodeada de mar por tres partes. Hacia el oeste, a la sombra de las inmensas murallas de Lanza del Sol, los tenderetes de adobe y las chozas sin ventanas colgaban del castillo como percebes del casco de un galeón. Los establos, posadas, tabernas y casas de mancebía se alzaban más hacia el oeste, muchos con sus propios muros, de los que también colgaban más chozas. «Y así sucesivamente, como dirían los sacerdotes barbudos.» En comparación con Tyrosh, Myr o Gran Norvos, la ciudad de la sombra era poco más que un pueblo, pero aun así, los dornienses no tenían nada que se asemejara más a una urbe de verdad.
Lady Nym había llegado varias horas antes que ellos, y sin duda había avisado a los guardias, porque la Puerta Triple estaba abierta. Sólo en aquel lugar estaban alineadas las puertas, para permitir que los visitantes pasaran bajo las tres Murallas Ondulantes y accedieran directamente al Palacio Antiguo, sin tener que atravesar leguas de callejuelas estrechas, patios ocultos y bazares bulliciosos.
El príncipe Doran había cerrado los cortinajes de su litera nada más divisar la torre de la Lanza, pero los habitantes de la ciudad lanzaban gritos a su paso.
«Las Serpientes de Arena han estado agitando a la gente», pensó el capitán, intranquilo. Atravesaron la mugre del tramo exterior y se dirigieron hacia la segunda puerta. Más allá, el viento apestaba a brea, agua salada y algas podridas, y la multitud crecía a cada paso.
—¡Abrid paso al príncipe Doran! —gritó Areo Hotah mientras golpeaba las baldosas con el mango de la alabarda—. ¡Abrid paso al príncipe de Dorne!
—¡El príncipe ha muerto! —chilló una mujer a su espalda.
—¡A las lanzas! —rugió un hombre desde un balcón.
—¡Doran! —exclamó una voz de acento cultivado—. ¡A las lanzas!
Hotah dejó de intentar identificar a los que hablaban; había demasiada gente, y al menos un tercio de los presentes estaba gritando. «¡A las lanzas! ¡Venganza para la Víbora!» Cuando llegaron a la tercera puerta, los guardias ya tenían que empujar a los ciudadanos para despejar el paso, y la multitud había empezado a lanzarles cosas. Un niño harapiento pasó entre los lanceros con una granada medio podrida en una mano pero, cuando vio a Areo Hotah con la alabarda dispuesta, dejó caer la fruta y salió corriendo. Otros, situados más atrás, lanzaban limones, limas y naranjas al grito de «¡Guerra! ¡Guerra! ¡A las lanzas!». Un guardia recibió el impacto de un limón en un ojo, y una naranja se estrelló contra el pie del propio capitán.
De la litera no salió respuesta alguna. Doran Martell permaneció encerrado entre sus muros de seda hasta que los muros de piedra del castillo los recibieron y el rastrillo cayó tras ellos con un crujido estrepitoso. Los gritos se fueron apagando poco a poco. La princesa Arianne aguardaba en el palenque para recibir a su padre, en compañía de la mitad de la corte: Ricasso, el anciano senescal ciego; Ser Manfrey Martell, el castellano; el joven maestre Myles, con su túnica gris y su barba perfumada, y casi medio centenar de caballeros dornienses con túnicas de lino de todos los colores. La pequeña Myrcella Baratheon estaba con su septa y con Ser Arys, de la Guardia Real, que se cocía en su armadura blanca.
La princesa Arianne se dirigió hacia la litera; llevaba unas sandalias de piel de serpiente atadas con cordones hasta los muslos. La cabellera le caía en una mata de bucles, negros como el azabache, que le llegaban hasta la base de la espalda, y se ceñía la frente con un aro de soles de cobre.
«Sigue siendo menuda», pensó el capitán. Las Serpientes de Arena eran altas, pero Arianne había salido a su madre, que medía siete palmos y medio. Pero bajo el cinturón enjoyado y la túnica suelta de seda morada y brocado amarillo tenía un cuerpo de mujer, generoso y con curvas.
—Lanza del Sol se regocija de tu regreso, padre —declamó cuando se abrieron las cortinas.
—Sí, ya he oído los gritos de alegría. —El príncipe esbozó una sonrisa cansada y acarició la mejilla de su hija con la mano hinchada, enrojecida—. Tienes buen aspecto. Capitán, tened la amabilidad de ayudarme a bajar de aquí.
Hotah se colgó la alabarda de la correa que llevaba a la espalda y cogió al príncipe en brazos con suavidad, para no hacerle daño en las articulaciones hinchadas. Aun así, Doran Martell tuvo que contener un gemido de dolor.
—He ordenado a los cocineros que preparen un banquete para esta noche —le dijo Arianne—. Se servirán todos tus platos favoritos.
—Mucho me temo que no les podré hacer justicia. —El príncipe miró a su alrededor—. No veo a Tyene.
—Ha pedido hablar contigo en privado. La he enviado a esperarte al salón del trono.
El príncipe suspiró.
—Muy bien. Vamos, capitán. Cuanto antes acabe con esto, antes podré descansar.
Hotah lo llevó por las largas escaleras de piedra de la torre del Sol hasta la gran estancia circular bajo la cúpula; los restos de luz de la tarde entraban por las ventanas de cristal tintado para salpicar el mármol claro con diamantes de cien colores. Allí los aguardaba la tercera Serpiente de Arena.
Estaba sentada en un cojín, con las piernas cruzadas, al pie del estrado donde se encontraban los asientos de honor, pero al verlos entrar se levantó; vestía una túnica ceñida de brocado azul claro con mangas de encaje myriense que la hacía parecer tan inocente como la propia Doncella. Llevaba en una mano el bordado en el que estaba trabajando, y en la otra, un par de agujas doradas. Su cabello también era dorado, tenía los ojos como profundos estanques azules... Y pese a ello, al capitán le recordaron los ojos de su padre, aunque los de Oberyn eran negros como la noche.
«Todas las hijas del príncipe Oberyn tienen sus ojos de víbora —comprendió Hotah de repente—. El color es lo de menos.»
—Te estaba esperando, tío —dijo Tyene Arena.
—Ayudadme a sentarme, capitán.
En el estrado había dos asientos prácticamente iguales; la única diferencia era que uno tenía grabada en oro en el respaldo la lanza de Martell, mientras que el otro lucía el sol ardiente de Rhoyne que había ondulado en los mástiles de los barcos de Nymeria cuando llegaron a Dorne. El capitán sentó al príncipe bajo la lanza y se apartó un paso.
—¿Te duele mucho? —La voz de Lady Tyene era gentil; parecía tan dulce como las fresas en verano. Su madre había sido una septa, y Tyene tenía un aura de inocencia casi sobrenatural—. ¿Hay algo que pueda hacer para aliviarte el dolor?
—Dime lo que quieras decirme, para que pueda irme a descansar. Estoy agotado, Tyene.
—Te he hecho esto, tío. —Tyene desdobló el tejido que había estado bordando. La imagen representaba a su padre, el príncipe Oberyn, a lomos de un corcel de arena, con armadura roja, sonriente—. Cuando lo termine te lo regalaré, para que siempre te acuerdes de él.
—No voy a olvidar a tu padre.
—Me alegro de oírlo. Hay quien lo duda.
—Lord Tywin nos ha prometido la cabeza de la Montaña.
—Qué amable por su parte... Pero la espada del verdugo no es el final adecuado para el valiente Ser Gregor. Llevamos tanto tiempo rezando por que muera que lo justo sería que él rezara por lo mismo. Sé qué veneno utilizaba mi padre; no hay otro más lento ni más doloroso. Puede que pronto oigamos los gritos de la Montaña incluso aquí, en Lanza del Sol.
El príncipe Doran suspiró.
—Obara quiere que vaya a la guerra. Nym se conforma con unos cuantos asesinatos. ¿Y tú?
—Guerra —respondió Tyene—, pero no la de mi hermana. Los dornienses pelean mejor en casa, así que afilaremos las lanzas y esperaremos. Cuando los Lannister y los Tyrell nos ataquen, los desangraremos en los pasos y los enterraremos bajo las arenas, como hemos hecho ya cien veces.
—Será si nos atacan.
—Claro que nos atacarán, si no quieren volver a ver el reino dividido, como antes de que nos casáramos con los dragones. Me lo dijo mi padre. Dijo que teníamos que darle las gracias al Gnomo por enviarnos a la princesa Myrcella. ¿A que es muy bonita? Cuánto me gustaría tener unos rizos como los suyos. Nació para ser reina, igual que su madre. —Los hoyuelos florecieron en las mejillas de Tyene—. Para mí sería un honor encargarme de los preparativos de la boda, y también de la fabricación de las coronas. Trystane y Myrcella son tan inocentes que les iría muy bien el oro blanco... Con esmeraldas, para que hagan juego con los ojos de ella. Bueno, también valdrían diamantes y perlas; lo importante es que casemos y coronemos a los niños. Luego sólo tendríamos que proclamar a Myrcella la primera de su nombre, reina de los ándalos, los rhoynar y los primeros hombres, heredera legítima de los Siete Reinos de Poniente, y sentarnos a esperar a los leones.
El príncipe soltó un bufido.
—¿Heredera legítima?
—Es mayor que su hermano —le explicó Tyene, como si fuera idiota—. Según la ley, el Trono de Hierro le pertenece.
—Según la ley dorniense.
—Cuando el bondadoso rey Daeron se casó con la princesa Myriah y nos trajo a su reino, se acordó de que en Dorne siempre imperaría la ley dorniense. Y da la casualidad de que Myrcella está en Dorne.
—Así es —reconoció a regañadientes—. Lo pensaré.
Tyene se enfurruñó.
—Piensas demasiado, tío.
—¿Tú crees?
—Eso decía mi padre.
—Oberyn pensaba demasiado poco.
—Hay hombres que piensan porque tienen miedo de actuar.
—El miedo es una cosa; la cautela, otra.
—En ese caso rezaré por no verte nunca con miedo, tío. Te podrías olvidar de respirar.
La muchacha alzó una mano...
El capitán dio un golpe con el mango de la alabarda contra el suelo de mármol.
—Os habéis extralimitado, mi señora. Os ruego que bajéis del estrado.
—No era mi intención, capitán. Quiero a mi tío, porque sé que quería a mi padre. —Tyene hincó una rodilla en el suelo, ante el príncipe—. Ya he dicho todo lo que quería decirte, tío. Perdóname si te he ofendido; tengo el corazón destrozado. ¿Cuento todavía con tu cariño?
—Eso, siempre.
—Entonces, dame tu bendición y me marcharé.
Doran titubeó un instante antes de poner la mano en la cabeza de su sobrina.
—Sé valiente, pequeña.
—¿Y cómo no serlo? Soy hija de mi padre.
En cuanto salió de la estancia, el maestre Caleotte subió apresuradamente al estrado.
—Príncipe, no os habrá... Dejadme ver esa mano. —Le examinó primero la palma; luego se la volvió con delicadeza y olisqueó los dedos del príncipe—. No, bien. No pasa nada. No hay rasguños, así que...
El príncipe retiró la mano.
—Maestre, ¿os importaría traerme un poco de la leche de la amapola? Con un dedalito será suficiente.
—La amapola. Desde luego, cómo no.
—Enseguida, por favor —lo apremió Doran Martell con gentileza, y Caleotte se apresuró escaleras abajo.
En el exterior, el sol se había puesto ya. En el interior de la cúpula, la luz era del color azul del ocaso, y los diamantes del suelo agonizaban. El príncipe se quedó en el asiento, bajo la lanza de los Martell, con el rostro blanco de dolor. Tras un largo silencio se volvió hacia Areo Hotah.
—Capitán —dijo—, ¿hasta qué punto son leales mis guardias?
—Son leales. —El capitán no supo qué añadir.
—¿Todos? ¿O sólo algunos?
—Son buenos hombres. Buenos dornienses. Obedecerán mis órdenes. —Dio un golpe contra el suelo con el mango de la alabarda—. Os traeré la cabeza de cualquier hombre que piense en traicionaros.
—No quiero cabezas; quiero obediencia.
—Con ella contáis. —«Servir. Obedecer. Proteger. Votos sencillos para un hombre sencillo»—. ¿Cuántos hombres necesitáis?
—Decididlo vos mismo. Puede que unos pocos bien elegidos nos sean más útiles que una veintena. Quiero que esto se haga tan rápida y discretamente como sea posible, sin derramamiento de sangre.
—Rapidez, discreción, sin sangre, sí. ¿Qué ordenáis?
—Id a buscar a las hijas de mi hermano, ponedlas bajo custodia y confinadlas en las celdas de la torre de la Lanza.
—¿A las Serpientes de Arena? —El capitán tenía la boca seca—. ¿A...? ¿A las ocho, mi señor? ¿A las menores también?
El príncipe meditó un instante.
—Las hijas de Ellaria son demasiado pequeñas para suponer un peligro, pero hay quien podría intentar utilizarlas contra mí. Será mejor tenerlas controladas y a salvo. Sí, a las menores también, pero encargaos primero de Tyene, Nymeria y Obara.
—Como ordene mi príncipe. —Tenía el corazón en un puño. «A mi princesita no le va a gustar»—. ¿Qué hay de Sarella? Ya es una mujer; tiene casi veinte años.
—A menos que vuelva a Dorne, no puedo hacer nada con Sarella, excepto rezar para que tenga más sentido común que sus hermanas. Dejadla con su... juego. Reunid a las otras. No me acostaré hasta que sepa que están a salvo y vigiladas.
—Así se hará. —El capitán titubeó—. Cuando corra la voz, el pueblo aullará.
—Todo Dorne aullará —dijo Doran Martell con voz cansada—. Sólo ruego por que Lord Tywin oiga los aullidos desde Desembarco del Rey, para que vea qué amigo tan leal tiene en Lanza del Sol.

03 - Cersei

CERSEI

Soñaba que estaba sentada en el Trono de Hierro, por encima de todos.
Abajo, los cortesanos eran ratones de mil colores. Los grandes señores y las damas orgullosas se arrodillaban ante ella. Valientes caballeros jóvenes ponían las espadas a sus pies y le suplicaban llevar sus prendas, y la Reina les sonreía desde arriba. Eso... hasta que el enano apareció de la nada y la señaló entre carcajadas. Las damas y los señores también empezaron a reír a hurtadillas, se tapaban la boca con la mano para ocultar la sonrisa. Entonces, la Reina se dio cuenta de que estaba desnuda.
Trató de taparse con las manos, horrorizada. Las púas y las hojas afiladas del Trono de Hierro se le clavaron en la carne cuando se acurrucó para ocultar su vergüenza. La sangre roja le bajó por las piernas; dientes de acero le mordisquearon las nalgas. Cuando trató de levantarse, se le encajó un pie en un boquete del metal retorcido. Cuanto más se debatía, más la engullía el trono; le arrancaba pedazos de carne del pecho y el vientre, le cortaba los brazos y las piernas hasta dejarla pegajosa, enrojecida.
Y mientras, abajo, su hermano no dejaba de reír.
Aquella alegría perversa le seguía resonando en los oídos cuando sintió un roce en el hombro y, de repente, se despertó. Durante un instante, la mano le pareció parte de la pesadilla; Cersei lanzó un grito, pero no era más que Senelle. El rostro de la doncella estaba pálido y asustado.
«No estamos solas —advirtió la Reina. Las sombras se cernían sobre su cama; eran figuras altas con cota de malla que brillaba bajo la capa. ¿Qué hacían allí unos hombres armados?—. ¿Dónde están mis guardias? —El dormitorio se encontraba a oscuras; la única luz era la del farol que sostenía en alto uno de los intrusos—. No debo mostrar temor.» Cersei se echó hacia atrás la melena revuelta.
—¿Qué queréis de mí? —dijo. Un hombre se adelantó hasta quedar iluminado por la luz. Cersei vio que llevaba una capa blanca—. ¿Jaime? —«He soñado con un hermano, pero es el otro el que viene a despertarme.»
—Alteza. —La voz no era la de su hermano—. El Lord Comandante nos ha ordenado que viniéramos a buscaros.
Tenía el pelo ondulado, como Jaime, pero su hermano lo tenía como ella, color oro batido, mientras que el de aquel hombre era negro y grasiento. Se quedó mirándolo desconcertada, mientras él mascullaba algo sobre un escusado y una ballesta, y pronunciaba el nombre de su padre.
«Todavía estoy soñando —pensó Cersei—. No me he despertado; la pesadilla no ha terminado. De un momento a otro, Tyrion saldrá de debajo de la cama y se reirá de mí.»
Pero aquello era una locura. Su hermano enano estaba encerrado en las celdas negras, condenado a morir aquel mismo día. Se contempló las manos y las movió para asegurarse de que conservaba todos los dedos. Cuando se pasó una mano por el brazo notó el vello erizado, pero ninguna herida. No tenía cortes en las piernas ni tajos en las plantas de los pies.
«Ha sido un sueño, nada más, un sueño. Ayer bebí demasiado; estos miedos sólo son fruto de los vapores del vino. Cuando llegue la noche seré yo la que ría. Mis hijos estarán a salvo, Tommen tendrá asegurado el trono, y mi retorcido valonqar será una cabeza más bajo y estará pudriéndose.»
Jocelyn Swyft había acudido junto a ella y le acercaba una copa a los labios. Cersei bebió un trago. Era agua mezclada con zumo de limón; estaba tan ácida que la escupió. Le llegó el sonido del viento nocturno que sacudía los postigos y, de pronto, lo vio todo con una extraña claridad. Jocelyn temblaba como un flan, tan asustada como Senelle. La silueta de Ser Osmund Kettleblack se cernía sobre ella. Tras él se encontraba Ser Boros Blount, con el farol. Junto a la puerta vigilaban los guardias de los Lannister, con leones dorados brillantes en la cimera del yelmo. También ellos parecían atemorizados.
«¿Es posible? —se preguntó la Reina—. ¿Será verdad?»
Se levantó y permitió que Senelle le pasara una túnica por los hombros para ocultar su desnudez. La propia Cersei se ató el cinturón con dedos torpes y rígidos.
—Mi señor padre tiene guardias que lo custodian día y noche —dijo.
Notaba la lengua espesa. Bebió otro trago de agua con limón y le dio vueltas en la boca para refrescarse el aliento. Una polilla se había quedado atrapada en el farol que sostenía Ser Boros; la oía zumbar y veía la sombra de las alas que se batían contra el cristal.
—Los guardias estaban en sus puestos, Alteza —dijo Osmund Kettleblack—. Hemos encontrado una puerta oculta tras la chimenea. Un pasadizo secreto. El Lord Comandante ha bajado por él para ver adónde lleva.
—¿Jaime? —El terror se apoderó de ella, repentino como una tormenta—. Jaime tendría que estar con el Rey...
—El pequeño no ha sufrido daño alguno. Ser Jaime envió de inmediato a una docena de hombres para que lo guardaran. Su Alteza duerme tranquilo.
«Ojalá tenga mejores sueños que yo, y un despertar más dulce.»
—¿Quién está con el Rey?
—Ese honor le ha correspondido a Ser Loras, si os parece bien.
No le parecía bien. Los Tyrell eran los únicos mayordomos a los que los reyes dragón habían ascendido muy por encima del nivel que les correspondía por derecho. Lo único que sobrepasaba su ambición era su vanidad. Ser Loras era hermoso como el sueño de una doncella, pero bajo la capa blanca corría pura sangre Tyrell. Que ella supiera, el inmundo fruto de aquella noche bien podría haber sido plantado y regado en Altojardín.
Pero era una sospecha que no se atrevía a formular en voz alta.
—Dadme un momento para que me vista. Ser Osmund, vos me acompañaréis a la Torre de la Mano. Ser Boros, espabilad a los carceleros y comprobad que el enano siga en su celda.
Ni siquiera quería pronunciar su nombre.
«Jamás habría tenido valor para alzar la mano contra nuestro padre», se dijo, pero tenía que estar segura.
—Como ordene Vuestra Alteza. —Blount le entregó el farol a Ser Osmund. Cersei se alegró de verlo alejarse.
«Mi padre no debería haberle devuelto la capa blanca.» Aquel hombre había demostrado claramente que era un cobarde.
Cuando salieron del Torreón de Maegor, el cielo se había teñido de azul cobalto, aunque las estrellas brillaban todavía.
«Todas menos una —pensó Cersei—. La estrella más brillante del oeste ha caído; a partir de ahora, las noches serán más oscuras. —Se detuvo un momento en el puente levadizo que cruzaba el foso seco y contempló las estacas que había abajo—. No se atreverían a mentirme en un asunto así.»
—¿Quién lo ha encontrado?
—Uno de sus guardias —respondió Ser Osmund—. Lum. Sintió una urgencia y encontró a Su Señoría en el escusado.
«No puede ser, es imposible. No es manera de morir para un león. —La Reina sentía una extraña calma. Recordó la primera vez que se le había caído un diente, cuando era pequeña. No le dolió, pero el agujero que le quedó en la boca le causaba una sensación rara y no podía dejar de rozárselo con la lengua—. Ahora hay un agujero en el mundo, en el lugar que ocupaba mi padre, y los agujeros piden a gritos que los llenen.»
Si era verdad que Tywin Lannister había muerto, nadie estaba a salvo... Y el que más peligro corría era su hijo, en el trono. Cuando cae el león, las bestias inferiores entran en juego: los chacales, los buitres, los perros salvajes. Tratarían de echarla a un lado, como siempre. Tendría que actuar deprisa, igual que cuando había muerto Robert. Aquello podía ser obra de Stannis Baratheon a través de un esbirro. Podía ser el preludio de otro ataque contra la ciudad. Ojalá fuera así.
«Que venga si quiere. Lo machacaré, igual que hizo mi padre, y esta vez morirá. —Stannis no la asustaba, como tampoco la asustaba Mace Tyrell. Nadie la asustaba. Era hija de la Roca, era una leona—. No se volverá a hablar de obligarme a contraer segundas nupcias.» Roca Casterly le pertenecía, junto con todo el poder de la Casa Lannister. Nadie volvería a dejarla de lado. Incluso cuando llegara el momento en que Tommen ya no la necesitara como regente, la señora de Roca Casterly seguiría siendo un poder que habría que tener en cuenta.
El sol naciente había teñido de rojo vivo las cúspides de las torres, pero bajo los muros, la noche acechaba todavía. El castillo estaba tan silencioso como si todos los habitantes hubieran muerto.
«Así debería ser. Morir solo no es digno de Tywin Lannister. Un hombre como él merece un séquito que atienda sus necesidades en el infierno.»
Ante la puerta de la Torre de la Mano se encontraban apostados cuatro lanceros con capa roja y yelmo con cimera en forma de león.
—Que no entre ni salga nadie sin mi permiso —les dijo.
Le resultó sencillo dar órdenes. «Mi padre también tenía acero en la voz.»
Una vez dentro de la torre, el humo de las antorchas le irritó los ojos, pero Cersei no lloró; no lloró, igual que no habría llorado su padre.
«Soy el único hijo varón de verdad que ha tenido. —Sus tacones arañaban la piedra cuando subía por las escaleras; todavía oía a la polilla revolotear como loca dentro del farol de Ser Osmund—. Muere —pensó la Reina con irritación—. Vuela hacia la llama y muere de una vez.»
Otros dos guardias con capa roja aguardaban en lo alto de las escaleras. Lester el Rojo musitó un pésame al verla pasar. La Reina respiraba con bocanadas cortas y rápidas; el corazón le latía como una mariposa en el pecho.
«Los peldaños —se dijo—. Esta condenada torre tiene demasiados peldaños.» Casi le daban ganas de hacerla derribar.
La sala estaba llena de imbéciles que hablaban en susurros, como si Lord Tywin estuviera durmiendo y tuvieran miedo de despertarlo. Tanto guardias como sirvientes retrocedieron a su paso mientras movían los labios. Les veía las encías rosadas; veía como agitaban la lengua, pero sus palabras no tenían más sentido que el zumbido de la polilla.
«¿Qué hacen aquí? ¿Cómo se han enterado?» Tendrían que haberla llamado a ella en primer lugar. Era la reina regente, ¿acaso se habían olvidado?
Ser Meryn Trant se encontraba ante el dormitorio de la Mano, ataviado con la armadura y la capa blanca. Llevaba levantado el visor del yelmo, y las enormes ojeras hacían que pareciera todavía medio dormido.
—Echad a toda esta gente —le ordenó Cersei—. ¿Mi padre sigue en el escusado?
—Lo han llevado a su cama, mi señora.
Ser Meryn abrió la puerta para dejarle paso. La luz del amanecer se colaba a través de los postigos para pintar barras doradas en los juncos que cubrían el suelo de la estancia. Su tío Kevan estaba de rodillas junto a la cama, tratando de rezar, pero apenas le salían las palabras. Los guardias se arracimaban cerca de la chimenea. La puerta secreta de la que le había hablado Ser Osmund era un boquete abierto tras las cenizas, no más grande que un horno. Para pasar por ella, un hombre tendría que arrastrarse.
«Pero Tyrion sólo es medio hombre. —La simple idea la hizo enfurecer—. No, el enano está encerrado en una celda negra. —No podía ser obra suya—. Stannis —se dijo—. Stannis está detrás de esto. Todavía tiene partidarios en la ciudad. Ha sido él, o quizá los Tyrell...»
Siempre se habían oído rumores acerca de pasadizos secretos en la Fortaleza Roja. Según se decía, Maegor el Cruel había matado a los hombres que construyeron el castillo para mantener en secreto su posición.
«¿Cuántos dormitorios más tendrán puertas ocultas? —De repente, Cersei se imaginó al enano saliendo de detrás de un tapiz en la habitación de Tommen, con un cuchillo en la mano—. Tommen está bien custodiado», se dijo. Pero Lord Tywin también había estado bien custodiado.
Durante un momento no reconoció al hombre muerto. Tenía el pelo como el de su padre, sí, pero sin duda era otro, más menudo y mucho más viejo. Llevaba la ropa de dormir subida hasta el pecho, de modo que estaba desnudo de cintura para abajo. La saeta se le había clavado en el vientre, entre el ombligo y el miembro viril, tan profundamente que sólo asomaban las plumas. Tenía el vello púbico rígido por la sangre seca, que también se le había coagulado en el ombligo.
Su olor hizo que arrugara la nariz.
—¡Sacadle esa flecha! —ordenó—. ¡Es la Mano del Rey!
«Y mi padre. Mi señor padre. ¿Tendría que gritar y mesarme el cabello? —Según decían, Catelyn Stark se había desgarrado la cara con las uñas cuando los Frey mataron a su adorado Robb—. ¿Sería eso lo que te gustaría, padre? —habría querido preguntarle—. ¿O preferirías que fuera fuerte? ¿Lloraste tú cuando murió tu padre?» Su abuelo había fallecido cuando ella no tenía más que un año, pero conocía bien la historia. Lord Tytos había engordado mucho, y el corazón le reventó un día cuando subía por las escaleras para visitar a su amante. Cuando sucedió, Lord Tywin se encontraba lejos, en Desembarco del Rey, sirviendo como Mano al Rey Loco. Pasaba mucho tiempo en Desembarco del Rey cuando Jaime y ella eran pequeños. Si lloró cuando le llevaron la noticia de la muerte de su padre, nadie vio sus lágrimas.
La Reina se clavó las uñas en la palma de las manos.
—¿Cómo habéis podido dejarlo así? Mi padre fue Mano de tres reyes; no ha habido hombre más grande en los Siete Reinos. Las campanas deben tañer por él igual que tañeron por Robert. Hay que bañarlo y vestirlo como corresponde a su categoría, con ropajes de armiño, hilo de oro y seda escarlata. ¿Dónde está Pycelle? ¡He dicho que dónde está Pycelle! —Se volvió hacia los guardias—. Ceños, ve a buscar al Gran Maestre Pycelle. Tiene que ver a Lord Tywin.
—Ya lo ha visto, Alteza —respondió Ceños—. Ha estado aquí, lo ha visto y ha ido a buscar a las hermanas silenciosas.
«Me han avisado a mí la última. —Aquello la enfurecía tanto que no le salían las palabras—. Y Pycelle sale corriendo para enviar un mensaje con tal de no mancharse esas manos blandengues. Es un inútil.»
—Id a buscar al maestre Ballabar —ordenó—. Id a buscar al maestre Frenken. A cualquiera. —Ceños y Orejamocha se precipitaron a obedecer—. ¿Dónde está mi hermano?
—Ha bajado por el túnel. Es un pasadizo vertical con peldaños de hierro incrustados en la piedra. Ser Jaime quiere ver hasta dónde llega.
«Sólo tiene una mano —habría querido gritarles—. Tendría que haber bajado uno de vosotros. No está en condiciones de andar trepando. Los hombres que asesinaron a mi padre aún pueden estar ahí abajo, esperándolo.» Su hermano mellizo siempre había sido demasiado impulsivo, y por lo visto, la pérdida de una mano no le había infundido cautela. Estaba a punto de ordenar a los guardias que bajaran a buscarlo cuando regresaron Ceños y Orejamocha escoltando a un hombre de pelo canoso.
—Alteza, este hombre asegura que fue maestre en sus tiempos —dijo Orejamocha.
El hombre hizo una profunda reverencia.
—¿En qué puedo servir a Vuestra Alteza?
Su rostro le sonaba de algo, aunque no conseguía identificarlo.
«Es viejo, pero no tanto como Pycelle. A este aún le quedan fuerzas. —Era alto, aunque algo encorvado y con patas de gallo alrededor de los ojos azules, atrevidos—. Tiene el cuello desnudo.»
—No lleváis cadena de maestre.
—Me la quitaron. Mi nombre es Qyburn, si a Vuestra Alteza le parece bien. Yo traté la mano de vuestro hermano.
—Querréis decir el muñón.
Ya había conseguido situarlo. Había llegado de Harrenhal con Jaime.
—Es cierto; no pude salvar la mano de Ser Jaime. Pero mis artes le salvaron el brazo, puede que hasta la vida. La Ciudadela me arrebató la cadena, pero no pudo quitarme mis conocimientos.
—Nos seréis útil —decidió ella—. Si me falláis, la pérdida que menos os importará será la de la cadena, os lo aseguro. Sacadle esa saeta del vientre a mi padre y preparadlo para las hermanas silenciosas.
—Como ordene mi reina. —Qyburn se acercó a la cama, se detuvo y miró hacia atrás—. ¿Qué queréis que haga con la muchacha, Alteza?
—¿Qué muchacha?
A Cersei se le había pasado por alto el segundo cadáver. Se acercó a la cama, echó a un lado un montón de mantas ensangrentadas y entonces la vio, desnuda, fría, rosada... A excepción del rostro, que se le había puesto tan negro como a Joff en el banquete de bodas. Tenía clavada en torno al cuello una cadena de manos doradas, retorcida y tan apretada que le había desgarrado la piel. Cersei siseó como una gata furiosa.
—¿Qué hace aquí?
—La hemos encontrado al llegar, Alteza —respondió Orejamocha—. Es la puta del Gnomo. —Como si eso explicara su presencia.
«A mi señor padre no le interesaban las prostitutas —pensó—. Después de que muriera nuestra madre, no volvió a tocar a una mujer.» Lanzó una mirada gélida al guardia.
—Esto no es lo que... Cuando murió su padre, Lord Tywin volvió a Roca Casterly y se encontró con..., con que una mujer de esta ralea... se había puesto las joyas de mi madre, y también una de sus túnicas. Se lo quitó todo, todo. Durante quince días la exhibieron desnuda por las calles de Lannisport para que confesara ante todos que era una ladrona y una ramera. Eso era lo que hacía Lord Tywin Lannister con las prostitutas. Él jamás... Esta mujer se encontraba aquí con otro propósito, no para...
—Puede que Lord Tywin la estuviera interrogando para averiguar algo sobre su ama —sugirió Qyburn—. Tengo entendido que Sansa Stark desapareció la noche en que el Rey fue asesinado.
—Eso es. —Cersei se agarró de buena gana a la sugerencia—. La estaba interrogando, claro. No cabe la menor duda.
Le acudió a la mente la imagen de un Tyrion burlón, con la boca retorcida en una sonrisa simiesca bajo los restos de la nariz.
«¿Y qué mejor manera de interrogarla que desnuda y con las piernas bien abiertas? —le susurró el enano—. De esa forma la interrogo yo también.»
La Reina dio media vuelta. «No quiero verla.» De pronto, la sola idea de estar en la misma habitación que la muerta le resultaba abrumadora. Apartó a Qyburn a un lado y salió a la recámara.
Osney y Osfryd, los hermanos de Ser Osmund, se habían reunido con él.
—Hay una mujer muerta en el dormitorio de la Mano —les dijo Cersei a los tres Kettleblack—. No quiero que nadie sepa que la encontraron aquí.
—De acuerdo, mi señora. —Ser Osney tenía arañazos superficiales en la mejilla, allí donde otra de las rameras de Tyrion le había clavado las uñas—. ¿Qué hacemos con ella?
—Échasela de comer a los perros. O llévatela a la cama. ¿A mí qué me importa? Pero nunca ha estado aquí. Exigiré la lengua de todo aquel que diga lo contrario. ¿Me explico?
Osney y Osfryd intercambiaron una mirada.
—Sí, Alteza.
Regresó al dormitorio con ellos y los observó mientras envolvían a la chica con las mantas ensangrentadas de su padre.
«Shae, se llamaba Shae.» Habían hablado por última vez la noche anterior al juicio por combate del enano, después de que aquella serpiente dorniense, todo sonrisas, se ofreciera a ser su campeón. Shae había preguntado por unas joyas, regalo de Tyrion, y también por ciertas promesas que tal vez le hubiera hecho Cersei: una casa en la ciudad y un caballero que la desposara. La Reina había dejado bien claro que la prostituta no obtendría nada de ella hasta que le dijera adónde había ido Sansa Stark.
—Eras su doncella. ¿Quieres hacerme creer que no sabías nada de sus planes? —le espetó, y Shae se retiró hecha un mar de lágrimas.
Ser Osfryd se echó al hombro el fardo del cadáver.
—Quiero la cadena —dijo Cersei—. Ten cuidado de no arañar el oro. —Osfryd asintió y se dirigió hacia la puerta—. No, por el patio no. —Hizo un gesto en dirección al pasadizo secreto—. Eso lleva a las mazmorras. Por ahí.
Justo cuando Ser Osfryd se arrodillaba ante la chimenea, la luz se hizo más intensa en el interior, y la Reina oyó sonidos. Jaime salió del pasadizo encorvado como una anciana, levantando con las botas nubes de cenizas del último fuego de Lord Tywin.
—Fuera de mi camino —les dijo a los Kettleblack, y corrió hacia él—. ¿Los has encontrado? ¿Has encontrado a los asesinos? ¿Cuántos eran?
Tenía que haber sido más de uno. Un solo hombre no había podido matar a su padre.
El rostro de su mellizo estaba macilento.
—El pasadizo baja hasta una cámara donde se cruza media docena de túneles. Hay unas verjas de hierro que los cierran, con cadenas y candados. Necesito las llaves. —Miró a su alrededor—. Quienquiera que hiciera esto puede seguir al acecho en los muros. Ahí abajo hay todo un laberinto y está muy oscuro.
Cersei se imaginó a Tyrion arrastrándose entre las paredes como una rata monstruosa.
«No. Déjate de tonterías. El enano está en su celda.»
—Derribad las paredes con mazas. Derribad la torre entera si hace falta. Quiero que los encuentren. Quiero encontrar a los culpables. Los quiero muertos.
Jaime la abrazó y le apretó con la mano la base de la espalda. Olía a ceniza, pero el sol de la mañana le acariciaba el pelo y le daba un brillo dorado. Habría querido atraer el rostro hacia el suyo y fundirse con él en un beso.
«Más tarde —se dijo—, más tarde acudirá a mí en busca de consuelo.»
—Somos sus herederos, Jaime —susurró—. A nosotros nos corresponde acabar su obra. Tienes que ocupar su lugar como Mano. Seguro que ahora lo comprendes. Tommen te necesita...
Jaime la empujó para zafarse de ella y levantó el brazo para obligarla a ver el muñón.
—¿Una Mano sin una mano? Parece un chiste malo, hermana. No me pidas que gobierne.
Su tío oyó el desaire. También Qyburn, y los Kettleblack, que cargaban con su fardo entre las cenizas. Lo oyeron hasta los guardias: Ceños, Hoke Patamulo y Orejamocha.
«Antes de que anochezca lo sabrá todo el castillo.» Cersei sintió un repentino calor en las mejillas.
—¿Que gobiernes? No he dicho nada de gobernar. Gobernaré yo hasta que mi hijo sea mayor de edad.
—No sé quién me da más pena —replicó su hermano—, si Tommen o los Siete Reinos.
Le dio una bofetada. Jaime levantó el brazo para detener el golpe, rápido como un gato... Pero aquel gato tenía un muñón de tullido en lugar de la mano derecha. Los dedos de Cersei le dejaron marcas rojas en la mejilla.
El sonido hizo que su tío se pusiera en pie.
—Vuestro padre yace muerto en esta misma habitación. Tened la decencia de iros a pelear afuera.
Jaime inclinó la cabeza en gesto de disculpa.
—Perdónanos, tío. Mi hermana está fuera de sí de dolor. No se puede controlar.
Habría querido abofetearlo de nuevo.
«Debía de estar loca al pensar que podría ser la Mano.» Antes preferiría abolir el cargo. ¿Cuándo le había proporcionado una Mano algo que no fueran pesares? Jon Arryn le había metido en la cama a Robert Baratheon, y antes de morir había empezado a husmear en sus cosas y las de Jaime. Eddard Stark lo retomó todo donde lo había dejado Arryn, y por culpa de su intromisión se había visto obligada a librarse de Robert antes de lo que habría querido, antes de poder encargarse de sus molestos hermanos. Tyrion vendió a Myrcella a los dornienses, convirtió en rehén a uno de sus hijos y asesinó al otro. Y cuando Lord Tywin regresó a Desembarco del Rey...
«La próxima Mano sabrá cuál es su lugar —se prometió. Tendría que nombrar a Ser Kevan. Su tío era incansable, prudente, siempre obediente. Podía confiar en él, como había hecho su padre—. La mano no discute con la cabeza.» Tenía que gobernar un reino, pero para ello le haría falta la ayuda de hombres. Pycelle era un lameculos que chocheaba; Jaime había perdido el valor junto con la mano de la espada, y no se podía confiar en Mace Tyrell ni en sus amiguitos Redwyne y Rowan. Nadie le garantizaba que no fueran los que habían perpetrado aquello. Sin duda, Lord Tyrell sabía que jamás gobernaría los Siete Reinos mientras viviera Tywin Lannister.
«Con ese tendré que ir con cuidado.» Sus hombres estaban por toda la ciudad; hasta había colado a uno de sus hijos en la Guardia Real, y pretendía meter a su hija en la cama de Tommen. Aún se enfurecía al pensar que su padre había accedido al compromiso entre Tommen y Margaery Tyrell.
«Esa chica le dobla la edad y ya ha enviudado dos veces.» Según Mace Tyrell, su hija seguía siendo virgen, pero Cersei tenía sus dudas. Joffrey había muerto asesinado antes de poder llevársela a la cama, pero antes había estado casada con Renly...
«Puede que a un hombre le guste el sabor del hidromiel, pero si le ponen delante una jarra de cerveza, también se la beberá. —Tendría que ordenarle a Lord Varys que averiguara lo que pudiera. De repente cayó en la cuenta: se había olvidado de la Araña—. Varys tendría que estar presente. Siempre está presente. —Cada vez que pasaba algo de importancia en la Fortaleza Roja, el eunuco aparecía como surgido de la nada—. Jaime está aquí, y también el tío Kevan, y Pycelle ha estado antes, pero Varys no. —Un escalofrío le recorrió la columna—. Ha intervenido en esto. Temía que mi padre tuviera intención de cortarle la cabeza, así que atacó primero. —Lord Tywin nunca había sentido la menor simpatía hacia el sonriente y obsequioso consejero de los rumores. Y si alguien conocía los secretos de la Fortaleza Roja, ese era él sin duda—. Debe de haber hecho causa común con Lord Stannis. Al fin y al cabo, se sentaron juntos en el Consejo de Robert...»
Cersei se dirigió hacia la puerta del dormitorio, donde estaba Ser Meryn Trant.
—Trant, traed a Lord Varys. Que venga chillando y pataleando si hace falta, pero ileso.
—Como ordene Vuestra Alteza.
Pero nada más irse un miembro de la guardia real, volvió otro. Ser Boros Blount estaba congestionado y sofocado; había subido corriendo las escaleras.
—No está —jadeó al ver a la Reina. Se dejó caer sobre una rodilla—. El Gnomo... La celda está abierta, Alteza... Ni rastro de él por ninguna parte...
«Lo que soñé era verdad.»
—Di órdenes muy concretas —replicó—. Había que mantenerlo vigilado día y noche.
El pecho de Blount subía y bajaba como un fuelle.
—También ha desaparecido un carcelero. Se llamaba Rugen. A los otros dos los hemos encontrado dormidos.
—Espero que no los despertarais, Ser Boros. Dejadlos dormir. —Tuvo que contenerse para no gritar.
—¿Que los deje dormir? —Alzó la vista, boquiabierto y confuso—. Sí, Alteza. ¿Cuánto tiempo los...?
—Para siempre. Encargaos de que duerman para siempre, ser. No toleraré que los guardias duerman mientras están vigilando.
«Está en los muros. Ha matado a nuestro padre, igual que mató a nuestra madre, igual que mató a Joff. —El enano también iría a por ella. La Reina lo sabía: era tal como le había augurado la vieja en la penumbra de aquella carpa—. Me reí de la adivina, pero tenía poderes. Vio mi futuro en una gota de sangre. Vio mi sino.» Las piernas apenas la sostenían. Ser Boros fue a sujetarla del brazo, pero la Reina esquivó su mano. ¿Quién le garantizaba que no era una de las criaturas de Tyrion?
—Apartaos de mí —chilló—. ¡Apartaos! —Trató de calmarse.
—¿Alteza? —inquirió Blount—. ¿Os traigo un vaso de agua?
«Lo que necesito es sangre, no agua. La sangre de Tyrion, la sangre del valonqar. —Las antorchas daban vueltas a su alrededor. Cersei cerró los ojos y vio al enano, que sonreía—. No —pensó—, no, casi me había librado de ti.» Pero la tenía cogida por el cuello, y notaba como empezaba a apretar.